SEMANA: Usted es la narradora de las grandes historias de América Latina. ¿De dónde nace este libro?
A.G.: Es un tercer libro de recopilación de mis historias. Y quizás el último, porque este tipo de reportería que he hecho a lo largo de 40 años –de ir a pie, meterme en donde no deba y querer ver todo– es un oficio de jóvenes que yo ya no hago. “Esta improbable tierra prometida” es una frase que sale de uno de los relatos del libro sobre el regreso a El Salado, tras la masacre de Carlos Castaño. Me parecía una gesta épica y heroica: estos pobladores regresaron a un lugar donde no había nada más que recuerdos espantosos. Entonces, ahí escribo en el texto: “Esta improbable tierra prometida” sobre los que deciden regresar a donde tienen sus recuerdos y su vida. Creo que es válido no solo para El Salado, sino para toda América Latina.
SEMANA: En su libro usted comienza con otra masacre muy dolorosa para nuestra historia, que es la de Segovia. ¿Por qué la impactó tanto?
A.G.: Me había pasado cuatro años en Centroamérica cubriendo la insurrección contra Anastasio Somoza en Nicaragua y la violentísima situación de El Salvador, tras la masacre de El Mozote. Llegué aquí en el 88, en el auge de la época de Pablo Escobar. La masacre de Segovia fue el debut de Fidel Castaño, el hermano mayor. Nunca publiqué ese texto porque no supe darle forma. Lo escribí 20 veces y lo dejé en el tintero. Iba a ser mi primer texto para The New Yorker, pero no me cuajó.
SEMANA: ¿Y qué le encontró hoy a esa historia como para abrir su libro?
A.G.: La masacre de Segovia es la violencia que se perpetúa de una generación a otra. Es una violencia entre hermanos, generacional y canibalística también. El mismo asesinato es una especie de suicidio. Y esa violencia tan intrincada, tan Cien años de soledad, tan repetitiva, por fin la entendí. Fue la primera gran masacre en Colombia y yo tuve la suerte de dar con uno de los probables asesinos en una cárcel. A ese muchacho la guerrilla le había matado primero a su hermano, luego habían bajado a su otro hermano de un bus, le habían sacado los ojos con un machete y lo habían asesinado. Entonces, claro, llegan los de las AUC y le dicen: “Toma estos fierros”. Y ese muchacho dice que sí. Eso es lo que pasa una y otra vez en Colombia. Es una violencia generacional que ya va para 70 años. Después de esa masacre, me di cuenta de que la violencia en Colombia era tan añeja que me interesó mucho quedarme más para entenderla.
SEMANA: ¿Por qué le gusta tanto Colombia? Ha vivido aquí casi 20 años.
A.G.: Para mí, Colombia ha sido siempre muy importante por muchas razones: por su belleza, por las amistades y los afectos que tengo, pero también porque es como una especie de estudio de campo trágico.
SEMANA: A usted siempre la presentan como la traductora de América Latina para los norteamericanos. Pero la escuché definirse como una traductora del pasado para el presente.
A.G.: Siento que es tal cual. Yo escribí desde un principio para medios angloparlantes, como The Guardian. Allá no sabían nada. No sabían dónde quedaban El Salvador, Nicaragua ni Colombia. Tenía que explicar cada cosa. En Nicaragua, explicar que el dictador Anastasio Somoza era el hijo del otro dictador y el sobrino del otro dictador, y que habían sido tres generaciones. Nicaragua ya no es el país que fue: no queda un solo árbol de su selva. Gracias a estos textos puedo acordarme de cómo fue, y eso les sirve a muchachos de 25 años que jamás se enteraron de que hubo una revolución ahí. La gran ventaja de explicarles a los estadounidenses cómo es América Latina: 25, 30 o 40 años después, mi trabajo sirve para explicarles el pasado a los jóvenes del presente.
