Fue a finales de los setenta cuando una joven reportera entrevistó a la escritora, cantante y activista Maya Angelou. Aquella periodista era Oprah Winfrey, hoy una de las mujeres más poderosas de la televisión en Estados Unidos. Unos años después, Angelou se convirtió en su mentora. Winfrey transformó aquella experiencia en una certeza: “Cualquiera que haya alcanzado cierto éxito llegó a donde está porque alguien fue una fuerza que lo impulsó para ser quien es”.
La mentoría entendida como la capacidad de reconocer la experiencia propia y compartirla ha dejado de ser un acto espontáneo y generoso para irrumpir en el mundo corporativo como una estrategia no solo para llegar al éxito, sino para sostenerlo. “Liderar no significa poder con todo sola. Cuanta más responsabilidad, más fácil es quedar atrapadas en nuestra propia mirada. La mentora ofrece perspectiva y criterio para tomar mejores decisiones”, explica la española Betlem Gomila, doctora, mentora de líderes y conferencista.
No hay estadísticas que indiquen que hay más mujeres en ese rol, pero sí es evidente el aumento de estas iniciativas en las empresas Fortune 500, según un estudio de la plataforma MentorcliQ. El informe sostiene que, en 2024, el 98 por ciento de las compañías más grandes de Estados Unidos tenía programas de mentoría, frente al 84 por ciento registrado en 2021. En contraste, el estudio Women in the Workplace 2024, de McKinsey y LeanIn.Org, encontró que las organizaciones que reportaron tener y hacer seguimiento a programas de mentoría femenina pasaron del 48 por ciento en 2022, al 37 por ciento en 2024.
Estudios apuntan que el éxito de las mujeres está más ligado a las relaciones que construyen, y que por ello la mentoría es ideal para ganar autoconfianza. Ahí es cuando pesa la presencia de otra mujer. Ellas son especialmente sensibles a aprender de modelos femeninos que les muestren cómo transitar la vida, según explica María Cecilia Otoya, directora de Mujeres Rompiendo Barreras, de la Universidad Externado de Colombia, una formación por la que han pasado unas 300 líderes. “En la medida en que podamos recibir escucha y compañía, la vida se transforma, porque una mirada externa abre perspectivas”, afirma.
Pero pasar de recibir mentoría a ofrecerla tiene un primer obstáculo que, en el caso de las mujeres, suele ser interno: el ‘síndrome del impostor’. Cristina Palacio Tejada, consultora senior en talento, desarrollo y liderazgo, lo ha vivido y, aunque valora la mentoría entre pares, propone la acción frente a la duda. “Con más frecuencia hay una voz que nos dice que no somos suficientes, pero tienes que ver qué de lo que has vivido y aprendido has capitalizado y puedes ponerlo al servicio de los demás”.
No todas las mujeres con altos niveles de experiencia y conocimiento tienen que convertirse en mentoras, pero, si se deciden, en ese camino formarse es clave, según apunta María Paula Alonso, experta, mentora y speaker. “Cuando tenemos claro lo que podemos ofrecer, hay que adquirir un método, certificarse y crecer en skills”, dice. Un reto es la irrupción de la inteligencia artificial –cada vez más los líderes buscan respuestas y orientación en la IA–, pero, a juicio de Gomila, “generar un vínculo y una confianza es algo que nadie te puede quitar”. Otro reto es derribar la creencia de que las mentoras solo enseñan habilidades blandas, no porque importen menos, sino porque las mujeres también llevan a cabo mentorías en planeación, dirección de empresas y juntas directivas. “La experiencia es infinita, el límite está en la seguridad que tenemos y en cómo hacemos nuestro trabajo”, reitera Alonso.
Un filón menos explorado es el que tiene que ver con el sector social, que también permean las mentorías. Andrea Avella, creadora de la Fundación Andrea Avella, no decidió conscientemente ejercer este oficio, sino que fue parte de su camino como sobreviviente de trata de personas. Durante 10 años experimentó la metodología que hoy aplica en su fundación. “En estos casos la mentoría se percibe como un espacio seguro entre pares y también como un lugar en el que ves alcanzable un proyecto de vida”, cuenta.
Una buena mentoría no solo ayuda a ver un horizonte posible, sino a simplificar cuando es necesario. “Hay que ayudar a entender que crecer es dejar de hacer lo que ya no tiene sentido”, resume Gomila. Tampoco es hacer coaching, pues un coach evita intervenir y una mentora se da ciertas licencias, como recomendar e influir. Además, supone un aprendizaje de doble vía, pues cuestiona a la mentora a través de su mentee.
La mentoría, en definitiva, es la formalización de una de las prácticas más antiguas de la humanidad: el aprendizaje a través de la experiencia de otros. Un proceso que trasciende lo individual y que para el mundo empresarial es una oportunidad. Porque, al final, dicen las expertas, el éxito no depende solo de lo que se alcanza, sino de lo que se aprende y se transmite a otros.