Si uno, que no perdió nada, enfrenta un dolor que carcome los adentros y los llena de angustia existencial, ¿qué pueden estar sintiendo miles de familias a lo largo de este territorio azotado por el terremoto? Pienso en eso...

Las prácticas colectivas que celebran la vida en medio de la guerra

Pienso en que, aún inmersos en la situación traumática, despidiendo a sus seres queridos o buscándolos entre los escombros, viendo sus casas desplomarse (o viviendo bajo el temor de que suceda), es posible que miles de compatriotas no hayan tenido el momento de sentir, y solo puedan actuar, sobrevivir, y reciban el golpe de toda esta marea horrible meses después. Siento angustia.

Afortunadamente, muchísimos conciudadanos saben lidiar con esa angustia ajena desde la movilización (no desde la parálisis de la que sufrimos unos cuantos). Miles salen de su nicho seguro para ayudar y hacer de la solidaridad una acción.

Algunos apoyan como pueden en el terreno, y miles colaboran con la recolección de insumos, gestión de donaciones y contribuciones, y articulan esfuerzos para hacer llegar lo que tiene que llegar donde tiene que llegar cuando puede llegar... en insumos, en información.

Si en capitales departamentales como Cali y Pereira la situación es durísima, en los territorios del Chocó es aún más compleja. Para nadie es sorpresa (y es terrible decirlo, pero cierto), que los chocoanos y algunas comunidades indígenas han sido relegados desde la infraestructura y conectividad, por racismo, y sufren mucho más estas horas oscuras por cuenta de ese olvido.

Del otro lado del espectro, hay gente dedicada a escuchar lo que desde el Chocó se dice, para apoyar; y si bien no puede solucionar décadas de negligencia gubernamental, hace lo que puede. Muchos gestores, desde sus espacios culturales, han hecho de sus eventos en Bogotá y otros lugares de Colombia una manera de recaudar fondos. Así pues, la disyuntiva debería plantearse entre mostrar solidaridad en acciones o abrir el paso para quien quiere hacerlo. Pero no entorpecer, no es mucho pedir, ¿cierto?

No está mal admitirlo, no todos tenemos esa naturaleza y capacidad generosa de entrega para ayudar en el terreno. Lo que no se puede entender es no aceptar esa generosa entrega de la gente que la ofrece (De El Salvador, de México, de China, ¡de dónde sea!). De eso no sobra, jamás, mucho menos cuando la gente sigue muriendo entre escombros.

Porque mientras algunos donamos dinero para calmar nuestra consciencia y sentir que algo hacemos, sabemos que muchos están dando su vida por otros seres humanos, sin importar de qué países son, o a quién votaron. Muchos quieren hacerlo, pero no se los permite.

Agradezco, exalto y admiro a quienes le hacen frente al drama de otros con acciones colectivas, sin que sea su trabajo. Y a aquellos que hacen de ese su trabajo, les profeso devoción: a todos los rescatistas que apoyan a estos colombianos dolientes en su duelo y en su búsqueda, colombianos y no colombianos listos a salvar vidas (que, con las enfermeras, son probablemente lo mejor que tiene la humanidad).

Y se pregunta uno, ¿quién se atrevería a negar ayudas de ese tipo, en horas tan dramáticas, en las que sigue habiendo miles de desaparecidos en escombros de decenas de pueblos del país? ¿Quién se propondría recibir ayudas de solo algunos y rechazar las de tantos otros cuando hay tantas vidas en vilo?

Un grado de separación

Anoto todo esto desde la culpa de quien no perdió nada y no vio más consecuencia que unas grietas en techos y paredes. Quizá es el poquito de empatía que tengo, operando. Y es que hace falta muy poco de empatía, el mínimo, para no oponerse a que alguien intente salvar una vida.

La incertidumbre, además, no se limita a lo que ya han perdido tantos colombianos en términos materiales y humanos, que es devastador; también con el hecho de convivir con estructuras que, debilitadas, en cualquier momento pueden ceder. Así sucede ahora, en varios puntos de Quibdó, de Pereira, de Cali, y decenas de pueblos. ¿Se da el lujo esta Colombia milagrosa de rechazar manos en situaciones tan dramáticas?

Sí, se da ese lujo. Hasta ahora, la ayuda será Made in USA o no será, parece ser... Pero no, no sobran manos en estos momentos, y eso será cierto mientras perviva la angustia de quienes tienen familiares desaparecidos.

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Así sea con un grado de separación, usted está en contacto con alguien que si no perdió la vida, vio a alguien cercano morir o perdió su hogar y sus posesiones. Usted sabe de gente como una joven profesora en el Valle del Cauca, que retrata en redes las paredes agrietadas del colegio donde mañana debe regresar con “normalidad académica”, o el joven pereirano que no dejará de buscar a su tía en los escombros hasta dar con ella, o con su cuerpo.