Homenaje

Oda al personal de enfermería, al personal médico, pero también a los pacientes, inspirada en ‘The Pitt’

Este relato personal, desde Bogotá, que oscila entre memoria, exploración del trauma y catarsis, responde a la serie fenómeno de HBO Max. Esta sigue, hora tras hora, un turno en una sala de urgencias de un hospital en Pittsburgh, Estados Unidos...

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Alejandro Pérez Echeverry
6 de marzo de 2026, 5:06 p. m.
La doctora Mohan, el doctor' Robby', y la enfermera Princess, en frenética acción.
La doctora Mohan, el doctor' Robby', y la enfermera Princess, en frenética acción. Foto: Warrick Page/MAX

Una reseña, para empezar

The Pitt es una serie de vibrante presente y profundo impacto que HBO Max estrenó el año pasado y estos días estrena episodios de su segunda temporada (los jueves; va en el noveno de 15). Y si viene ganando muchos y muy merecidos premios es porque desde su primera hora entrega televisión que corta la respiración.

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Es una creación de R. Scott Gemmill, quien trabajó en otra serie médica taquillera, si bien más romantizada, como lo fue ER (creada por Michael Crichton, el mismo escritor de Jurassic Park, emitida entre 1999 y 2007 en el canal NBC). Y en ella colabora con otro graduado ilustre de esa cohorte, Noah Wyle, su protagonista principal.

A la producción se le aplaude por las varias capas que enhebra, y si bien lo hace desde el lente estadounidense, refleja con cierta fidelidad el rango humano de lo que sucede en una sala de urgencias (en Latinoamérica, sin dudarlo, todo es aún más caótico, pero eso no le quita).

'The Pitt' en su frenética acción. Foto: Warrick Page/HBOMAX.
Un bebé abandonado... y el Dr. Michael Robinavitch ahí, para dar apoyo... Foto: Warrick Page/MAX

Para esos efectos, la serie se fija en los doctores, en las enfermeras, en los pacientes, en sus familias, en los tejemanejes del sistema entero y, por último, comenta la sociedad en la que todo pasa.

Entre las muchísimas cosas que suceden, en los episodios actuales se toca la adopción de la inteligencia artificial en algunos procesos y la presencia de agentes de ICE en las calles de ese país. La serie no oculta aspectos gráficos de la práctica médica, pero ese elemento de gore evita el sensacionalismo y suma al realismo (para muchos, exige algo de estómago).

The Pitt nos mete en una sala de urgencias en un hospital de ciudad trabajadora y cultura acerera, Pittsburgh. Por eso no es ajeno el tema del costo de los procedimientos para la gente de cuello azul que atiende. En el país del norte, el sistema de salud es, a su manera, demente; quizá es más sistematizado y moderno en ciertos aspectos, pero tiene la capacidad de endeudar a un enfermo por el resto de sus días...

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La producción triunfa desde su escritura y el enorme reparto que la lleva a la pantalla, porque Wyle es el comandante, pero la tropa es excelente y variada, con distintos grados de experiencia, pero un elevadísimo nivel y una nutrida representación filipina. El reparto viene de ganar el premio SAG, entregado por el gremio de actores, y ese reconocimiento entre pares muestra lo especial que conjuran.

Es profundamente humana, franca, y en sus personajes proyecta mucho de lo que se ve en los hospitales y, en cierta medida, en otros espacios de trabajo. En The Pitt nos atraviesan la camaradería y la enseñanza, la tensión y el trauma, la prepotencia y el aterrizaje forzoso.

Ahora... no en todos los espacios de trabajo la cuestión es de vida o muerte. Una sala de Urgencias es un lugar que exige manejar el frenesí de la circunstancia con la cabeza fría de la preparación, la experiencia, la sensibilidad y el talento. Es un estadio de renacimientos, mantenimientos y finales. La serie toca asuntos cotidianos y asuntos muy sensibles, y se hace valiosa en el balance que consigue.

