El libro que hoy les traigo no nace del oficio reposado de la invención, sino de una urgencia esencial de contar.
Gilraen Eärfalas (Chilpancingo, 1995) es médica general, técnica clínica y narradora que abandonó el conservatorio de música para aprender que, mientras la medicina diagnostica el dolor en la carne, la literatura descifra la historia detrás del síntoma.
Tras un largo periplo digital que comenzó en blogs y Wattpad, No me llames loca llega con el sello de Planeta (2025) como una confesión desbordada que oscila entre la autoficción y el testimonio de supervivencia.
Escrita a lo largo de una década, la novela subvierte la etimología arcaica de la locura –aquel “recipiente vacío” que históricamente ha servido para invalidar a las mujeres que sienten en demasía– para erigir un mapa del trauma.
En alguna de sus múltiples entrevistas cuenta que lo escribió entre los 20 y los 29. Lo llama, a medias en broma, un fanfic de su vida: bullying universitario, heridas de infancia y adolescencia, el miedo a soltarlo porque “tenía mucho de mí”. Nació como desahogo tras un conflicto en la facultad; lo pausó por temor a represalias y lo retomó porque los lectores esperaban el siguiente capítulo. En terapia oyó algo cercano a “no estás loca, estás sobreviviendo”. Investigó la etimología: loco era recipiente vacío; el uso peyorativo, sobre todo contra mujeres que sienten de más, le dio título y tesis.
La protagonista, Dannielle Morgan, sale del confinamiento psiquiátrico a los 22 para sentarse en un aula de medicina, arrastrando las esquirlas de un secuestro infantil, la trata de mujeres y el quiebre identitario. Los “entes” de Dannielle no son adorno gótico: personificó las voces internas –corre, no vuelvas, no sientas– para hacer visible lo que el trauma parte. Nombres y escenarios beben de su mundo: profesores de Medicina en Acapulco, el corazón como casa y cárcel, incluso un guiño a Age of Empires (Morgan Black). Cita al médico-poeta Girolamo Fracastoro: a veces el verso se adelanta al microscopio. Su seudónimo evoca la Tierra Media; su oficio, la sala de urgencias.
La narración salta entre el aula, el internamiento y las ruinas de la infancia. Marck Almond, cardiólogo, le enseña a leer los silencios del corazón; Anthony Cadwell, su psiquiatra, ya vio las ruinas y se quedó. El triángulo no reparte héroes: ambos aman mal y de verdad.
La mirada crítica exige mucha honestidad: la obra es un híbrido desafiante –romance oscuro, thriller psicológico y poesía patológica– con un pulso innegable.
Eärfalas no busca la complacencia ni la autoayuda estéril; expone la violencia explícita con la crudeza de quien conoce el cuerpo por dentro.
Su paso por la Filbo ratificó lo que sus lectores ya sabían: estamos ante una voz generacional que escribe desde la fisura para conjurar la soledad del lector. Una lectura visceral y desgarradora que demanda criterio y madurez emocional, recordándonos que sobrevivir no es llenarse de silencio, sino atreverse a nombrar el abismo.
*Magíster en Literatura y librera.