Déjame hacerte una pregunta: ¿Cuántas veces sonreíste esta semana?
No para una foto, no por compromiso, no porque alguien hizo un chiste; me refiero a sonreír de verdad.
Nos acostumbramos tanto a correr que dejamos de hacernos estas preguntas. Vivimos en una época en la que medimos la productividad, la rentabilidad, la eficiencia y hasta las horas de sueño. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos algo mucho más simple: ¿Estoy viviendo con alegría?
Yo creo que deberíamos hacerlo más seguido.
No solamente porque nos hace sentir mejor, sino porque la ciencia lleva años demostrando que también nos ayuda a pensar mejor.
La psicóloga Barbara Fredrickson, una de las mayores referentes mundiales en psicología positiva, demostró que emociones como la alegría amplían nuestra capacidad para aprender, resolver problemas, construir relaciones y desarrollar recursos que nos hacen más resilientes frente a la incertidumbre. En otras palabras, la alegría no nos distrae del desempeño; lo potencia.
Y esa conclusión encuentra eco en otra investigación que siempre me ha parecido fascinante. En The Happiness Advantage, Shawn Achor demuestra que, cuando las personas trabajan desde un estado emocional positivo, su productividad puede aumentar alrededor de un 31 %, las ventas, cerca de un 37 %, y la creatividad mejora de manera significativa.
Quizá la alegría nunca fue un lujo, sino que siempre ha sido una ventaja competitiva. Y, sin embargo, seguimos actuando como si crecer profesionalmente implicara volvernos más serios.
Tengo la impresión de que el mundo se ha ido convenciendo de que liderar exige endurecerse. Que la responsabilidad debe sentirse pesada. Que, para demostrar capacidad, hay que dejar de sonreír.
Nunca he estado de acuerdo con esa idea.
Confieso que este es un tema profundamente personal. Siempre me he considerado una persona alegre. Y también he escuchado muchas veces que debería ser un poco más seria. Como si sonreír pudiera restarle credibilidad al liderazgo. Como si la cercanía fuera incompatible con la exigencia. Especialmente cuando eres mujer.
Durante mucho tiempo hemos sentido que, para ser tomadas en serio, debemos endurecer el tono, controlar las emociones y demostrar fortaleza desde la rigidez.
Yo creo exactamente lo contrario. La verdadera fortaleza consiste en mantener la humanidad incluso cuando aumentan las responsabilidades.
Con el tiempo entendí que la alegría no consiste en negar los problemas. Consiste en decidir que los problemas no serán quienes definan nuestra manera de relacionarnos con los demás.
El miedo nos prepara para sobrevivir y la alegría nos prepara para construir.
Esa frase resume buena parte de lo que he aprendido durante mi vida profesional.
Hoy, cada vez que lidero un equipo, intento hacerme una pregunta muy distinta de la que me hacía hace algunos años. Ya no me pregunto únicamente si estamos logrando los resultados. También me pregunto si las personas disfrutan construirlos.
Porque estoy convencida de que las organizaciones no solo tienen la responsabilidad de producir mejores indicadores; también tienen la responsabilidad de producir mejores días para las personas que trabajan en ellas.
Y esa responsabilidad comienza por los líderes.
La alegría también se contagia, igual que el miedo, igual que la desconfianza, igual que el estrés. Así que está en cada uno de nosotros decidir qué queremos contagiar y de qué queremos contagiarnos.
Cada conversación que tenemos deja una huella en alguien: en nuestros hijos, en nuestra pareja, en nuestros compañeros de trabajo, en nuestros clientes o en cualquier persona con la que compartimos el día.
Por eso creo que cultivar la alegría deja de ser un asunto personal y se convierte en una responsabilidad.
No porque todos debamos sonreír permanentemente o fingir que no existen los problemas. Liderar también significa afrontar conversaciones difíciles, tomar decisiones complejas y atravesar momentos de incertidumbre.
Pero incluso en esos momentos podemos elegir desde dónde queremos construir.
Podemos elegir si queremos que nuestros equipos trabajen desde el miedo o desde la confianza. Desde el agotamiento o desde el entusiasmo. Desde la resignación o desde la posibilidad.
No creo que debamos esperar a tener menos trabajo para volver a sonreír. Ni esperar el próximo ascenso, el siguiente viaje o las vacaciones para sentir alegría.
La alegría no es la recompensa por una buena vida. Es una de las decisiones que hacen posible una buena vida.
Y quizá ese sea uno de los mayores actos de liderazgo que podemos ejercer.
Elegir, cada día, construir ambientes donde las personas quieran dar lo mejor de sí.
Porque, sin duda, como fiel creyente en las conexiones y los procesos que soy, puedo decirte que una sonrisa puede abrir una conversación; una conversación puede construir confianza; la confianza puede movilizar un equipo, y un equipo puede transformar una organización.
Tal vez el mundo no necesita líderes más duros. Tal vez necesita líderes que nunca pierdan la capacidad de sonreír.
Laura Martínez Rodríguez, Consultora y Speaker en Estrategia y Transformación Comercial.