Para la muestra, acaba de suscitar comentarios muy positivos por la manera en la que abordó el caso de una joven que se acercó a confesarse víctima de un abuso sexual. En esta escena, la actriz joven dejó algo muy contenido y doloroso (encapsulado por movimientos nerviosos en su mano); por su parte, el trabajo de Dana, la enfermera jefe interpretada por Katherine LaNasa, respondió a la exigencia acompañando a esta joven en el difícil proceso de toma de muestras, internalizando su propio dolor para transmitirle algo de paz y tranquilidad.

THE PITT
Asertividad, experiencia y un montón de empatía... Foto: Warrick Page/MAX

Una transición

Este drama médico propone además un formato en tiempo real, hora por hora, en un turno de 15 horas (de ahí los 15 episodios por temporada)... En un episodio reciente (la octava hora de este turno), un hombre mórbidamente obeso (así nos categorizan) entra a las urgencias. Luego de tomar exámenes, se descubre que sus desechos lo están contaminando por dentro, lo cual acarrea un alto riesgo de muerte. O se le opera, o se le despide, y la incertidumbre es alta sobre lo que pueda pasar...

Ese hombre soy yo. Mejor dicho, ese hombre fui yo. Lo fui en Colombia, el 31 de mayo de 2020, en plena pandemia y aislamiento de covid-19... Y, a quienes interese, les cuento un cuento sobre doctores que me salvaron el cuerpo, devolviéndome del otro lado, y enfermeras que me salvaron el alma luego de un despertar complicado. La serie, inevitablemente, inspira este recuerdo y homenaje que por años necesitaba expresar.

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Un paciente estalla...

El 31 de mayo de 2020 entré a Urgencias de la Fundación Cardioinfantil. La espera para que me atendieran fue larga. Y la padecí, pero la entendí. Todos vivíamos la zozobra y el temor de la pandemia, pero nadie la sentía tan de cerca o la vivía con tanto sacrificio como el personal de la salud...

Esa mañana, al levantarme, me estaba muriendo. Sin saberlo, lo sabía. A la altura de mi enorme estómago, mi cuerpo atravesaba una especie de derretimiento hirviente. No podía ni hablar, si acaso balbucear y respirar aceleradamente, en inhalaciones cortas y rápidas. Parecía un ahogado en los segundos que lo ven sacar la cabeza del agua. Mi madre apareció, entendió lo que pasaba y que no había otra opción. Entonces me llevó en su auto a la clínica.

En esas Urgencias me recibieron; en esa clínica me atendieron, me salvaron y dieron pie a mi refundación. Estas letras no estarían escritas sin ellas y ellos. Pero no nos adelantemos tanto. Volviendo a ese primer día...

Dana en el episodio 'Missed one'. Foto: Warrick Page/HBOMAX.
El frenesí y la cabeza fría... Foto: Warrick Page/MAX

La clínica despachó a mi madre de vuelta a casa y a mí me sentaron en una silla de ruedas. La procesión me llevó al triage, en el que tosí, lo que me condujo al ala covid. Hasta ese punto, no sabía que tenía el virus; horas después, resultó que sí. Estacionado en las Urgencias, en esa silla de ruedas, me dieron algo fuerte para el dolor, porque me dejó zombi, un estado mucho mejor al de derretido.

Pedí agua con insistencia. Me respondieron, tan dulcemente como pudieron, hasta que la paciencia les dio, que no podía tomar nada. El recuerdo de la lengua pegada al paladar y el tapabocas aún se siente presente. Cuando la muerte pasa a saludar, agita los sentidos y ancla referencias.

THE PITT
Todo un equipo... Foto: Warrick Page/MAX

Horas después... cinco, seis, siete... cuando entendí que preguntar si pronto era mi turno servía de poco, una doctora me revisó y ordenó exámenes. El TAC arrojó sus resultados y coincidieron literalmente con lo que sentía: había estallado por dentro y me estaba envenenando con mis propios desechos (tanta poesía, ahí).

Desde ese punto, la contrarreloj. En minutos me estaba desvistiendo, poniendo una bata y asumiendo, casi con emoción después de tan extraña espera, la que sería mi primera y potencialmente última cirugía en 40 años de vida.

