En Colombia repetimos una idea casi automática: si una persona profesional no consigue trabajo, es porque no hay oportunidades. Que la economía, que los recortes, que la situación está difícil. Y aunque esa afirmación cobra sentido en un país con desigualdad, informalidad y brechas estructurales, también resulta incompleta.
Hay una realidad que pocas veces se dice en voz alta: no todas las personas que no consiguen trabajo enfrentan un problema de oportunidades. Muchas enfrentan un problema de estrategia. Y no es lo mismo.
Mientras el primer escenario pone el foco en el sistema, el segundo lo traslada a la forma en que las personas están leyendo —o dejando de leer— el mercado laboral.
Durante décadas, la promesa fue clara: estudie, consiga un buen trabajo y quédese ahí. Esa era la definición de éxito. Pero el mercado laboral ya no funciona bajo esas reglas. Hoy no basta con ser competente. También hay que ser visible, relevante y, sobre todo, estratégicamente posicionarse.
Ahí empieza el verdadero reto. Hoy encontramos profesionales con posgrados, idiomas y años de experiencia que siguen aplicando a ofertas como si el mercado fuera lineal: envían hojas de vida genéricas, esperan respuestas que no llegan y concluyen que el problema es externo.
En un entorno donde la visibilidad pesa, el talento invisible deja de ser una opción. Y esa desconexión tiene varias caras: personas que no saben traducir su experiencia en impacto, que no negocian ni entienden su valor económico, o que se limitan a aplicar a vacantes ignorando otras vías de acceso al trabajo. Personas que no logran comunicar con claridad qué buscan ni qué valor aportan.
Esto demuestra que el desempleo, en muchos casos, no es ausencia de talento. Es una desconexión entre lo que la persona ofrece y lo que el mercado reconoce como valioso.
He trabajado con profesionales con trayectorias sólidas, pero sin una narrativa clara sobre su impacto, sin estrategia de posicionamiento y dependiendo exclusivamente de aplicar a vacantes.
Porque si todo fuera falta de oportunidades, no habría margen de acción individual. Pero si parte del problema es estratégico, entonces también existe un espacio de poder personal. Y ese cambio de enfoque es clave.
Las personas que hoy logran moverse mejor en el mercado entienden su valor, lo comunican, construyen redes y no dependen de un solo canal de oportunidades. Eso es lo que hoy se parece más a la estabilidad.
Implica entender el mercado como lo haría una empresa: identificar necesidades, comunicar valor y diferenciarse. El problema es que nadie nos enseñó a hacerlo.
Seguimos formando profesionales para ser buenos colaboradores, pero no para gestionar su carrera como un activo estratégico. Y en un mercado laboral cada vez más competitivo —en el que, además, se insiste en la necesidad de alfabetizarse en inteligencia artificial—, esa omisión cuesta.
Cuesta tiempo, oportunidades y confianza. Por eso, la conversación que necesitamos no es solo cómo crear más empleo —que sin duda es urgente—, sino cómo preparar mejor a las personas para acceder a él de forma inteligente.
Pero esa transición no es automática. Requiere un cambio de mentalidad profundo.
La pregunta dejó de ser si el trabajo es estable. La pregunta ahora es si sabemos competir en el mercado laboral actual y ser sostenibles en el tiempo.
Y no todas las personas están preparadas para esa conversación.
Ana Maria Diazgranados, mentora de empleabilidad y marca personal
