El autor venezolano Fanuel Hanán Díaz es licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello, en Venezuela, con especialización en Comunicación Social. Coordinó el departamento de Selección de Libros para Niños y Jóvenes del Banco del Libro y dirigió la revista Parapara de teoría de literatura infantil. Ha dictado conferencias y talleres en diferentes países latinoamericanos, y ha sido conferencista en universidades de Europa y Asia.

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Aquí, con generosa amplitud, Hanán Díaz nos habla de su libro Hemos legado a Berlín, Una travesía hacia la esperanza, ilustrado por David Cleves, que publica luego de ganar, en 2021, el Premio Nacional de Literatura Infantil Pedrito Botero. El autor también comparte su visión de los libros a través de la historia, varios de sus procesos como escritor y lector, y nos recomienda algunas lecturas.

‘Hemos llegado a Berlín' de Fanuel Hanán Díaz Foto: Panamericana

Se vuelve a prohibir libros en países que solían defender la libertad de expresión. ¿Qué dice eso sobre el poder de un libro?

La prohibición de libros no es un fenómeno nuevo, sino una constante en la historia. Desde la Inquisición hasta los regímenes del siglo XX, los libros han sido vistos como vehículos de ideas incómodas, capaces de cuestionar el orden establecido o de incomodar al poder.

En el caso de la literatura infantil, esta vigilancia se intensifica. Existe una tendencia persistente a controlar lo que los niños leen, bajo la idea de que deben ser protegidos de ciertos contenidos. Temas como la sexualidad, la violencia, el lenguaje o incluso la fantasía han sido históricamente objeto de censura, tanto desde ámbitos religiosos como educativos y familiares. Se desconfía, en el fondo, de la capacidad de los niños para interpretar el mundo por sí mismos.

Esto no es reciente. Existen desde hace décadas listas de libros prohibidos impulsadas por comunidades que buscan regular la lectura infantil. Durante la última dictadura argentina, por ejemplo, fueron censurados Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann, y La torre de cubos, de Laura Devetach; en este último caso, incluso se llegó a invocar como razón su “ilimitada fantasía”.

En ese contexto, la censura revela también el poder del libro. Un libro amplía el conocimiento, rompe zonas de ignorancia —a veces deliberadas— y ofrece herramientas para mirar el mundo de forma crítica. Puede incomodar porque permite al lector cuestionar el poder, entender las zonas oscuras de la realidad y reconocerse en ellas. Por eso se intenta limitar: porque ensancha la conciencia, no solo del mundo, sino de uno mismo. Y en el caso de los niños, porque obliga a los adultos a aceptar que esa complejidad también forma parte de su experiencia, aunque se prefiera ocultarla.

¿Qué no se imaginó nunca del proceso de escribir, publicar y promocionar sus libros?

En el proceso de escribir y publicar, lo que más me sorprendió fue descubrir hasta qué punto la escritura permite construir un mundo propio que dialoga con el lector. No imaginaba con tanta claridad ese poder de la ficción: la posibilidad de ser un co-creador, de apartarse de los convencionalismos y de ir levantando, poco a poco, un universo que cobra sentido en la medida en que se escribe.

Uno escribe pensando que, al menos, habrá un lector —aunque sea uno mismo—, pero cuando otras personas se acercan y dicen que un libro las conmovió, que las hizo pensar o actuar de otra manera, se hace evidente otra dimensión del proceso.

También entendí que escribir no parte de una certeza absoluta. A veces se comienza con una intuición vaga, y es el propio proceso el que va marcando el rumbo. Más que un ejercicio técnico, es una necesidad: el deseo de contar algo, de sacar algo hacia afuera, incluso sin saber si tendrá visibilidad o alcance.

Pero quizá lo más revelador llega después, en el encuentro con los lectores. Uno escribe pensando que, al menos, habrá un lector —aunque sea uno mismo—, pero cuando otras personas se acercan y dicen que un libro las conmovió, que las hizo pensar o actuar de otra manera, se hace evidente otra dimensión del proceso: la ficción no solo construye mundos, también construye emociones, ideas y, de algún modo, comunidad.

¿Cómo nace su libro? ¿De qué inquietudes, episodios, momentos, hechos o circunstancias? ¿Qué temas entrelaza?

El libro nace de una experiencia personal: el desarraigo. Surge de mi propia vivencia como migrante y de una necesidad de entender ese desapego, esa distancia prolongada de mi país. A lo largo de muchos años, fui acumulando imágenes: personas caminando por las autopistas al amanecer, envueltas en cobijas; familias enteras deambulando por las ciudades, expuestas a la intemperie, a la incertidumbre. Llegó un punto en que ese fenómeno era tan evidente que resultaba imposible ignorarlo.

