Durante mucho tiempo pensé que un buen líder debía tener todas las respuestas. Era una idea que sonaba lógica. Si alguien dirige una organización, se espera que sea quien más conoce el negocio, quien resuelve los problemas más complejos y quien siempre tiene claro el siguiente paso.

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Con los años descubrí que esa era una de las creencias que más podía limitar a un líder. Nunca he dirigido una empresa sabiendo todas las respuestas. Y, siendo sincera, creo que nadie lo hace.

Vivimos en un entorno en el que la tecnología avanza a una velocidad sin precedentes, los mercados cambian constantemente y los desafíos aparecen cuando menos se esperan. Pensar que una sola persona puede tener todas las soluciones no solo es poco realista, sino que también puede impedir que el talento de un equipo florezca.

Uno de los aprendizajes más importantes de mi carrera ha sido entender que liderar no consiste en demostrar cuánto se sabe. Consiste en crear las condiciones para que las mejores ideas aparezcan, vengan de donde vengan.

Eso exige algo que a veces olvidamos: humildad. Humildad para reconocer que otra persona puede entender mejor un tema, para hacer preguntas antes de dar respuestas, para cambiar de opinión cuando los hechos muestran un camino distinto. Lejos de debilitar el liderazgo, esa actitud lo fortalece.

También exige confianza. La confianza para rodearse de personas que incluso sepan más que uno en determinadas áreas y darles el espacio para aportar. Durante mucho tiempo se creyó que eso hacía vulnerable a un líder, pero mi experiencia me ha dicho lo contrario: los equipos más sólidos son aquellos donde el conocimiento se comparte y el protagonismo no depende de una sola persona.

Las organizaciones que mejor se adaptan a los cambios no son las que tienen al líder más brillante. Son las que han logrado construir equipos capaces de aprender, cuestionar y encontrar soluciones juntos.

Quizás ese sea uno de los mayores desafíos del liderazgo actual: dejar de querer ser quien siempre tiene la razón para convertirse en quien hace posible que el equipo encuentre las mejores respuestas.

Al final, el liderazgo no se mide por la cantidad de respuestas que damos, sino por la capacidad que tenemos de desarrollar personas que, algún día, puedan incluso superarnos. Y cuando eso ocurre, lejos de ser una amenaza, es una de las mayores satisfacciones que puede tener un líder.

Diana Fonseca, gerente general de Bulkmatic Colombia