Uno de los debates más urgentes en el contexto de las nuevas estructuras familiares es el de la custodia compartida.
Durante años, la práctica judicial en el país ha tendido a otorgar la custodia principalmente a la madre, dejando al padre en un rol secundario, muchas veces limitado a visitas. Aunque esta visión ha buscado proteger el bienestar de los niños, también ha perpetuado una idea que hoy debemos cuestionar: que el cuidado es un rol casi exclusivo de la mujer.
La custodia compartida no es una moda ni una tendencia importada. Es, en esencia, una evolución necesaria hacia un modelo de corresponsabilidad parental.
Pero aquí es donde debemos ser claros: la custodia compartida no puede entenderse como un derecho automático de los padres. Es, ante todo, una garantía para los hijos.
El centro de esta discusión no debe ser quién ‘gana’ más tiempo, sino qué modelo asegura mejor el desarrollo emocional, psicológico y afectivo del niño.
Cuando se implementa correctamente, la custodia compartida permite que los hijos mantengan vínculos sólidos con ambos padres, reduce los conflictos de lealtades y promueve una crianza equilibrada. Sin embargo, también implica desafíos importantes: comunicación efectiva entre los padres, acuerdos claros, estabilidad en los entornos y, sobre todo, madurez emocional.
No todas las familias están listas para este modelo.
Y decir esto no es retroceder, es ser responsables.
La custodia compartida no debe imponerse en contextos de violencia, manipulación o conflicto permanente. En esos casos, lejos de proteger al menor, puede exponerlo a escenarios de inestabilidad emocional.
Por eso, más que discutir si la custodia compartida debe ser la regla general, Colombia necesita fortalecer los criterios para evaluarla caso por caso, con un enfoque interdisciplinario que incluya no solo lo jurídico, sino también lo psicológico y lo social.
Además, hay un punto que pocas veces se aborda: la corresponsabilidad no comienza con la separación, sino desde la convivencia.
No podemos exigir padres presentes después de una ruptura si durante la relación su rol fue marginal. La custodia compartida también exige una transformación cultural profunda donde el cuidado deje de ser visto como una carga femenina y se convierta en una responsabilidad compartida desde el inicio.
Este debate no es menor. Tiene implicaciones directas en la forma en que estamos criando a las próximas generaciones.
Colombia necesita avanzar hacia un modelo donde el bienestar de los niños esté por encima de las disputas de los adultos, donde la justicia no repita esquemas tradicionales sin cuestionarlos, y donde la familia, en cualquiera de sus formas, sea entendida como un espacio de corresponsabilidad real.
La custodia compartida no es la solución o una fórmula universal para todos los casos.
Pero sí es una conversación que el país ya no puede seguir aplazando o un tema postergado o reducido a una discusión de derechos entre adultos. Colombia necesita dar este debate con seriedad, rigor y, ante todo, con una convicción clara: el interés superior del niño no es negociable.
Adriana Bocanegra Triana, autora del libro La Valentía de Ser Madrastra, CEO de Abogados Corporativos Bocanegra Triana y docente en Derecho de Familia