El libro nace de una experiencia personal: el desarraigo. Surge de mi propia vivencia como migrante y de una necesidad de entender ese desapego, esa distancia prolongada de mi país.

En ese contexto, comenzó a inquietarme especialmente la invisibilidad de los niños dentro de esos procesos migratorios. A partir de mi propia ausencia y de ese malestar, me planteé una pregunta: ¿qué podría sentir un niño que atraviesa estas experiencias? ¿Qué piensa mientras camina durante horas, días, semanas, en condiciones tan vulnerables?

Hemos llegado a Berlín nace de esa hipótesis: de intentar imaginar y dar forma a la interioridad de ese niño, a su mundo emocional y a su manera de percibir una realidad que muchas veces los adultos no alcanzan a nombrar. Es un intento por mirar la migración desde ese lugar íntimo, silencioso y profundamente humano.

Con este libro, Fanuel Hanán Díaz Aquí da un salto hacia la ficción, hacia un registro distinto al ensayo o la investigación. Foto: Panamericana Editorial

¿Qué la conecta con su obra anterior? ¿Qué la separa por completo?

Este libro se conecta con una búsqueda central en mi trabajo: encontrar una voz infantil auténtica. Si entendemos la literatura como un artificio —la construcción de un mundo, la organización del tiempo, incluso la elección de una forma narrativa—, hay algo que muchas veces queda en falta en la literatura infantil: la verdadera voz del niño. Recuperarla es un desafío, porque los adultos ya no somos niños y porque, además, la infancia de hoy es distinta: atraviesa otros contextos, otras formas de socialización, otras tecnologías y un acceso mucho mayor a la información. Es una infancia menos ingenua, más expuesta al mundo.

En ese sentido, este libro me reta como autor: me obliga a acercarme lo más posible a esa voz, a buscar una autenticidad que no siempre es fácil de alcanzar, pero que considero esencial.

Hay algo que muchas veces queda en falta en la literatura infantil: la verdadera voz del niño. Recuperarla es un desafío, porque los adultos ya no somos niños y porque, además, la infancia de hoy es distinta.

Por otro lado, este libro también se conecta con líneas previas de mi trabajo, especialmente con el tema de la migración, que ya había explorado y que sigue siendo una preocupación constante en mi escritura. Me interesa particularmente cómo una realidad áspera puede ser atravesada por la poesía.

Al mismo tiempo, marca una distancia con otra parte de mi obra, que ha sido más teórica. Aquí doy un salto hacia la ficción, hacia un registro distinto al ensayo o la investigación, lo que implica también otro tipo de exploración y de riesgo como escritor.

"Existe una tendencia persistente a controlar lo que los niños leen, bajo la idea de que deben ser protegidos de ciertos contenidos", dice Fanuel Hanán Díaz. Foto: Panamericana Editorial
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¿Cómo se desarrolló? Cuéntenos sobre la estructura del libro, sobre las reescrituras, las relecturas y el proceso de edición. ¿Qué tanto fluyó y qué tanto se transformó este trabajo en el proceso?

Hemos llegado a Berlín es, en rigor, un cuento largo ilustrado. No es una novela ni un libro álbum en sentido estricto: el texto funciona como columna vertebral, mientras que la imagen amplía y sugiere aquello que el lenguaje no alcanza a decir, aportando especialmente a la atmósfera y a la construcción del ambiente.

En términos estructurales, es una obra lineal, pero con una decisión clave: el final abierto. Seguimos a una familia de migrantes venezolanos que emprende el recorrido a pie —los llamados caminantes—, una realidad ampliamente documentada en Colombia y otros países de la región. La historia no cuenta el origen completo del viaje, sino un fragmento: el tránsito por territorio colombiano, marcado por el cansancio, la incertidumbre y la vulnerabilidad.

El núcleo dramático es el ascenso al Páramo de Berlín, un entorno hostil, de gran altura y temperaturas extremas, considerado uno de los tramos más duros de esa ruta. En términos narrativos, ese páramo funciona como el gran obstáculo: no es otro personaje, sino la naturaleza misma, con todo su peso simbólico y real.

El núcleo dramático es el ascenso al Páramo de Berlín, un entorno hostil, de gran altura y temperaturas extremas, considerado uno de los tramos más duros de esa ruta. En términos narrativos, ese páramo funciona como el gran obstáculo: no es otro personaje, sino la naturaleza misma, con todo su peso simbólico y real.

