El terremoto que sacudió al país el 10 de agosto dejó cientos de vidas perdidas, miles de heridos y una infraestructura devastada en varias regiones. Como en la pandemia del covid, Colombia enfrenta de nuevo una crisis que pone a prueba al sistema de salud y a quienes lo sostienen desde adentro.
No pretendo hablar de lo que no he vivido de cerca. Pero sí puedo hablar de algo que conozco bien desde mi lugar en el sector salud: lo que ocurre después de la emergencia inmediata, cuando el país empieza a mirar hacia otro lado y las personas directamente afectadas siguen ahí, cargando lo que vivieron.
La salud mental después de un desastre no es un tema secundario. Es, muchas veces, el impacto más duradero y el menos visible. Mientras la atención médica de urgencia salva vidas en los primeros días, el trauma psicológico apenas empieza su curso. Ansiedad, insomnio, estrés postraumático, duelo complicado. Estas condiciones no salen en los titulares, pero determinan durante años la calidad de vida de quienes sobrevivieron.
Hay un grupo que casi nunca aparece en las conversaciones sobre salud mental tras una tragedia: el personal de salud y de rescate que sigue trabajando en medio de la emergencia. Muchos de ellos también perdieron seres queridos, viviendas o algo material. Y aun así, siguen atendiendo, cargando además con el peso emocional de haber visto lo que vieron, muchas veces sin tiempo ni espacio para procesarlo. Cuidar a quienes cuidan no es un gesto simbólico. Es una necesidad estructural que casi ningún sistema de salud resuelve bien.
Llevo años convencida de que la salud mental debe tratarse con la misma seriedad clínica que cualquier otra condición médica. No como un anexo, no como una charla motivacional ocasional, sino como parte central de cómo diseñamos la atención en salud. Y momentos como este lo confirman con una claridad dolorosa.
He dicho antes en esta columna que la humanización no es un programa, sino un criterio. Lo mismo aplica aquí. Una organización, un sistema, un país que se toma en serio la salud mental no lo demuestra con una campaña después de la tragedia. Lo demuestra con la infraestructura, los profesionales y los recursos que existen antes de que la tragedia ocurra.
No tengo una respuesta fácil para lo que Colombia enfrenta hoy. Pero sí tengo una certeza: la reconstrucción de este país no puede medirse solo en edificios, vías y hospitales reparados. Tiene que incluir, con la misma prioridad, la reconstrucción de lo que quedó roto por dentro.
Ese trabajo apenas empieza. Y va a tomar mucho más tiempo del que el país está dispuesto a admitir.
Catalina Gutiérrez de Piñeres, CEO de Previsalud