La mayoría de los líderes sentimos en nuestros hombros el peso de la hiperproductividad y de tener que ser imparables. Pero el verdadero problema no es la falta de esfuerzo. Es la dirección de esos esfuerzos.
Yo lo viví durante años. Confundí productividad con capacidad de aguante. Más reuniones. Más proyectos. Más horas. Más mensajes contestados. Más oportunidades a las que decirles que sí.
Como empresaria, además, aprendí muy temprano que poder resolverlo todo era casi una virtud. Cuando emprendes, siempre falta algo: dinero, personas, tiempo, estructura. Y terminas convirtiéndote en el recurso que llena todos los vacíos.
Hasta que llega una pregunta incómoda: ¿hacer tanto significa que estoy avanzando?
Cal Newport plantea en su libro Slow Productivity una idea casi contracultural: hacer menos cosas, trabajar a un ritmo natural y obsesionarse con la calidad. Su crítica apunta a lo que llama «pseudo-productividad»: usar la actividad visible como sustituto del resultado real. Su propuesta no es trabajar menos por comodidad, sino reducir deliberadamente el ruido para dedicar más atención a lo que realmente importa.
Productividad no es hacer más esfuerzo. Es hacer los esfuerzos correctos.
Medimos el trabajo por las horas ocupadas y no por el valor creado. Agendas sin espacios, correos a cualquier hora, veinte proyectos abiertos y la extraña satisfacción de terminar el día exhaustos. Sentimos que el cansancio demuestra compromiso. Muchas veces demuestra lo contrario: falta de prioridades. Hay una diferencia enorme entre estar ocupados y estar avanzando. Podemos pasar todo un día resolviendo pendientes y urgencias y, al terminar, descubrir que lo que realmente podía transformar nuestra empresa sigue esperando.
Para quienes emprendemos, el cambio más difícil es decir no.
No a ciertas oportunidades. No a reuniones innecesarias. No a querer controlar cada detalle. No a ser indispensables para todo.
Porque uno de los mayores riesgos de un fundador o o C-level - directivo de alto nivel-, es dirigir una empresa que solo funciona a costa de su agotamiento. Yo misma me pregunto: ¿en qué soy realmente indispensable y en qué sigo siéndolo porque me cuesta soltar? No es lo mismo. Delegar no es desentenderse. Descansar no es falta de ambición. Hacer menos no es pensar pequeño.
También hay que revisar nuestra relación con la velocidad. Queremos crecer rápido, lanzar rápido, escalar rápido, y cuando algo tarda sentimos que fallamos. Pero lo más valioso necesita tiempo. Una marca necesita tiempo para construir confianza. Un producto, para perfeccionarse. Una empresa, para formar su cultura. Una persona, para desarrollar criterio. Trabajar a un ritmo sostenible no es perder intensidad. Es entender que hay temporadas para acelerar y temporadas para recuperar energías. Newport propone abandonar la idea de que el esfuerzo debe mantenerse siempre al máximo y permitir ritmos más humanos, en los que los períodos exigentes convivan con otros de menor intensidad.
Durante años construimos una narrativa del éxito según la cual primero se sacrifican la salud, el sueño y las relaciones, y cuando finalmente “lleguemos” habrá tiempo para recuperarlos. ¿Y si fuera al revés? ¿Y si el bienestar no fuera el premio después del éxito, sino la plataforma desde la que se construye? Dormir bien es productividad. Entrenar es productividad. Tener tiempo para pensar es productividad. Leer, aprender y observar también lo son. Una conversación profunda puede producir más que diez reuniones. Una hora de concentración en el problema correcto puede valer más que ocho reaccionando a lo urgente.
No se trata de romantizar la lentitud. Hay momentos que exigen velocidad y muchísimo trabajo. La pregunta no es si debemos esforzarnos. Es en qué vale la pena gastar nuestro esfuerzo.
Por eso he dejado de preguntarme “¿cuánto hice hoy?” y he empezado a preguntarme “¿hice hoy algo que realmente importaba?”. Se trata de pasar de llenar la agenda a proteger prioridades. De demostrar actividad a producir valor. De trabajar siempre al límite a entender que la energía también es un recurso empresarial.
Los mejores líderes no son quienes más aguantan. Son quienes mejor eligen.
Después de muchos años emprendiendo, ya no me pregunto cómo hacer más en un día. Me pregunto qué esfuerzos merecen mis días. El tiempo no se multiplica, pero la claridad sí: una sola decisión bien tomada ahorra cien esfuerzos mal dirigidos. Hacer más está al alcance de cualquiera. Elegir bien es lo que distingue a quien lidera.
Viviana Echeverri, Health Coach, Fundadora y CEO de Padam Bienestar