Apareció entonces “la pesada”. Los cirujanos (entre ellos un talentoso Dr. Casas) me explicaron que su intervención podía salir de dos maneras: una más suave, que me vería volver a la casa al otro día; otra más fuerte, de riesgos mayores, que podía significar no regresar en absoluto. Fuera como fuera, había que cercenar mis intestinos atrofiados y reconstruirme desde ese punto. Dependiendo de cuán complejo les resultara, me vería más tiempo internado (si me iba bien y me mantenían vivo).

Robby asiste a la sesión de entrenamiento de Al-Hashimi y le da la bienvenida a The Pitt. Foto: Warrick Page/MAX
Robby asiste a la sesión de entrenamiento de Al-Hashimi y le da la bienvenida a The Pitt. Foto: Warrick Page/MAX
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Me dijeron que harían su mejor esfuerzo y lo hicieron. Un hombre con sobrepeso (que tenía en 2020 y que tengo ahora) complica mucho sus chances de supervivencia, pero ahí dentro, antes de que la anestesia me llevara y ellos empezaran su rescate, escuché en sus voces y tonos a un equipo que no me juzgó, me animó antes de despedirme y luego me salvó. Y algo muy similar vi en este episodio de The Pitt que les mencioné, exceptuando por un joven e imprudente doctor, que también es representativo de una gran parte del sector. No todo ser humano es humano.

Lo cierto es que guerrearon por seis horas y media, doctores y doctoras, anestesiólogas y anestesiólogos, enfermeras y enfermeros y demás involucrados. Según cuenta la leyenda, estuve del otro lado y me devolvieron, y luego, cuando quise irme de nuevo, no me dejaron. Los doctores revirtieron la locura que vivía mi cuerpo, reconfiguraron mis adentros reconectándolos y me estabilizaron. Me dejaron vivo.

Me salvaron una vez, luego me salvaron otra, y aquí sigo. Un triunfo de la ciencia médica, del talento y del aguante, ¿cierto?

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Había vida, y todavía la hay, y eso marca un triunfo enorme, pero era muy temprano para entenderlo. Faltaba recorrer la pequeña pesadilla de la adaptación a una nueva realidad.

Cuando retomé la consciencia, ni idea cuánto tiempo después, me fue evidente que se había transitado la opción pesada. Me entendí consciente, entubado, con un respirador al lado por si se hacía necesario, rodeado de máquinas con beeps incesantes y cables que me salían del cuello, los brazos y más partes...

Miré hacia abajo y, por lo visible de las costuras que ahora lo unían, mi abdomen me recordó a una pelota de béisbol. Del lado derecho tenía 35 centímetros de herida cosida: la unión entre el estoma (mi ano alternativo) y la bolsa que recoge lo que produce. Con el tiempo la llamé la nueva salida al mar de mis n.° 2, aceptándola luego de meses de rechazo.

Una sonda se encargaba de mis orines, y positivo para covid, el trato con los doctores y enfermeras, entre protocolos y tapabocas, se sintió muy extraterrestre (recordé incluso escenas de E. T.). En ese marco viví mi primer contacto con las enfermeras de la UCI, que me atendieron y bañaron en esa misma cama con dedicación, sensibilidad y paciencia. En sus interacciones, además de aguantarme la quejadera y la lágrima fácil (que me caracterizó desde que llegué a este mundo), me daban ánimo con algo de ternura y también con algo de humor (mi código de supervivencia). Así desarmaron mi apocalipsis.

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Mi primera visita a una UCI fue a esta UCI especialmente angosta, y me llevó a los límites de la sanidad mental. Porque entre decenas de beeps y supervisiones necesarias, sentí que no dormí por días. Delirante... delirante, en esa UCI vi el techo blanco proyectar y reconfigurar las líneas de Nazca y cientos de formas geométricas a alta velocidad, en una geometría inapagable.

