Porque sí: una relación laboral también puede romperte el corazón. No necesariamente porque pierdas un cargo, un salario o una posición, sino porque detrás de un trabajo también construimos relaciones, depositamos confianza, compartimos desafíos, creemos en personas y, muchas veces, entregamos una parte importante de quienes somos.
Las relaciones personales, ya sean de amistad o de pareja, suelen construirse alrededor de los valores con los que crecimos y de aquellos que esperamos encontrar en los demás. Buscamos personas que nos complementen, que nos acompañen y con quienes podamos crecer. Lo particular de estas relaciones es que, al principio, no necesariamente existen grandes obligaciones. Los compromisos, las responsabilidades y los desafíos aparecen a medida que la relación evoluciona. Vamos definiendo el camino, estableciendo límites y descubriendo cuánto queremos construir juntos.
Por eso existen amistades que comienzan en la infancia y permanecen durante décadas, o relaciones que empiezan en el colegio y terminan convirtiéndose en matrimonios años después. En las relaciones personales, el tiempo es indefinido. Las bases se construyen poco a poco y, cuando son sanas, los límites no se imponen: se conversan y se construyen entre las partes.
Pero también hay relaciones que terminan, a veces porque dejamos de compartir los mismos valores, porque las prioridades cambian, porque aparecen decisiones individualistas o porque nunca establecimos límites claros. En algún momento, una de las partes entiende que ya no estamos creciendo juntos, que algo dejó de ser sano o que simplemente nuestros caminos tomaron direcciones diferentes. Y duele.
Antes de cumplir 20 años perdí una amistad que para mí parecía destinada a durar toda la vida. Habíamos crecido juntas y compartido momentos muy importantes. Yo daba por hecho que ella siempre estaría ahí, pero crecimos. Cambiaron nuestras prioridades, nuestros círculos, incluso los lugares donde vivíamos. Con la distancia llegaron menos conversaciones, nuevas amistades y nuevas experiencias. No recuerdo exactamente cuándo dejamos de ser amigas. Nunca hubo una decisión formal de terminar la amistad. Simplemente, un día, ya no éramos las mismas.
Me dolió, pero también me dejó una lección que me ha acompañado desde entonces: puedes dar lo mejor de ti en una relación sin tener la garantía de que será para siempre. Y cuando sabes que actuaste desde tus valores, puedes cerrar un ciclo con mayor paz.
¿Y qué tiene que ver esto con la vida laboral?
Mucho más de lo que imaginaba. Mi carrera profesional estuvo marcada durante años por líderes retadores, exigentes y desafiantes. Personas que esperaban más y que, precisamente por eso, me impulsaron a exigirme más a mí misma. Cumplir nunca fue suficiente. Siempre había una oportunidad de hacerlo mejor, de aprender algo nuevo, de desarrollar una habilidad adicional.
Ese mismo principio intenté llevar a los equipos que tuve la oportunidad de liderar: crear espacios donde cada reto pudiera convertirse en una oportunidad para que alguien descubriera que era capaz de mucho más de lo que imaginaba.
Pero las relaciones laborales tienen una diferencia enorme frente a las personales: no tenemos años para construir confianza.
Desde el primer día empezamos a crear las bases de una relación entre líderes, equipos y organizaciones. Y lo hacemos mientras cumplimos objetivos, resolvemos problemas, tomamos decisiones y trabajamos bajo presión. El tiempo es uno de los recursos más valiosos de cualquier empresa. Por eso, compromisos que en una relación personal pueden tardar años en aparecer, en una relación profesional llegan en semanas o meses.
Y es precisamente bajo presión cuando descubrimos qué tan sólidas eran realmente esas relaciones.
Durante buena parte de mi carrera tuve relaciones profesionales desafiantes y exigentes, pero también enriquecedoras. Hasta que llegó una experiencia diferente: una relación laboral que, además de desafiante, terminó siendo profundamente decepcionante. Llegó un momento en el que sentí que los valores que yo creía compartidos dejaron de estar presentes en las decisiones. Desde mi perspectiva, la individualidad terminó pesando más que el impacto que esas decisiones podían tener sobre otras personas.
Y ahí entendí algo que nunca había pensado: una decepción laboral también puede sentirse como una ruptura.
Lloré como había llorado por relaciones personales que terminaron. No solamente por lo que significaba para mí, sino porque las decisiones tomadas afectaban a otras personas y porque me costaba entender cómo una relación profesional construida durante un tiempo importante podía terminar de una manera que nunca imaginé. No tenía todas las respuestas. Tampoco podía cambiar la decisión de otra persona, lo único que podía decidir era qué hacer yo con esa experiencia.
