En la FILBo 2026, Artes para la paz no llega solo con una programación también lo hace con historias concretas de lo que ocurre en colegios, comunidades rurales, bibliotecas, centros de interés y espacios de formación artística de distintas regiones del país.

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En el segundo nivel del Pabellón Colombia, en el stand 137, el programa del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes reúne talleres, conversatorios, lanzamientos, muestras y experiencias participativas que permiten ver cómo la formación artística se está convirtiendo en una herramienta para leer, escribir, cantar, moverse, hacer memoria y contar el territorio de otra manera.

La presencia del programa en la feria funciona, sobre todo, como una ventana para observar procesos que normalmente suceden lejos de Corferias, como las clases de escritura creativa, danza, teatro, música, audiovisuales, artes visuales y otras prácticas que se presentan como lenguajes para fortalecer la confianza, la creatividad, el trabajo colectivo y la relación con el entorno.

Uno de esos procesos lo lidera Óscar Parra Barrio, artista formador que trabaja en Ríohacha y en comunidades de La Guajira, junto a la Universidad del Magdalena. Su trabajo está concentra en la literatura y la escritura creativa, Su idea es enseñar a leer desde el gusto, no desde la obligación.

“Que tomen el libro como herramienta de construcción de sociedad, que vean el libro como esa ventana que se abre al mundo de la imaginación”, explica.

Que tomen el libro como herramienta de construcción de sociedad, que vean el libro como esa ventana que se abre al mundo de la imaginación.
Óscar Parra Barrio

Parra llega a las comunidades con una maleta literaria. Allí, cuenta, el libro sirve para abrir conversaciones y para que los niños puedan escribir sobre lo que viven. Lo narra así: “yo llego a una comunidad, a una ranchería que queda en la ruralidad, y cuando llego con mi maleta literaria los niños me esperan. Es la facilidad para decirles: ‘Miren, escriban anécdotas, escriban sobre su territorio’. Esas herramientas les permiten ser mejores seres humanos, porque a través de Artes para la Paz apuntamos a eso: a que el niño no solamente lea, piense y escriba, sino que haga memoria”.

Óscar Parra Barrio, artista formador que trabaja en Ríohacha y en comunidades de La Guajira, junto a la Universidad del Magdalena. En FILBo, hizo lo que mejor hace, abrir puertas de imaginación a los chicos. Foto: MinCulturas

Desde la zona Caribe también llegó a la FILBo Gloris Marot Veleño Eslava, artista formadora vinculada a los centros de interés que funcionan en articulación con la Universidad del Magdalena. Ella trabaja con niñas y niños del IED Rodrigo de Bastidas y asegura que el programa ha abierto espacios para que los estudiantes pierdan el miedo a hablar, escribir y mostrar lo que sienten.

“Podemos potencializar y encontrar a esos niños que necesitan el programa. Les ha ayudado a expresarse, a modular, a perder el miedo, a escribir, a exponer lo que sienten”, afirma.

Podemos potencializar y encontrar a esos niños que necesitan el programa. Les ha ayudado a expresarse, a modular, a perder el miedo, a escribir, a exponer lo que sienten
Gloris Marot Veleño Eslav

Otro de los procesos que están en la feria están relacionados con fotografía, creación audiovisual y experimentación con procesos químicos. Una de las formadoras, Dany Medina, de Málaga (Santander), explica que los estudiantes se han acercado a la imagen no solo desde la técnica, sino desde la emoción y la curiosidad científica.

“Están emocionados e interesados por seguir aprendiendo cómo desde el arte y la química podemos hacer procesos que sensibilicen y que realmente muestren nuestras emociones”, dice. Y cuenta que incluso los más pequeños preguntan cuándo podrán repetir los ejercicios: “Profe, ¿cuándo lo vamos a realizar? Profe, ¿cómo se hace?”.

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Ese interés no se limita a tomar fotografías. También les permite a los estudiantes mirar su entorno y mirarse a sí mismos de otra manera. Y explica: “aprender a retratarse, retratar su entorno, crear un ojo más sensibilizado, buscar detrás de lo convencional un concepto para mostrar algo más detallado, demostrar lo que sienten o cómo ven el mundo, ha sido un ejercicio muy rico para fortalecer su autoestima y su autopercepción”.

La programación del stand tiene, además, un fuerte componente territorial. Porque 35 de los más de 70 espacios tienen participación de universidades como la Universidad del Cauca, la UPTC, la Universidad Industrial de Santander, la Universidad del Magdalena, la Universidad de Caldas y la Universidad de Antioquia. Otros 10 momentos están a cargo de la Dirección de Artes y 25 corresponden a espacios de atención al público.

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Esa estructura permite que el stand no funcione únicamente como una muestra, sino como un punto de cruce entre experiencias pedagógicas y artísticas de distintas regiones. El alcance nacional del programa ayuda a dimensionar lo que se ve en la feria. Artes para la paz ha llegado a dos de cada tres municipios del país y, según Minculturas, ha impactado en el último año a más de 538.000 personas. La apuesta no se reduce a enseñar una técnica artística, pues también busca que niñas, niños, adolescentes, jóvenes y comunidades encuentren en el arte una forma de participación, expresión y construcción de confianza.

Esto es importantísimo porque lo que nos va a permitir es que este país se cuente de una manera distinta, no solo desde la dramaturgia de la violencia
Yannai Kadamani Fonrodona

La ministra de Culturas, Yannai Kadamani Fonrodona, resume ese propósito como una posibilidad de ampliar las formas en que Colombia se cuenta a sí misma: “con Artes para la paz, niñas, niños, adolescentes, jóvenes y comunidades enteras están teniendo clases y mediaciones de literatura, de formación en escritura creativa, danza, teatro, música o audiovisuales, y esto es importantísimo porque lo que nos va a permitir es que este país se cuente de una manera distinta, no solo desde la dramaturgia de la violencia”.