Hace algunos años, mientras estaba en la sala de espera del mastólogo, vi salir del consultorio a una mujer llorando desconsolada. No sabía qué le habían dicho, pero su expresión quedó grabada en mi mente. Miré al frente y en la mesa había datos de proveedores de pelucas. Pensé: ‘qué imagen tan dura’.

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Lo que nunca imaginé fue que, años después, sería yo quien saldría de ese mismo consultorio intentando comprender una noticia que cambiaría mi vida.

El 3 de mayo de 2023 me diagnosticaron cáncer de mama. Todo comenzó cuando, después de bajar de peso, identifiqué una masa en mi seno izquierdo. No tenía antecedentes familiares y, aunque sabía que debía revisarme, nunca imaginé que se tratara de un tumor maligno. Me hicieron los exámenes y llegó el diagnóstico.

Hay algo de ese día que nunca olvidaré. Mi mastólogo, quien me dio la noticia, estaba a tres días de someterse a una cirugía por cáncer de tiroides. Mientras me explicaba que debíamos realizar otros estudios para identificar exactamente qué tipo de cáncer tenía, él también estaba atravesando su propia batalla.

Con el tiempo he pensado mucho en ese momento. A veces vemos a los médicos como esas personas que tienen las respuestas, que nos acompañan en los momentos más vulnerables y en cuyas manos depositamos nuestra salud y la vida. Pero olvidamos que ellos también son seres humanos, reciben diagnósticos, sienten miedo, tienen familias y necesitan detenerse para cuidar de sí mismos.

Confieso que cuando escuché la palabra cáncer, mi cabeza comenzó a llenarse de preguntas. Las primeras fueron muy concretas: ¿se me va a caer el pelo?, ¿voy a necesitar quimioterapia? ¿Cómo va a quedar mi energía con las quimios? Y después llegó la que más miedo me producía: ¿quién va a cuidar a mi hija si algo me pasa? Ella apenas tenía tres años y medio.

Esa noche lloré sin parar. Pensé en la posibilidad de morirme, en todo lo que quería vivir y en lo pequeña que era mi hija. Hoy sé que la palabra cáncer no es sinónimo de muerte, pero comprenderlo racionalmente es muy distinto a recibir el diagnóstico.

Los días siguientes fueron una montaña rusa emocional. Había momentos de tranquilidad y otros de profunda incertidumbre. Los exámenes permitieron identificar que se trataba de un tumor de tipo hormonal y, por sus características particulares, los médicos determinaron que la quimioterapia no era el tratamiento indicado para mi caso. La decisión fue operarme lo antes posible.

Entre el diagnóstico y la cirugía transcurrió aproximadamente un mes y medio. Un tiempo en el que aprendí que la incertidumbre puede ser tan difícil de gestionar como la propia enfermedad.

En medio de todo ese proceso escuché una historia sobre una lapa, un pequeño molusco marino que se aferra con una fuerza a las rocas al tiempo que las olas fuertes golpean. Esa imagen se quedó en mí. Decidí aferrarme como una lapa a mi esposo, a mi hija, a mi familia y a las personas que amo. También tomé tres decisiones: confiar en mis médicos, comprometerme con mi tratamiento y apoyarme en mi hogar.

Durante ese proceso hubo una palabra que preferí reemplazar. En lugar de cáncer, hablaba de la ‘pepita’. Era mi manera de hacer más llevadero algo que emocionalmente se sentía demasiado grande. Era para mí, una forma de minimizar ese miedo.

Luego vinieron las cirugías de reconstrucción del seno —la última la tuve este año— y un tratamiento hormonal que sigue vigente. Afortunadamente, estoy bien. Hago ejercicio de fuerza, asisto a mis controles de forma puntual y sigo las recomendaciones médicas.

Sin embargo, hay algo de lo que se habla poco: la vida después del cáncer. El proceso emocional no necesariamente termina cuando pasa la etapa más intensa del tratamiento, sino cómo logras mantenerte con una vida saludable, pero siempre buscando disfrutarla.

Este último año, por ejemplo, me he permitido sentir emociones que quizás había dejado guardadas. Rabia, tristeza, cansancio y también admiración por mi cuerpo y por todo lo que ha atravesado. A veces aparece la pregunta de si la enfermedad podría regresar. Y aunque ese temor existe, no quiero que determine mi manera de vivir.

No considero que el cáncer haya sido un regalo. Fue una experiencia dura, dolorosa y que jamás habría elegido, pero sí reconozco que cambió mi perspectiva sobre muchas cosas.

Hoy tengo más claridad sobre mis prioridades, sobre aquello que es negociable y lo que no. Quiero disfrutar de mi familia, viajar, trabajar, seguir construyendo mi trayectoria profesional y compartir tiempo con las personas que amo. Quiero estar presente en los momentos que muchas veces damos por sentados. Y, sobre todo, quiero seguir viviendo.

En este mes de sensibilización sobre el cáncer de mama, vuelvo a pensar en aquella mujer que salió llorando del consultorio, en mi médico que también debía prepararse para su cirugía y en todas las personas que, desde distintos lugares, atraviesan un diagnóstico que nunca esperaron recibir.

Mi historia comenzó porque identifiqué algo diferente en mi cuerpo y decidí consultar.

Por eso quiero terminar con una invitación especial: conozcamos nuestro cuerpo, prestemos atención a sus cambios y no posterguemos los controles médicos. El autoexamen puede ayudarnos a reconocer señales de alerta, pero no reemplaza las mamografías ni los exámenes recomendados según nuestra edad y factores de riesgo.

No todos los cánceres pueden detectarse de la misma manera ni en el mismo momento. Pero consultar oportunamente y participar en los programas de detección recomendados puede mejorar las posibilidades de recibir un tratamiento eficaz.

La detección temprana puede salvarte la vida. Y esa es una razón suficiente para hacer de nuestra salud una prioridad, no solamente en octubre, sino todos los días del año.

Ana María Diazgranados, mentora de empleabilidad y marca personal