OPINIÓN

Gloria Figueroa Ortiz

PISA: el problema no es el celular ni la IA, sino lo que estamos dejando de aprender

Los resultados de PISA vuelven a poner sobre la mesa las dificultades de Colombia para garantizar aprendizajes fundamentales. Esta columna, plantea que el desafío no está en combatir la tecnología, sino en fortalecer la lectura, la escritura, el pensamiento matemático y la capacidad de aprender.
18 de septiembre de 2026 a las 1:44 p. m.

Después de más de 33 años dedicada a la educación, los resultados de Colombia en PISA 2025 no me sorprenden. Me preocupan, por supuesto, pero no constituyen una revelación. Son la consecuencia previsible de un sistema educativo que todavía no ha hecho transformaciones profundas en su manera de enseñar y de promover el aprendizaje.

Las cifras de PISA 2025 permiten dimensionar la distancia. Los estudiantes colombianos obtuvieron 381 puntos en matemáticas, frente a 463 del promedio de la OCDE; 399 en lectura, frente a 461; y 414 en ciencias, frente a 482. En matemáticas, apenas el 29 % alcanzó al menos el nivel básico de desempeño, mientras que el promedio de la OCDE fue del 65 %. Esto significa que siete de cada diez jóvenes colombianos no lograron demostrar las competencias mínimas para interpretar y resolver situaciones matemáticas sencillas.

La comparación con 2022 confirma el estancamiento: Colombia bajó dos puntos en matemáticas y diez en lectura, mientras que en ciencias aumentó tres puntos. Aunque no todas estas variaciones son estadísticamente significativas, la señal de fondo es clara: seguimos lejos de garantizar los aprendizajes esenciales.

PISA no mide cuánto contenido memoriza un estudiante; evalúa si puede usar lo que sabe para comprender, razonar y resolver problemas. Precisamente ahí está nuestra principal deuda.

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En demasiadas aulas permanece un modelo tradicional, centrado en lo que el profesor quiere enseñar y no en lo que cada estudiante necesita aprender. Se privilegia el cumplimiento de programas extensos, la transmisión de información y la respuesta correcta, mientras se concede poco espacio a la pregunta, la argumentación, la lectura profunda, la escritura y la solución de problemas. Además, con frecuencia se desconoce el contexto de los estudiantes y los desafíos de un mundo profundamente tecnológico.

En este escenario, la tecnología y la inteligencia artificial nos plantean una paradoja. Pueden ampliar oportunidades y enriquecer el aprendizaje, pero la ausencia de políticas claras sobre su propósito y su implementación puede profundizar las brechas entre quienes tienen acceso, acompañamiento y criterio para utilizarlas y quienes no. No basta con llevar dispositivos a la escuela ni con permitir o prohibir herramientas. Debemos preguntarnos para qué queremos la inteligencia artificial en el aprendizaje y cómo lograremos que potencie el pensamiento crítico, en lugar de sustituirlo.

La inteligencia artificial no debería ser la voz que entrega respuestas listas, sino una herramienta para formular mejores preguntas, contrastar fuentes, identificar sesgos, construir argumentos y revisar procesos. Sin una regulación consciente y con fines pedagógicos, puede convertirse más en un distractor superficial que en un potenciador del aprendizaje. El reto no es competir con las tecnologías digitales y la IA, sino enseñar a usarlas con intención, autonomía y responsabilidad.

Colombia, además, tiene un problema evidente de acceso a internet y grandes diferencias entre instituciones y territorios. Durante la pandemia, el 52 % de los estudiantes colombianos reportó dificultades con el aprendizaje remoto. Cerrar esta brecha es urgente. Pero la falta de conectividad no puede convertirse en la explicación absoluta de nuestras deficiencias. Aprender a leer, comprender y escribir no debería depender de una pantalla ni del lugar donde se nace. Son derechos y aprendizajes básicos que toda escuela debe garantizar.

Para lograrlo, necesitamos un currículo más simple, coherente y exigente en lo esencial. Debe establecer una base común para el desarrollo de la lectura, la escritura y el pensamiento matemático, con progresiones claras que permitan conocer, grado por grado, cuánto avanza cada estudiante. No se trata de eliminar la autonomía docente, sino de asegurar que esa autonomía no signifique que los aprendizajes fundamentales dependan exclusivamente de la propuesta particular de cada profesor o institución.

La desigualdad importa y condiciona las oportunidades, pero no puede condenar de antemano el aprendizaje. Los propios resultados internacionales muestran que el desempeño no depende únicamente de la pobreza o la riqueza: hay estudiantes y sistemas que, aun en condiciones difíciles, alcanzan resultados sólidos. El origen social pesa, pero una buena escuela también puede cambiar trayectorias. Por eso, no podemos resignarnos a explicar los malos resultados solamente por el contexto.

Volver a lo básico no significa retroceder. Significa recuperar momentos de lectura profunda, construir bases sólidas para comprender lo leído, escribir con claridad para compartir ideas, aprender a solucionar problemas y, desde allí, desarrollar el pensamiento científico. Sin estas capacidades, ninguna tecnología será verdaderamente educativa. Con ellas, incluso las herramientas más avanzadas pueden ponerse al servicio de la curiosidad, la creatividad y el conocimiento.

No podemos dejar la discusión sobre los malos resultados en manos del celular, de la inteligencia artificial o de una prueba internacional. Existe una responsabilidad clara de las instituciones educativas y de los maestros, quienes acompañan durante cerca de 14 años el proyecto de vida de nuestros niños, niñas y jóvenes. También la tienen las familias, que educan desde el hogar, y el Estado, que debe garantizar condiciones, continuidad y políticas de largo plazo.

PISA debe servirnos menos para buscar culpables y más para tomar decisiones. El desafío de Colombia no consiste en enseñar más contenidos, sino en asegurar que todos aprendan lo indispensable para comprender el mundo y actuar sobre él. Antes de preguntarnos cuánta tecnología cabe en un salón de clase, debemos garantizar que cada estudiante pueda leer, pensar, escribir y resolver. Ese es el punto de partida de cualquier transformación educativa verdadera.

Gloria Figueroa Ortiz, Directora general de la Organización San José de Las Vegas