Con los años, los modelos de liderazgo han tenido una transformación que va desde la jerarquización triangular, hasta modelos circulares que encontraron índices de productividad superiores cuando la persona y su desarrollo se convirtieron en el motor de la organización.
Claramente, en la actualidad encontramos modelos de liderazgo piramidales donde los mandos medios desconocen incluso a la persona que toma las decisiones en la compañía. Y no digo que este modelo sea bueno o malo, de hecho, muchos de ellos son funcionales y exitosos. Sin embargo, lo que sí creo es que se corre el riesgo de perder el potencial humano más allá de lo laboral.
En este punto, debo reconocer que el liderazgo es un arte, quizá hoy con mayor profundidad teórica, pero siempre fundamentado en la experiencia, porque a ser líderes se aprende en el día a día, al tener la gallardía de aprender del fallo y reconocerlo. Y es que ya mucho hemos escuchado que la “experiencia no es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con aquello que nos pasa”. Sólo en esa práctica constante se logra determinar cuál será esa ruta para dirigir equipos multidisciplinarios.
Y esto nos responsabiliza aún más a formarnos y prepararnos. Los líderes debemos ser lectores, actualizarnos constantemente sin temor a transferir este conocimiento al equipo, y quizá uno de los puntos más relevantes, se requiere evaluar diariamente nuestro día a día para corregir, ajustar y avanzar. Esa es la manera como la experiencia se convierte en un proceso continuo de moldear el liderazgo.
Y digo moldear porque considero que cada líder tiene su sello, la autenticidad de cada persona tiene que ser parte de su proceso de liderazgo, de lo contrario, difícilmente conectará con el equipo, porque si bien el liderazgo implica exigencia, repartir roles y decisiones claras, diseñar responsabilidades, hacer seguimiento continuo, fomentar diálogos francos, aunque respetuosos; el liderazgo es quizá la expresión humana más poderosa para inspirar, motivar y hacer que las cosas pasen.
Frente a lo anterior, hay que decir que pocos soportan el peso de la renuncia, de la pérdida, de las decisiones complejas, o como dice el adagio popular “de tragarse los sapos” y avanzar. Pero ¿qué sería de la sociedad y las empresas sin líderes? Y más aún ¿qué sería de las organizaciones con líderes que formen otros líderes mejores que ellos? Porque sí, el líder también afronta el temor de delegar, de no protagonizar, de que otros sean mejor que él; pero puedo decir con firme convicción que el líder que aprende a rodearse de personas mejores que él, no solo es estratega, sabio e inteligente, sino que termina convirtiéndose en fuente de inspiración para quienes, con gratitud, aprecian el poder ser parte del triunfo, y sí, también del fracaso, ese, que siempre llega acompañado de una solución que trae satisfacción.
Termino con una frase muy citada de Peter Drucker que resume su visión de liderazgo y responsabilidad: “El management es hacer las cosas bien; el liderazgo es hacer lo correcto.” Y hacer lo correcto implica ir más allá del proceso laboral, el líder tiene la capacidad de conocer y evaluar a la persona de manera integral para elevar su potencial, aunque este lo supere. Colombia sin duda necesita más líderes que se atrevan a formar líderes mejores que ellos.
Luz Adriana Buitrago, vicepresidenta ejecutiva de la Cámara de Comercio de Armenia y Qundío