Más que un proceso de múltiples reescrituras, este cuento surgió de un largo período de investigación y reflexión. Cuando finalmente me senté a escribir, el texto salió de una sola vez, de manera orgánica. Luego vino un proceso de pulido y, tras la entrega, la edición se centró principalmente en ajustar el texto a su forma como libro ilustrado: fragmentarlo para que dialogara con la paginación y dejara espacio a la imagen.

Ese trabajo implicó cuidar el ritmo —no solo narrativo, sino también visual—, dosificar la experiencia del viaje y permitir que la ilustración ampliara el sentido sin que el texto perdiera su continuidad. La obra se sostiene mucho en el silencio: el lector debe completar lo que no se dice. El personaje queda suspendido en un no saber —no sabe hacia dónde va—, y ese desconocimiento define el cierre. No hay una resolución tranquilizadora, y quizás por eso el libro se aparta un poco de ciertas estructuras más clásicas de la literatura infantil.

La de su narrador "es una voz profundamente emocional e introspectiva. El niño registra el mundo con una sensibilidad particular, pero también desde una zona de desconocimiento". Foto: Panamericana Editorial

Sobre su narrador o narradores, o sobre algún personaje específico, ¿algo que quisiera anotar?

El narrador es un niño de unos diez u once años, protagonista de la historia, que construye el relato desde una especie de diálogo interior, cercano al flujo de conciencia. A través de su voz, el lector accede tanto a lo que siente como a lo que observa: fragmentos del pasado que explican el inicio del viaje, escenas del presente mientras caminan y pequeñas situaciones que marcan ese tránsito —el miedo, la incertidumbre, los gestos de ayuda o las adversidades del camino—.

Es una voz profundamente emocional e introspectiva. El niño registra el mundo con una sensibilidad particular, pero también desde una zona de desconocimiento: los adultos no le explican del todo qué ocurre ni hacia dónde van. Esa falta de información lo deja suspendido en una incertidumbre constante, especialmente cuando se enfrentan al ascenso hacia un territorio hostil.

Esa combinación define al personaje: una gran capacidad de adaptación —una forma de resiliencia—, junto con la dificultad para comprender lo que vive. Como suele ocurrir en la infancia, puede atravesar situaciones extremas, pero no siempre cuenta con las herramientas para explicarlas o procesarlas plenamente. Esa tensión sostiene su voz y le da al relato su densidad emocional.

Sobre su rutina de escritura: ¿cómo hace usted lo que hace, cuándo lo hace, dónde lo hace, cuánto la estresa o la tranquiliza?

Yo creo que uno siempre está escribiendo. Vivo en un estado permanente de atención: todo puede convertirse en historia. Una imagen, un diálogo, una escena cotidiana, algo que oigo en la calle o una situación que aparece en una película: todo activa esa posibilidad. Es como tener los sentidos abiertos, en una disposición constante a encontrar o generar relatos.

A eso se suma la investigación, que para mí es fundamental. No solo implica leer a otros autores o explorar cómo han abordado ciertos temas o construido sus voces, sino también documentarse sobre los contextos específicos. En este libro, por ejemplo, fue necesario entender el páramo de Berlín: su geografía, su clima, sus rutas, las condiciones reales de quienes lo atraviesan. Es un proceso de acumulación: convivir con la historia, llenarse de referentes hasta que, en algún momento, ocurre un clic que orienta la escritura.

No trabajo con esquemas rígidos ni escaletas previas. Investigo, me lleno de materiales, y luego escribo avanzando con cierta incertidumbre, dejando que la historia se revele en el proceso.

Cuando ese momento llega, el acto de escribir puede ser muy fluido, incluso vertiginoso. Pero no siempre es así: hay historias que se escriben de un solo impulso y otras que exigen un ritmo más dosificado.

En ese sentido, me reconozco más como un escritor de brújula que de mapa. No trabajo con esquemas rígidos ni escaletas previas. Investigo, me lleno de materiales, y luego escribo avanzando con cierta incertidumbre, dejando que la historia se revele en el proceso. Es una ignorancia relativa —porque hay una intuición de hacia dónde va el relato—, pero permite que aparezcan hallazgos inesperados.

A veces, incluso, el propio entorno parece alinearse con la escritura: encuentras una escena, una frase, una película que dialoga con lo que estás haciendo. Son coincidencias que terminan alimentando y fortaleciendo la historia mientras se construye.

