OPINIÓN

Julieth Peraza Torres

Educar para salvar el vallenato

La preservación del vallenato no depende únicamente de los festivales o de la tradición oral. La columnista sostiene que la educación, la formación de nuevos compositores y la creación de oportunidades para las nuevas generaciones serán determinantes para garantizar el futuro de este patrimonio cultural.
4 de junio de 2026 a las 4:30 p. m.

Hace algunos meses publiqué un video comparando el vallenato de antes con el vallenato de ahora. Millones de personas lo vieron. Miles opinaron. Muchas criticaron.

Sin embargo, después de leer tantos comentarios, llegué a una conclusión: es muy fácil decir que el vallenato cambió. Lo difícil es hacer algo para transformarlo y garantizar su permanencia.

La historia demuestra que las culturas no desaparecen porque cambien. Desaparecen cuando dejan de enseñarse.

Nueva Zelanda estuvo a punto de perder gran parte de la lengua y las tradiciones maoríes. ¿Cómo logró recuperarlas? A través de la educación. Las llevó nuevamente a las escuelas, a las universidades y a las nuevas generaciones.

Creo que el vallenato enfrenta hoy un desafío similar.

Valledupar lo volvió a hacer: un festival donde nadie sobra

Por eso considero que una de las iniciativas más importantes para el futuro de nuestro folclor no está ocurriendo únicamente en una tarima, sino también en un aula de clase.

Gracias al convenio entre la Fundación Cocha Molina y la Universidad de La Guajira, hoy jóvenes compositores reciben formación del maestro Rosendo Romero. Y aquí hay algo fundamental: no estamos enseñando únicamente a escribir canciones.

Cuando enseñamos metáforas, anáforas, símiles y otros recursos literarios, estamos enseñando a pensar, a comunicar y a expresar emociones con profundidad. En otras palabras, estamos rescatando la palabra.

Y eso tiene una enorme relación con uno de los legados más importantes de Consuelo Araujo Noguera.

Muchos recuerdan a La Cacica por su defensa del vallenato tradicional y del acordeón festivalero. Pero también fue una gran defensora de la canción inédita. Entendía que la esencia del vallenato no estaba solamente en el instrumento, sino en la poesía, en las historias y en la capacidad de convertir la vida cotidiana en canción.

Por eso este proceso formativo no termina en el salón de clases. Gracias a este convenio, tres jóvenes compositores representarán a la Universidad de La Guajira en el Festival Cuna de Acordeones de Villanueva, llevando sus obras a uno de los escenarios más importantes para la composición vallenata.

Porque el talento necesita formación, pero también oportunidades. Necesita espacios para mostrarse, para ser escuchado y para creer que sus sueños son posibles.

Además, estamos enseñando algo que pocas veces se menciona cuando hablamos de cultura: la composición también puede convertirse en una fuente legítima de ingresos y movilidad social.

Una canción no es solamente inspiración. Es propiedad intelectual. Es un activo creativo. Es una obra que puede generar regalías durante años y convertirse en una fuente complementaria de ingresos para sus autores.

Por eso, formar compositores también significa formar emprendedores culturales.

Recientemente, una noticia del Festival de la Leyenda Vallenata generó preocupación: cerca de doscientas canciones fueron eliminadas por situaciones relacionadas con plagio o falta de originalidad.

Más allá de la polémica, ese hecho nos obliga a hacernos una pregunta: ¿Estamos creando las condiciones adecuadas para formar nuevos compositores?

Y aquí quiero plantear una propuesta.

No podemos seguir poniendo a competir en la misma categoría a un compositor que está escribiendo su primera canción y a otro que lleva cuarenta años de trayectoria y más de cien obras grabadas.

No es justo para los nuevos talentos.

Por eso considero necesario que los festivales creen una categoría de Canción Inédita Profesional, que permita reconocer a los grandes maestros y, al mismo tiempo, abrir oportunidades reales para quienes apenas comienzan.

No se trata de dividir el folclor.

Se trata de fortalecerlo.

Si queremos nuevos Rosendo Romero, nuevos Gustavo Gutiérrez, nuevos Escalona o nuevos Leandro Díaz, debemos crear escenarios donde puedan crecer.

Porque el futuro del vallenato no depende de la nostalgia.

Depende de la educación.

Depende de la poesía.

Depende de las oportunidades.

Y depende, sobre todo, de que una nueva generación aprenda a escribir las canciones que contarán quiénes somos.

La mejor manera de salvar una cultura no es recordarla.

Es enseñarla.

Julieth Peraza, gestora cultural y directora ejecutiva de la Fundación Cocha Molina