Japón es considerado uno de los países mejor preparados para enfrentar terremotos gracias a un modelo que combina estrictas normas de construcción, planificación urbana y una cultura de prevención consolidada durante décadas.

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Su ubicación sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, donde convergen las placas Pacífica, Filipina, Euroasiática y Norteamericana, ha obligado al país a convertir la gestión del riesgo sísmico en una prioridad nacional.

Uno de los principales puntos de inflexión ocurrió tras el Gran Terremoto de Kantō de 1923, una de las peores catástrofes de la historia del país. Se estima que entre 105.000 y 140.000 personas murieron como consecuencia del sismo, un hecho que impulsó profundas transformaciones en la política de seguridad civil.

Como resultado, Japón promulgó la Ley de Normas de Edificación de 1950, base de un sistema que continuó fortaleciéndose hasta la adopción del llamado “nuevo estándar sísmico” en 1981.

El Cinturón de Fuego del Pacífico concentra gran parte de la actividad sísmica y volcánica del planeta. Foto: Universal Images Group via Getty

El objetivo de esta normativa es proteger la vida de las personas mediante edificaciones capaces de soportar fuertes movimientos telúricos sin colapsar. Para lograrlo, el país incorporó tecnologías que reducen el impacto de los sismos sobre las estructuras.

Entre ellas destacan los sistemas de aislamiento basal, que utilizan almohadillas de caucho instaladas en los cimientos para desacoplar los edificios del movimiento del suelo.

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Esta tecnología, junto con mecanismos de amortiguación estructural, ha permitido aumentar la resistencia de rascacielos y de numerosas viviendas tradicionales de madera frente a terremotos de gran intensidad.

No obstante, la infraestructura por sí sola no elimina todos los riesgos. Las autoridades y especialistas continúan prestando especial atención a fenómenos como la licuefacción del suelo, los incendios posteriores a los sismos y los tsunamis, amenazas que requieren estudios geológicos permanentes y una planificación urbana adaptada a las características de cada región.

La preparación también forma parte de la vida cotidiana de la población. Además de contar con sistemas de alerta temprana, Japón fortaleció sus programas de educación ciudadana, los simulacros y la organización de centros de acopio comunitarios, especialmente después del Gran Terremoto del Este de Japón ocurrido en 2011.

La continuidad de estas políticas ha sido uno de los factores que ha fortalecido la capacidad de respuesta del país. En lugar de mantener un modelo estático, Japón ha ajustado su estrategia de protección civil después de cada gran desastre, incorporando nuevas lecciones y actualizando sus protocolos.

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Otro de los pilares del modelo japonés es la supervisión de las construcciones. Las inspecciones técnicas y el control sobre el desarrollo urbano buscan reducir las fallas estructurales y garantizar el cumplimiento de los estándares establecidos.

Como parte de esa cultura preventiva, cada 1 de septiembre Japón conmemora el Día de la Prevención de Desastres, una jornada dedicada a realizar simulacros y fortalecer la preparación de la población en memoria del Gran Terremoto de Kantō de 1923.