OPINIÓN

Romy Schaller

La arquitectura de lo que nos sostiene

Pensar nos ayuda a decidir, pero no siempre puede darnos certezas. La autora de esta columna reflexiona sobre independencia, vínculos, memoria y esas cosas que recuerdan que vivir va mucho más allá de ‘ser funcional’ y consiste en sentir, crear y acompañarnos.
21 de septiembre de 2026 a las 8:00 p. m.

Tengo una curiosidad difícil de apagar. Puedo pasar de los números a la filosofía y terminar preguntándome por qué una luz que entra desde determinado ángulo cambia por completo cómo nos sentimos en un espacio.

Pienso, observo, conecto, actúo y vuelvo a pensar. Es una de las maneras en las que transito el mundo. Pensar nos da herramientas para movernos. El problema aparece cuando esperamos que también nos dé garantías. A veces analizamos una decisión desde todos los ángulos posibles, convencidos de que, si pensamos un poco más, llegará ese instante perfecto en el que sabremos qué hacer. No siempre llega.

Milan Kundera plantea en La insoportable levedad del ser una idea que me ha acompañado desde que lo leí: vivimos una sola vida. No podemos comparar una decisión con aquella que no tomamos, ni ensayar primero para regresar después y hacerlo mejor. Vivimos de una vez. Podemos pensar antes de decidir —y debemos hacerlo—, pero hay cosas que solo conocemos después de movernos.

Una decisión tiene consecuencias; una conversación cambia una relación; una idea llevada a la realidad enseña cosas que ninguna hipótesis podía anticipar. Y hay otras que primero se sienten. El mar es una de ellas. Siempre he dicho que mi esencia es el agua porque cede sin rendirse, cambia de forma sin dejar de ser ella y puede estar perfectamente quieta para unas horas después recordarnos quién manda.

La arquitectura me ha hecho prestar atención a esas contradicciones. La guadua, por ejemplo, no necesita parecer pesada para sostener. Sus propiedades permiten que trabaje y responda a la flexión. Me interesa esa posibilidad: tener estructura sin perder movimiento. Y mucho antes de encontrarla en la arquitectura, creo que la conocí en una persona.

Mi bisabuela Grego habría tenido buenas razones para endurecerse: Quedó huérfana, se casó y enviudó muy joven, y sacó adelante a sus hijas en una época en la que las posibilidades para una mujer eran muy distintas. Pero nada de eso describe realmente a la Grego que recuerdo. Ella tenía una ligereza extraordinaria.

Ya rondaba los noventa años cuando una noche estábamos cenando en casa con unos clientes. En algún momento de la negociación alguien pidió un descuento y, defendiendo el precio, se mencionó la antigüedad de una pieza. Grego escuchó tranquilamente, se levantó de la mesa y anunció que prefería despedirse antes de que terminaran ofreciéndola a ella también como una antigüedad. Y se fue. Esa era Grego.

Hoy tenemos herramientas que Grego difícilmente habría podido imaginar y libertades que no quisiera devolver. Disfruto sentarme a hablar de negocios. Me gusta mi independencia. Me gustan los carros y conducir rápido. Pero también me gusta que un hombre me abra la puerta, aunque yo puedo hacerlo perfectamente. Ese no es el punto. Nunca he entendido por qué una cosa tendría que invalidar la otra. A veces mezclamos independencia con autosuficiencia, cortesía con subordinación, suavidad con fragilidad y necesitar a alguien con depender de él.

Durante mucho tiempo fue necesario demostrar que no necesitábamos ayuda. Ahora que podemos hacer tanto, vale la pena preguntarnos: ¿tenemos que hacerlo solos? Podemos trabajar sin salir de casa, pedir comida sin hablar con nadie, viajar solos y encontrar conversación en una pantalla a cualquier hora. Incluso la inteligencia artificial puede ayudarnos a investigar, crear, resolver y pensar sin que haya necesariamente otra persona disponible al otro lado.

La paradoja es fascinante: tenemos cada vez más herramientas para funcionar por nuestra cuenta y podemos terminar dependiendo de ellas para hacerlo. No creo que el progreso consista en rechazarlas (yo misma las uso). Pero una herramienta no debería decidir por nosotros. Y si algún día necesitamos cada vez menos a los demás para funcionar, espero que no confundamos eso con dejar de necesitarnos.

La arquitectura entiende bien esa diferencia. Una estructura tiene que sostener, pero un espacio también necesita aire, luz, temperatura, sonido y relación con el exterior. Luis Barragán hizo del color, el agua, los planos y la relación con la naturaleza elementos esenciales de su arquitectura (sus rosas pueden ser monumentales, silenciosos, incluso insolentes). Peter Zumthor ha dedicado buena parte de su pensamiento a las atmósferas, a esa impresión inmediata que produce un lugar: Entramos a una iglesia y bajamos la voz; llegamos al mar y respiramos distinto. La arquitectura puede tocarnos antes de que sepamos explicarla.

La música es todavía menos paciente. Suenan los primeros golpes de Joe Arroyo y me muevo. Yo, que crecí medio gringa y no tengo ninguna pretensión de ser la bailarina más virtuosa del Caribe, agradezco que mi cuerpo no me consulte. No convoca una reunión entre la razón y las caderas. El ritmo llega primero. Y qué alivio.

Cuanto más lo pienso, menos creo que conocernos consista únicamente en mirar hacia adentro. También debemos mirar hacia atrás y preguntarnos quiénes participaron en nuestra manera de estar en el mundo: Qué frase escuchamos tantas veces que terminó formando parte de nosotros, de quién heredamos cierta forma de reír, cuidar, enfrentar una dificultad o levantarnos después de ella. No para convertir a quienes vinieron antes en santos, sino para reconocer la arquitectura que ya existía mientras nosotros estábamos creyendo que nos construimos solos.

Grego tenía su fe y aquella ligereza que todavía puedo escuchar en sus historias. Yo tengo el mar, la creación, las personas que amo, las conversaciones que me despiertan y una canción que, por fortuna, todavía puede ganarle una carrera a mi cabeza. Cada uno tendrá las suyas. Y tal vez valga la pena hacer una pausa para reconocerlas.

En medio de tanta velocidad, información y herramientas nuevas, no quisiera que se nos olvidara algo: No estamos aquí únicamente para funcionar mejor, sino también para acompañarnos, crear, cuidar, reír, amar y, cuando aparezca la música correcta, bailar.

Romy Schaller, CEO de Schaller Rossi & Partners