SEMANA: En el libro habla sobre la trágica ironía de Nicaragua: de la caída de Somoza al régimen actual. Y recuerda cuando la hijastra de Daniel Ortega le reveló los abusos sexuales que él cometió en su contra.
A.G.: ¿Cómo se explica uno que estén en el poder estos dos seres monstruosos? Siempre digo, para escabullirme, que mi oficio es hacer preguntas y no encontrar respuestas. Si mi oficio fuera encontrar respuestas, tendría que ser política. Lo único que puedo decir es que Daniel Ortega y Rosario Murillo no pueden ser más siniestros, más absurdos, más grotescos.
SEMANA: También ha dicho que el siglo XX fue el de las utopías y el XXI el de los fracasos en América Latina. ¿Qué pasó ahí?
A.G.: Debo decir que, si el siglo XX fue el de las ilusiones y las revoluciones, el siglo XXI no solo es el de la desilusión y el fracaso del socialismo. Creo que estamos viviendo el fracaso del capitalismo, en el sentido de que tanto el socialismo como el capitalismo han tratado de dar soluciones a problemas del pasado. ¿Cuáles son los problemas de hoy? El cambio climático o la inteligencia artificial. Y el capitalismo, que creó estas situaciones, es perfectamente incapaz de resolverlas. El capitalismo no tiene las herramientas para solucionar la crisis del mundo.
SEMANA: ¿Cómo ve hoy a Venezuela?
A.G.: No he ido a Venezuela en varios años. Creo que el principal problema es que Donald Trump no conoce Venezuela ni entiende el fenómeno de Hugo Chávez. Yo tampoco lo entiendo; es una aberración. Tampoco entiendo por qué duró tanto Maduro: era profundamente impopular. Y no entiendo lo que pensó Estados Unidos cuando decidió sacarlo y poner a su misma gente a gobernar. Toda la situación me parece anómala, poco pensada y caprichosa. ¿Qué están pensando Delcy Rodríguez y su hermano Jorge? ¿Qué va a pasar cuando exporten el petróleo? ¿Los venezolanos en el exilio tendrán motivos para regresar? Es realmente una situación de grave peligro e incendiaria, pero creo que nadie sabe cómo se va a resolver.
SEMANA: ¿Y Cuba?
A.G.: Me parece que la administración Trump está decidida a dejar que el régimen caiga no por su propio peso, sino por su propia hambre. ¿Cuánto tiempo van a aguantar así? No sé cuál es el futuro; me parece espantoso hacerles eso a los cubanos, que llevan 60 años de entusiasmo, sufrimiento, tragedia y horror. Es sumamente doloroso.
SEMANA: Ya que su oficio es hacer preguntas. ¿Qué preguntas tiene de Colombia en este momento?
A.G.: Los temblores han cambiado el panorama, incluso para el presidente. Ha sido una tragedia económica. A mí me parece que la campaña del actual presidente fue de un tono sumamente subido. En su gabinete me han dicho que hay gente muy capaz. Lo que sé es que una cosa es la promesa de campaña y otra la realidad. Por el momento, estoy a la expectativa y deseando con todo el corazón que, por el bien de todos nosotros, esta sea una administración prudente y moderada. La gracia de ser reportera es que uno puede ver el gran teatro del mundo, y ese es un privilegio inmenso que me ha dado la vida.
SEMANA: Usted dice en su libro que espera que una periodista más joven pueda contar una historia más promisoria de América Latina.
A.G.: Sí, que a una reportera joven, que quizás aún no ha nacido, le toque narrar la felicidad del mundo. Uno vive de esperanzas e ilusiones. Creo que en América Latina tenemos recursos enormes para salir adelante: la geografía, el agua, la vegetación, una población sana, ambiciosa, optimista, echada para adelante y trabajadora. Tenemos mucho que dar y muchos elementos para sobrevivir, sin duda. Espero que los gobernantes sepan utilizar eso: con sabiduría, modestia y decencia, que es algo que suele faltarles.