Pensando en mi mamá y ahora en mi abuelita, he descubierto que el duelo también tiene una forma extraña de belleza.
Cuando alguien a quien amamos comienza a irse, la memoria enciende una especie de proyector y la vida pasa frente a nosotros como una cinta desordenada de imágenes: momentos que parecían insignificantes, frases que no sabíamos que recordaríamos, gestos, discusiones, risas, lugares. De pronto entendemos que muchas de las enseñanzas más importantes no llegaron en forma de consejos, sino que estaban escondidas en haber compartido la vida.
Mi abuela parecía estar equipada para enfrentar la vida. Mi mamá, que en este mes cumple un año sin estar con nosotros en este plano terrenal, parecía estar equipada para imaginar una distinta. Y ahora empiezo a preguntarme cuánto de ambas llevo conmigo.
A mi abuela la llamábamos la ‘súper abuela’. Mis primos, mis hermanos y yo estábamos convencidos de que su cartera tenía algo de mágico: una especie de botiquín portátil, más sofisticado que una navaja de MacGyver. Si alguien necesitaba una aguja y un hilo, un remedio, una curita o cualquier objeto improbable, ella metía la mano y aparecía. No recuerdo haberla visto quebrarse. Para nosotros era una Mary Poppins latina: fuerte, resolutiva y siempre preparada para aquello que pudiera suceder.
Hoy, hay otra imagen de mi abuela que se superpone a todas las de mi infancia: la de sus hijos cuidándola. He visto en mis tíos una entrega absoluta, la paciencia de acompañarla y resolver las pequeñas necesidades de cada día. Ese cuidado, hecho de actos aparentemente insignificantes, es una de las expresiones más profundas del amor. Y así, la mujer que pasó su vida llevando en la cartera todo lo necesario para cuidar a los demás es ahora quien necesita ser cuidada.
Mi mamá, por otro lado, era extraordinariamente brillante y, paradójicamente, podía ser inútil para las cosas más elementales. A ella le interesaba lo excepcional y por eso, para lo demás, sencillamente, no tenía paciencia: podía crear empresas, imaginar proyectos imposibles, hacer transacciones complejas o cerrar una calle entera para recrear un sueño azul cobalto. Pero podía quemar una ensalada, perdía claves, se desesperaba con las transacciones digitales y parecía genuinamente desconcertada ante las pequeñas obligaciones cotidianas. Durante mucho tiempo, algunas de esas cosas me desesperaron, pero hoy las recuerdo con ternura.
Quizá una de las lecciones del duelo es comprender que aquello que nos impacienta de las personas que amamos es inseparable de lo que admiramos en ellas. Queremos conservar una parte y corregir la otra, sin entender que ambas pertenecen a la misma persona. Cuando comienzan a irse quienes estuvieron antes que nosotros, no solo enfrentamos su ausencia; también cambia nuestro lugar dentro de la historia porque las historias que ellos guardaban empiezan a quedar en nuestras manos.
Pasamos buena parte de la vida intentando diferenciarnos de quienes nos precedieron. Queremos encontrar nuestra propia voz, construir nuestras ideas, escoger nuestra manera de vivir y resulta irónico descubrir, con los años, cuánto de quienes ya no están terminó formando parte de nosotros.
Durante mucho tiempo pensé que el duelo consistía en aprender a vivir con la ausencia. Hoy pienso que también es una forma de integración, un modo de vida que nos permite mirar una cinta completa: lo hermoso y lo imperfecto, las risas y las discusiones, lo que agradecimos y aquello que solo aprendimos a agradecer demasiado tarde.
Porque al final, de una forma extraña, quienes se van también se quedan en aquello que hicieron de nosotros.
Romy Schaller, CEO de Schaller Rossi & Partners