En Colombia, donde el clima tropical y las lluvias frecuentes crean condiciones propicias para la proliferación de mosquitos, enfermedades como el dengue y la fiebre amarilla continúan representando un desafío de salud pública. Ambas, transmitidas por la picadura del mosquito Aedes aegypti, pueden pasar de síntomas leves a cuadros graves si no se detectan y tratan a tiempo.

La historia de Juan, un habitante del Tolima, refleja una realidad común en muchas regiones del país. En su intento por recolectar agua lluvia para uso doméstico, instaló recipientes abiertos alrededor de su casa, sin saber que se convertirían en criaderos del mosquito transmisor. Días después presentó fiebre alta, dolor de cabeza intenso y malestar general. Lo que inicialmente parecía una gripe resultó ser dengue, una enfermedad que cada año afecta a miles de personas en América Latina.

El dengue es una enfermedad endémica que suele aparecer en ciclos epidémicos de tres a cinco años. Sus síntomas más frecuentes incluyen fiebre, dolor detrás de los ojos, molestias articulares y debilidad. En algunos casos puede evolucionar hacia formas graves que requieren atención médica urgente. En los últimos años, además, se ha evidenciado un aumento de casos en zonas donde anteriormente no era común, lo que amplía el mapa de riesgo en el país.

La fiebre amarilla presenta un comportamiento más variable. Puede manifestarse de forma leve o incluso asintomática, pero también puede evolucionar hacia una fase tóxica que puede ser mortal. Foto: EPS Famisanar - API

Por su parte, la fiebre amarilla presenta un comportamiento más variable. Puede manifestarse de forma leve o incluso asintomática, pero también puede evolucionar hacia una fase tóxica que puede ser mortal. Tras un periodo de incubación de entre tres y seis días, los pacientes pueden experimentar fiebre, dolores musculares y disminución en la producción de orina. Aunque muchos mejoran tras esta fase inicial, algunos desarrollan una segunda etapa caracterizada por fiebre alta, ictericia, sangrados y debilidad extrema, que requieren atención médica inmediata.

El diagnóstico temprano es clave en ambos casos. Para el dengue existen pruebas como la detección del ARN viral o del antígeno NS1 mediante técnicas de laboratorio altamente sensibles, como el ensayo ELISA. También se pueden identificar anticuerpos específicos en sangre. En el caso de la fiebre amarilla, el diagnóstico clínico y el seguimiento de los síntomas son fundamentales, dado que su evolución puede variar significativamente entre pacientes.

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Frente a este panorama, la prevención se convierte en la herramienta más efectiva. Evitar la reproducción del mosquito es el primer paso. Esto implica eliminar cualquier recipiente que acumule agua estancada, mantener los tanques debidamente tapados y evitar criaderos en patios o espacios abiertos. Dentro del hogar, el uso de toldillos, así como la instalación de mallas en puertas y ventanas, ayuda a reducir el riesgo de picaduras.

En el caso de la fiebre amarilla, la vacunación es esencial. Una sola dosis proporciona protección, aunque en algunos casos se recomienda un refuerzo después de diez años. Esta vacuna está indicada para personas entre los 9 meses y los 59 años, pero no es apta para todos. Personas con sistemas inmunológicos comprometidos, mujeres embarazadas o en lactancia, pacientes en tratamiento oncológico o con alergias específicas deben consultar previamente con un médico.

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Además, quienes planean viajar a zonas de alto riesgo deben vacunarse al menos diez días antes del desplazamiento, ya que este es el tiempo necesario para que el organismo desarrolle inmunidad.

El mensaje de las autoridades sanitarias es claro: la prevención comienza en casa. Pequeñas acciones cotidianas pueden marcar la diferencia entre un entorno seguro y un foco de contagio. En un país donde las condiciones climáticas favorecen la presencia constante del mosquito, la vigilancia y el autocuidado son fundamentales para evitar que una picadura se convierta en una amenaza para la vida.