Carl Maria von Weber murió en Londres el 5 de junio de 1826. Viajó a la capital británica por necesidades financieras, en contra de las recomendaciones de los médicos, para encargarse del estreno de la que fue su última ópera, Oberón, que se estrenó en el Covent Garden el 12 de abril. Tenía 39 años.
Su salud desde la infancia fue pésima. Extremadamente delgado, nació con un defecto en la cadera, por lo que cojeó a lo largo de toda su vida. Al final padeció tuberculosis que le produjo consunción, una enfermedad grave, crónica y deteriorante que consiste en la pérdida progresiva de peso, masa muscular y grasa que conlleva extenuación y desgaste físico, agravada por su frenético ritmo de trabajo.
Nació en Eutin, norte de Alemania, el 18 de noviembre de 1786 en una familia de músicos itinerantes. Primo hermano de Aloysia y Constanze von Weber, con quienes nunca tuvo relación; la primera, uno de los grandes amores de Mozart; con la segunda se casó. Nunca se conocieron.
Dieciocho años más tarde de su muerte, sus restos fueron trasladados, al parecer por iniciativa de Richard Wagner, a Dresde, la ciudad donde vivió los años más fructíferos de su carrera y desde donde se encargó de revolucionar el mundo musical. Wagner de niño lo conoció en Dresde; se encargó del elogio fúnebre en el que afirmó que “nunca había existido un músico alemán más grande y que solo los alemanes podían amarlo”. Es probable que intuyera que, efectivamente, Weber fue quien se encargó de abrir el camino que marcó los derroteros de la ópera romántica alemana y de su Drama musical.
UNA ÓPERA LE ABRIÓ PUERTAS A LA POSTERIDAD
Al contrario de la mayor parte de los músicos de su tiempo, Weber sí tenía conciencia de ser un romántico. Lo demostró cuando escribió la más famosa de sus óperas, la que desencadenó la tormenta, Der Freischütz, traducida como El cazador furtivo, que se estrenó en Berlín el 18 de junio de 1821. Considerada la primera ópera alemana. No porque hubiera sido la primera con libreto en alemán –La flauta mágica de Mozart, de 1791, y Fidelio de Beethoven, de 1805, no crearon escuela ni formaban parte del repertorio–, sino porque fue la primera que enfrentó la hegemonía reinante de la ópera italiana, propuso como eje central del argumento la contraposición ética y filosófica entre el bien y el mal, trajo a escena el mundo de lo demoniaco y lo contrastó, genialmente, con la música popular de su tiempo.
Weber creó un sistema lírico que muy poco tenía en común con la ópera italiana o la francesa. El éxito del Freischütz fue tan arrollador que abrió las puertas para el desarrollo de obras como El vampiro de Marschner, en 1828, y culminó con Wagner primero y Strauss después. Carl Maria von Weber fue el primero que hizo de Alemania una potencia musical que exportaba óperas al mundo entero.
VON WEBER DIRECTOR
La posteridad no es del todo justa con su legado, pasando por alto su faceta de litógrafo, de activista musical, de escritor y periodista; imposible olvidar su actividad como director.
Para la mayor parte de los historiadores, fue el primer director de orquesta en el sentido moderno de la palabra. Fue una faena difícil. Como fue niño prodigio, aunque jamás se explotó esa faceta de su talento, a los 17 años tuvo su primer empleo como director en Praga, donde algunos de los músicos de la orquesta renunciaron en señal de protesta.
LA REVOLUCIÓN DE LA MÚSICA DE VON WEBER DERIVA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA, EL AUGE Y CAÍDA DE NAPOLEÓN Y EL CONGRESO DE VIENA: EN SUMA, UNA EXPRESIÓN DEL NACIONALISMO ALEMÁN.
Fue en Dresde donde, ya con mucha experiencia, asumió ese rol con una autoridad sin precedentes. En primer lugar, cuidaba el repertorio, favoreciendo el de los alemanes. Personalmente, revisaba las partituras para corregir los errores de edición tan frecuentes entonces. Implantó los ensayos por grupos instrumentales. Era inflexible en materia de coordinación y el menor fallo en la afinación era detectado en cuestión de segundos.
Ahí no terminaba su trabajo: aprovechó su autonomía e hizo lo que nadie hasta ese momento: supervisaba la elección de los elencos, se encargaba de cuidar el manejo de la iluminación del escenario, del vestuario, la actuación de los cantantes, hasta la escenografía. Lo que luego Wagner teorizó como La obra de arte total.
En una palabra, hizo de la Ópera de Dresde una de las mejores del mundo y allanó el camino a sus sucesores.
VON WEBER PIANISTA Y COMPOSITOR
Una faceta bastante olvidada hoy en día, como intérprete y compositor.
Por sus inquietudes artísticas, de todo orden, a pesar de no haber sido una figura permanente de la escena pianística, fue uno de los más reconocidos y admirados de su tiempo.
Liszt quedó deslumbrado cuando declaró que su música “era como la gigantesca naturaleza del nuevo mundo y las selvas vírgenes de América en relación con los vallados y cerrados parques de Europa”.
Hoy en día raramente se interpreta. Porque el repertorio se ha reducido a un puñado de pocas obras. También porque pocos pianistas están en posesión de lo que tuvo Weber: unas manos gigantescas, en contraste con su baja estatura, que le permitían abarcar intervalos inverosímiles, aunados a pasajes de altísima exigencia.
En 1819 escribió Aufforderung zum tanz, Invitación a la danza op. 65, que fue el primer vals de concierto de la historia, que abrió las puertas para el desarrollo de uno de los géneros más fructíferos, el vals para piano, desarrollado luego por compositores como Chopin. La obra es más famosa en la versión que orquestó Berlioz, para ser incluida en el estreno parisino del Freischütz.
El consenso es absoluto con el Concertstück para piano y orquesta, una obra maestra; Harold Schonberg escribió: “Esa música se aproxima a lo sublime”.
Diez óperas, misas, música incidental, sinfonías, conciertos para piano y otros instrumentos, música de cámara, Lieder, algunos con acompañamiento de guitarra.
Un absoluto genio y, de paso, un revolucionario. Uno de sus biógrafos lo dijo bellamente: “Su tragedia más grande fue haber nacido treinta años antes de su tiempo”.