JULIO ROZO

Turismo de naturaleza: magia en Belén de los Andaquíes, en Caquetá

Para aquellos que trabajamos en el sector de turismo de naturaleza, el Horeb es un caso de estudio que vale la pena analizar y del cual pueden extraerse valiosas lecciones para nuestro quehacer.

Julio Rozo
17 de diciembre de 2020

Hacer turismo de naturaleza es un regalo que suelo darme de manera frecuente. Es la oportunidad para soltar el polo a tierra, dejar el corre corre del día a día y adentrarse en un espacio que posibilita la búsqueda de lo esencial. He conocido a muchas personas que comparten esta vivencia; ellas, al igual que yo, empiezan a hacer del turismo de naturaleza una práctica habitual en sus vidas y terminan por convertirse en cazadores de tesoros naturales, tan comunes en un país biodiverso como el nuestro.

Si usted tiene planeado hacer turismo de naturaleza en un futuro cercano, le recomiendo que deje en su casa el pragmatismo y el escepticismo sobre la capacidad transformadora de la naturaleza, y se permita conectar con la magia de las historias de los guías locales que lo acompañarán.

Cuando uno tiene esa disposición sucede la magia y emerge el efecto transformador que los turistas quieren sentir al final del día cuando llegan a su cama, hamaca o camping, cansados de un largo día de caminata, pero contentos y renovados.

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Yo, que he intentado hacer yoga sin éxito, he descubierto que caminar un sendero y dejar que la mente fantasee con las historias que narran los guías es un estímulo poderoso para la creatividad, además de convertirse en un escape perfecto a la monotonía.

Sí, ese es el poder del turismo de naturaleza; entonces, valdría la pena hacerlo con mayor frecuencia, ¿no?

Lo anterior lo viví en Belén de los Andaquíes, Caquetá 

Caquetá es el lugar de Colombia donde el oro es verde, por sus ríos color esmeralda. Uno de ellos es el Sarabando, localizado en el municipio con el nombre más bonito de Colombia: Belén de los Andaquíes. A orillas de su cauce se encuentra una joya del turismo de naturaleza del país: El Horeb.

Esta reserva podría ser como cualquier otro destino de naturaleza, que goza de abundante agua, verde, árboles, aves, anfibios e incluso un árbol con ojos que cuida los pasos de quienes transitan sus senderos.

Pero, a diferencia de muchos otros lugares, donde el protagonista es el paisaje, aquí la naturaleza es un vehículo para que la fantasía que nace en la cabeza de Guillermo, su guía, se haga realidad.

Fotografía: https://caqueta.travel/es/slide/rio-sarabando-en-el-horeb

A las doce del medio día tiene lugar en el Horeb un ritual único en su tipo, que conduce a muchos de sus visitantes a un llanto de alegría, a otro tanto a superar sus miedos y a todos los que se permiten vivir la experiencia a la reflexión sobre nuestro lugar en la tierra.

Este es el único momento del recorrido en el que Guillermo no permite el uso de cámaras o dispositivos móviles pues, como él señala, la experiencia solo puede registrarse en el disco duro de la mente y el corazón.

Este fin de semana fue mi quinta visita al Horeb y no dejó de sorprenderme el esmero de su guía para encontrar parajes nuevos y rutas inexploradas que logren fascinar a un visitante asiduo como yo.

Para aquellos que trabajamos en el sector de turismo de naturaleza, el Horeb es un caso de estudio que vale la pena analizar y del cual pueden extraerse valiosas lecciones para nuestro quehacer.

Y es que, si bien el visitante disfruta del “oro verde” caqueteño durante toda la jornada, el éxito de esta experiencia no solo radica en la exuberancia de la naturaleza, también en la capacidad de Guillermo para entender los gustos de los visitantes, leer su estado de ánimo y mezclarlo con sus historias de fantasía. Al final del día, cuando el cielo caqueteño se torna de un naranja intenso, todos los que compartimos el día en el Horeb nos sentimos distintos.

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Me gusta ir a Caquetá porque, más allá del disfrute que da el verde intenso de la selva, siempre me encuentro con personas que tienen historias increíbles para contar, que a través de su narrativa me llevan a cuestionarme sobre mi responsabilidad en el cuidado y la preservación de este bello territorio.

Quiero que este verde perdure por siempre y quiero que lo que he vivido aquí sea vivido por muchas personas más. En estos días en los que el discurso de la conservación es común en las charlas de pasillo, los debates ciudadanos e incluso los cursos políticos, la mejor manera de conservar nuestro oro verde es viviéndolo y hablando bien de él para que otros se animen a conocerlo y protegerlo. Nos vemos pronto por acá.

¡Hasta el próximo jueves!

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