Peor aún, día tras día, sentía un dolor distinto apoderarse de mí. Recuerdo uno especialmente complejo, un domingo. Unas ganas de orinar que crecían como bola de nieve que lograba ser avalancha hasta llevarme al cuasidesmayo. Pero no caí, y tras unos instantes, el ciclo comenzaba de nuevo. Duró horas, hasta que entendí la dinámica y grité, grité para que me apagaran, para detenerla. Me pidieron hacer silencio, considerar a los otros pacientes, pero allá sabían que esa ya no era una opción para mí. No podía soportarlo. No sé si me apagaron o caí rendido ante la intensidad de ese calvario digno del séptimo día. Y si sabía que era domingo era porque desde el sonido percibía todo más apagado.

En ese estado de dolores rotativos y creativamente horribles, con colostomía nueva, inestable y la piel cosida estilo criatura de Frankenstein, sintiendo los efectos de la imposibilidad de descanso y de lo surrealista y febril de la experiencia, la demencia mandaba. Pensé varias veces que, de poder manipular uno de esos cables cerca de mí, me hubiera tratado de ahorcar.

¿Quién lo saca a uno de ese lugar oscuro? Personas con una empatía muy elevada y una vocación. En mi caso, fueron las enfermeras (algunos enfermeros también, pero las enfermeras), las mismas que, mientras el estoma cicatrizaba y la colostomía encontraba encajar en mi cuerpo, limpiaron mis fugas de literal mierda, una y otra vez. Inyectándome humanidad desde su trato, haciéndome entender que paciente es alguien sujeto a la paciencia que le exigen las circunstancias. Y sí, lo repito: estas mujeres y hombres frenaron mi narrativa destructiva y prendieron otra luz.

Ignorando a Al-Hashimi, el Dr. Robby anima a Samira y García durante el procedimiento. Foto: Warrick Page/MAX
El Dr. Robby anima a Samira y a García durante el procedimiento. Foto: Warrick Page/MAX

En ese estado, en tiempo de pandemia, no podía recibir visitas. La verdad, tampoco quería. Mi hermanastra, quien estaba cerca de graduarse como médica en esos tiempos, entró unos minutos y supo tomarme de la mano mientras derramé unas lágrimas. El resto de esa semana larga en la UCI, las enfermeras fueron mi apoyo, pañuelo. Mi foco de agradecimiento y fe. Y podía ser vulnerable ahí. Y no había de otra. Pero podía...

Eventualmente, salió el tubo de la boca (el sabor demoró semanas en disiparse). La colostomía dejó de filtrarse siempre, tomó más firmeza la herida, que comenzó a sanar, y mis indicadores apuntaban a que era hora de dejar la UCI. Moverían a este pesado a una habitación donde vendría otra fase nueva que incluía detalles no menores, como averiguar si podría orinar de nuevo. Sí se pudo, pero hubo angustia mientras la duda persistió. Por eso, cada ida al baño desde entonces es causal de festejo.

Fuera de la UCI, en esa nueva habitación, muchas cosas cambiaron para bien, de a pocos, y muchas lágrimas seguí derramando en el proceso, tristes y alegres. Pero algo fue constante: los doctores me mantuvieron con vida y las enfermeras me pusieron de pie. Fueron varias, en varios turnos, pero tres quedaron tatuadas en mi corazón: la jefa Karen, Maye y Aleida. A ustedes y a todas las que son tan humanas como ustedes, que son miles, que deberían ser más valoradas y mejor remuneradas, muchas gracias por todo lo que entregan.

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Cuando veo The Pitt siento algo del trauma de lo vivido, y me pregunto por qué sigo viendo... Lo hago porque es excelente televisión, capaz de recordarme el asombro que me genera lo que hacen los profesionales de la salud, en las condiciones en las que lo hacen, y el enorme agradecimiento que les tengo... A la mayoría...

Desde entonces, he tenido varias experiencias en otros hospitales, ante nuevos retos, las suficientes para entender que no todo el trato es así de humano y que, cuando se recibe, en medio de una vulnerabilidad tal, no se olvida nunca.