En un mundo que nos invita a avanzar desde la inmediatez, la respuesta oportuna, la reacción antes que la reflexión y la necesidad de mantenernos en línea, el arte de liderar, se convierte en un proceso retador, no sólo para las nuevas generaciones que nacen como nativos digitales, sino para quienes nos venimos adaptando a estas herramientas que giran en torno a la IA y que evolucionan en lapsos extremadamente cortos.
La pregunta entonces que surge es: ¿será que en nuestra agenda de liderazgo estamos incluyendo la felicidad?
Quizá la pregunta suena irrelevante para algunos, sin embargo, hoy más que nunca, tengo la certeza de que es el ser humano quien está de moda, no la IA. Y lo digo porque cuando la evolución digital nos ha llevado a picos tan altos, donde alcanzamos apenas a digerir la información, es justamente en ese alto en el camino, en ese momento incómodo de no sentirnos plenos, que se redescubre, la característica irremplazable de sentirnos completamente humanos, de recordarnos que podemos ser felices.
Lo anterior, no porque la tecnología deje de ser importante, sino porque su valor depende de quién la usa y para qué, porque liderar en un mundo que ya todo lo sabe, merece líderes que recuerden que hay aptitudes que se aprenden, incluyendo el manejo de la IA, sin embargo, hay actitudes que surgen única y exclusivamente, cuando las emociones están en equilibrio. Hablo de habilidades blandas tan, o más importantes, que las técnicas, una de ellas: aprender a ser felices, en el ámbito personal, laboral o familiar.
Aunque no sé si hablar de aprender a ser felices sea el concepto, pero existe una tendencia a desaprender esos modelos que han mecanizado o anulado incluso nuestras emociones (como quien quiere replicar modelos de automatización propios de la Inteligencia Artificial), llevándonos a poner foco en el objetivo único de la meta o la cima, quizá, sin calcular el descenso.
Esta pregunta en torno a la felicidad, resonó en mi mente en el marco de mi inicio en el CESA Leadership Program, donde gran parte de la clase dirigida por el docente Daniel López Hincapié, se fundamentó en una reflexión nutrida por otros cuestionamientos aún más profundos como: “¿Cuándo fue la última vez que te detuviste a evaluar si lo que persigues con tanta energía es realmente lo que quieres?”.
En este punto, hay que reconocer que no se puede ayudar a otros, inspirar o liderar para transformar cuando la felicidad auténtica no se refleja a nivel personal.
Es aquí donde los procesos de liderazgo han ido más allá de entregar instrucciones, y empiezan a obligar a los líderes a priorizar sus emociones, incluso a vigilarlas. Porque la realidad es que la felicidad, muchas veces asociada al éxito laboral o económico, es una construcción diaria, no es la meta en un futuro lejano como quien construye un indicador.
En conclusión, esto no es un asunto menor. La felicidad es hoy un termómetro que mide los resultados de transformación, adaptación y por supuesto, productividad de los equipos de trabajo. Eso implica, más allá de líderes fuertes, preparados o altamente ocupados y saturados, líderes felices.
Tal vez, el mayor reto de esta era no sea adaptarnos a la inteligencia artificial, sino evitar convertirnos en versiones automatizadas de nosotros mismos, que nos lleva a dejar de lado la felicidad como herramienta fundamental para liderar.
Luz Adriana Buitrago, vicepresidenta Ejecutiva de la Cámara de Comercio de Armenia y del Quindío