Entonces cambié la pregunta, Dejé de preguntarme: “¿Por qué pasó esto?”
Y empecé a preguntarme: “¿Qué puedo hacer diferente en mis próximas relaciones laborales para que esta experiencia no defina mi manera de trabajar? ¿Y qué clase de líder quiero ser para evitar que mis decisiones terminen afectando a otros de la misma manera?”
De esa experiencia, sumada a todo lo que mis mejores relaciones laborales me habían enseñado, me quedaron cuatro convicciones.
1. Los valores no pueden vivir en una presentación corporativa
Integridad, respeto, transparencia, empatía, compromiso. Es fácil escribir estas palabras en una pared, una presentación o una página web. Lo difícil es vivirlas cuando las decisiones cuestan.
Los valores reales de una organización se hacen visibles en las reuniones, en las conversaciones difíciles, en la forma de reconocer un error y, especialmente, en los momentos de crisis. Un valor que solamente funciona cuando todo va bien no es realmente un valor.
2. La comunicación de un líder no puede aparecer solamente cuando hay buenas noticias
Un líder debe comunicar lo bueno y lo malo. La transparencia permite que las personas entiendan dónde están, hacia dónde van y por qué su trabajo importa. Cuando un líder deja de comunicarse, el equipo empieza a llenar los vacíos con suposiciones. Y pocas cosas deterioran más rápido la confianza que la incertidumbre.
Comunicar no significa tener siempre todas las respuestas. A veces significa simplemente tener la valentía de decir: “No tengo todavía la respuesta, pero esto es lo que sé y esto es lo que estamos haciendo”.
3. Detrás de cada cargo hay una persona
Las empresas no se construyen únicamente con capital, tecnología, procesos o indicadores. Se construyen con personas que hacen posible que todo lo demás funcione. Cada integrante de un equipo tiene motivaciones, aspiraciones, responsabilidades, miedos y sueños que no desaparecen cuando comienza su jornada laboral.
Cuando un líder conoce a las personas que tiene alrededor, entiende mejor el impacto de sus decisiones. Liderar no significa evitar decisiones difíciles; significa tomarlas entendiendo que del otro lado siempre hay alguien que tendrá que vivir sus consecuencias.
4. El liderazgo se prueba especialmente en la crisis
Celebrar los buenos resultados es relativamente sencillo. Liderar cuando las cosas salen mal es otra historia. Los buenos momentos y las crisis requieren habilidades diferentes. Saber qué necesita el equipo en cada escenario permite responder con criterio y no simplemente reaccionar.
Una crisis revela muchas cosas: la cultura real de una organización, la solidez de sus procesos y, especialmente, el carácter de quienes la lideran. Por eso la planeación y la rendición de cuentas deben existir en todos los niveles. Si queremos equipos motivados y capaces de mirar el futuro con ambición, necesitan claridad sobre hacia dónde van, cómo pueden llegar y quién responde por las decisiones que se toman en el camino.
Entonces, ¿qué duele más?
No sé si existe una respuesta universal.
Mi decepción laboral me dolió profundamente. Pero también terminó enseñándome algo que probablemente necesitaba aprender: no solamente qué tipo de líder quiero ser, sino también qué límites quiero tener como profesional.
Un trabajo puede importarte muchísimo. Puedes comprometerte, dar más, cuidar a tu equipo, creer profundamente en un proyecto y sentir orgullo por lo que construyes.
Y aun así, una relación laboral puede terminar de una forma que nunca imaginaste. En mi caso, la decepción no estuvo en cuestionar mis propios valores ni en arrepentirme de cómo actué. Al contrario: terminé con la tranquilidad de saber que, incluso en los momentos más difíciles, intenté mantenerme fiel a ellos. Lo que dolió fue descubrir que, al llegar al final, los valores que creía compartidos no estuvieron presentes en las decisiones de quien lideraba.
Tal vez esa sea una de las lecciones más difíciles de una decepción laboral: puedes hacer las cosas bien, actuar con integridad, comprometerte genuinamente y aun así no controlar la manera en que otra persona decide cerrar una relación profesional.
Y quizás ahí está también la similitud con las relaciones personales: ninguna relación está garantizada para siempre y no siempre podemos elegir cómo termina, pero sí podemos elegir quiénes somos mientras la vivimos y quiénes queremos ser después de ella.
Mi decepción laboral me rompió un poco el corazón. Pero también redefinió la líder que quiero ser. Y, algunas veces, crecer también significa eso: aprender de quienes nos inspiraron, pero también decidir conscientemente no repetir aquello que alguna vez nos decepcionó.
Elizabeth Jaraba, Senior Human Resources Consultant de Elevate Group