"me reconozco más como un escritor de brújula que de mapa", dice Fanuel Hanán Díaz. Foto: Panamericana Editorial
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Sobre su rutina de lectura: ¿cómo, cuándo, dónde lee, sobre qué lee y por qué? ¿Lee solo en papel o también en Kindle?

Mi rutina de lectura es múltiple y fragmentada. A lo largo del día paso de un texto a otro con naturalidad: puedo leer un cuento de un autor latinoamericano, luego un manuscrito para evaluación editorial, y más tarde avanzar en una novela, un poema o incluso revisar un texto propio.

Soy metódico, especialmente cuando se trata de manuscritos o de preparar clases. Prefiero distribuir la lectura en pequeñas porciones diarias para evitar acumulaciones: avanzo poco a poco en distintos frentes.

En cuanto a los formatos, leo tanto en físico como en digital. En los últimos años me he inclinado más hacia lo digital, porque me permite leer en cualquier momento —en un trayecto, en una sala de espera, en un aeropuerto o en la cama—. Aun así, mantengo una convivencia entre ambos formatos, según el tipo de lectura y el momento.

¿Ya trabaja en algo nuevo? ¿De qué se trata?

Sí. Ahora mismo trabajo en una colección de cuentos de horror cósmico, surgida a partir de un taller. Son relatos breves, con finales sorpresivos, que dialogan con la tradición de Lovecraft y Ray Bradbury, tanto por sus escenarios —otros planetas, territorios fuera de la Tierra— como por su dimensión existencial.

Me interesa explorar la identidad humana frente a lo desconocido: la posibilidad de fuerzas superiores, entidades invisibles o realidades que exceden nuestra comprensión, pero también cómo esas experiencias confrontan a los personajes con sus propios miedos y traumas.

¿Cuándo, con quién y de qué hablará en la Feria?

En la Feria voy a participar en varios espacios. Estaré en la presentación de Hemos llegado a Berlín, cuya conversación se inscribe bajo el paraguas de la migración. También tendré una mesa sobre la frontera movediza de la literatura juvenil junto a tres autores colombianos; otra sobre el poder de la oralidad, con una autora del Chocó y una autora española; y además participaré en un podcast con dos autores colombianos para conversar sobre sus novedades y sus libros más recientes.

¿Qué libro reciente y qué libro clásico recomienda?

Entre mis lecturas recientes, recomendaría Orbital, de Samantha Harvey, una novela breve e intensísima sobre un grupo de astronautas en una estación espacial. Me interesó mucho como hipótesis de escritura: cómo un espacio cerrado puede resultar tan tensionante y, al mismo tiempo, tan fértil para pensar la condición humana. Además, Orbital ganó el Booker Prize 2024.

Recomendaría ‘Orbital’, de Samantha Harvey, una novela breve e intensísima sobre un grupo de astronautas en una estación espacial...

En cuanto a los clásicos, siempre vuelvo a la literatura de aventuras. Pienso en Las minas del rey Salomón, El Robinson suizo, La flecha negra, Sandokán, Los tres mosqueteros o el ciclo artúrico. Son libros que marcaron mi deseo de leer y escribir.

Y, de manera muy especial, siempre recomiendo El Señor de los Anillos. Lo leí mucho antes del auge actual de la fantasía épica, y fue una de esas lecturas que me dejaron temblando como lector.

¿Qué artes o actividades la sacan de sí mismo?

Hay una práctica muy personal que me conecta con otro ritmo: la observación y fotografía de insectos. Paso horas en entornos naturales buscándolos, observándolos, registrando sus formas. Es una actividad que me saca de mí mismo y me lleva a un estado de contemplación.

A eso se suman las caminatas conscientes, la atención al entorno, a los sonidos, a los pájaros, a la naturaleza. Esa relación con lo vivo ha sido fundamental en mi manera de estar en el mundo y, de algún modo, también en mi escritura.

Los frailejones y las aves como compañía... de eso sabe el autor de primera mano. Foto: Panamericana Editorial
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Sus eventos en FILBO

Viernes, 1.º de mayo - 2:30 p.m. - Sala Jorge Isaacs: Una travesía hacia la esperanza entre el páramo y la memoria

Fanuel Hanán Díaz relata una historia que resuena en los silencios de quienes alguna vez han tenido que migrar. Modera: Lorena Panche, del Cerlalc. Luego, a las 3:30 p.m., habrá firma de libros en la Zona de firmas Jorge Isaacs.