Hay una edad en la vida de una mujer en la que algo cambia. No necesariamente ocurre el día exacto en que cumplimos 50, pero alrededor de esa edad empezamos a mirar la vida de otra manera. Y, curiosamente, muchas veces descubrimos que se nos están acabando los complejos.
Durante años nos enseñaron, de una manera u otra, a preocuparnos demasiado por cómo nos vemos, cómo hablamos, qué pensamos y qué opinan los demás de nosotras. Que si estamos muy gordas, muy flacas, muy maquilladas, muy despeinadas, muy jóvenes para ciertas cosas o demasiado grandes para otras. Como si nuestra vida tuviera que pasar permanentemente por el filtro de la aprobación ajena.
Y un día cumplimos 50 y algo dentro de nosotras dice: ¡ya basta!
Ya no queremos pasar una hora frente al espejo buscando el defecto que antes no veíamos. Ya no sentimos la misma necesidad de esconder una arruga, de justificar una cana o de explicar por qué nos ponemos determinada ropa.
No es que dejemos de cuidarnos. Todo lo contrario.
Nos cuidamos porque nos queremos, no porque nos avergoncemos de envejecer.
A los 50 entendemos que una arruga no es un fracaso: es una historia. Que un cuerpo que ha cambiado no es un cuerpo que ha perdido valor. Es el cuerpo que nos ha acompañado durante medio siglo, que ha trabajado, amado, reído, llorado, bailado, viajado, criado hijos, superado pérdidas y celebrado triunfos.
Y también aprendemos algo maravilloso: no todo el mundo tiene que querernos.
Durante muchos años buscamos caer bien. A los 50 empezamos a preferir estar tranquilas.
Elegimos mejor nuestras amistades. Dejamos de perseguir a personas que no nos valoran. Aprendemos a decir “no” sin escribir una explicación de tres páginas. Y descubrimos que la paz vale mucho más que tener razón.
También cambia nuestra relación con el qué dirán.
Porque, seamos honestas, ¿cuántas cosas dejamos de hacer por miedo a lo que otros pudieran pensar?
A los 50 empezamos a entender que, mientras nosotros estamos preocupados por lo que alguien va a decir, ese alguien probablemente está demasiado ocupado pensando en su propia vida.
Entonces viajamos. Nos enamoramos. Bailamos. Nos ponemos un vestido que antes creíamos que “no era para nuestra edad”. Nos reímos más fuerte. Decimos lo que pensamos. Probamos cosas nuevas. Y, sobre todo, dejamos de pedir permiso.
Quizás esa sea una de las grandes ventajas de cumplir 50: ya no necesitamos demostrar que valemos.
Ya sabemos quiénes somos.
Sabemos que no somos perfectas y, finalmente, eso deja de preocuparnos. Tenemos defectos, contradicciones, días malos, inseguridades y también una cantidad enorme de virtudes que ya no necesitamos esconder por modestia.
Porque la madurez no consiste en dejar de tener complejos. Consiste en dejar de permitir que ellos decidan por nosotras.
A los 50 no necesariamente nos sentimos más jóvenes.
Nos sentimos más libres.
Y hay una diferencia enorme.
La juventud muchas veces quiere conquistar el mundo. A los 50 queremos disfrutarlo.
Queremos una conversación que nos haga reír, una copa de vino con amigas, un viaje que nos emocione, una familia que nos haga sentir orgullosas, un amor que nos dé tranquilidad y la libertad de levantarnos cada mañana sabiendo que no tenemos que convertirnos en nadie más.
Tal vez por eso cumplir 50 no debería darnos miedo.
Debería darnos curiosidad.
Porque después de tantos años intentando ser la mujer que los demás esperaban, puede que finalmente llegue el momento de ser simplemente la mujer que queremos ser.
Y esa, quizás, sea la verdadera belleza de cumplir 50: que por fin nos miramos al espejo y, en lugar de preguntarnos qué tenemos que cambiar, sonreímos y pensamos: “Así estoy bien”.
Y cuando una mujer llega a ese punto, se le empiezan a acabar los complejos.
Pero también se le empiezan a acabar los miedos.
Y ahí es cuando comienza, de verdad, una de las mejores etapas de su vida.
Vivi Barguil, directora de la Fundación A la Rueda Rueda