En medio de una de las épocas más oscuras de Colombia, cuando el miedo marcaba la rutina diaria en Medellín, los sicarios al servicio de Escobar no solo ejecutaban órdenes: vivían bajo códigos, tácticas y una lógica criminal que comenzaba, muchas veces, desde la adolescencia.
“Cuántas veces hemos escuchado de niños que comienzan a los 13, 14, 15 años”, dijo Rafael Poveda en el pódcast Más allá del silencio, al describir cómo jóvenes terminaban convertidos en “gatilleros”. Según sus investigaciones, “mucho de eso tuvo que ver con Escobar… él mismo se encargaba de entrenarlos”.
De acuerdo con alias La Negra, mano derecha del capo de Medellín, el reclutamiento empezaba en barrios como Aranjuez, incluso en canchas de fútbol. “Él miraba la táctica… la malicia que tienen en el juego… eso le servía para volverlos gatilleros”, contó. Y resumió esa lógica en una frase: “Entre más jóvenes”.
Uno de los detalles más impactantes que reveló tiene que ver con cómo borraban evidencias tras disparar. “Al accionar el revólver, la pólvora queda… y lo único que corta la acción de la pólvora es la leche”, explicó. Luego lanzó la frase más cruda: “Nos bañábamos en leche para borrar la pólvora”.
También habló de los entrenamientos para sobrevivir a operativos. “Había que abrazar los postes o los árboles para que no lo vieran a uno desde los helicópteros”, relató. Según dijo, ese método le salvó la vida en un atentado. “Yo creo que estoy viva por ese poquito que yo vi”.
Dentro de la estructura, su rol era clave. “Yo llevaba las armas y ellos hacían la vuelta”, afirmó. Según explicó, distribuía los “fierros” antes de los ataques y luego los recogía para evitar capturas. “Como mujer me daba la facilidad de esconder todo”, agregó.
Uno de los puntos más delicados de su testimonio tiene que ver con los ataques a policías. “Mi primer trabajo puede ser como los tombos”, dijo. Según contó, por cada uniformado podían pagar entre uno y tres millones de pesos. “Era mucha, muy buena platica”, afirmó.
La forma de ubicar a las víctimas también estaba estructurada. “Las niñas de salón sabían la ubicación de muchos policías… los dejaban en una esquina y ahí íbamos nosotros y los asegurábamos”, relató.
Incluso habló de infiltración. Contó que su pareja se vinculó a la Policía con fines criminales. “Se fue a hacer policía… más intereses propios”, dijo. Según su relato, lograron obtener uniformes que luego eran usados en operaciones. “Recogí como 25 uniformes… eso les servía para entrarse a muchas partes”.
También explicó el uso de carros robados en los crímenes. “El carro era para una vuelta del señor”, afirmó, al señalar que estos vehículos servían para ejecutar ataques o facilitar movimientos sin ser detectados.
Su testimonio toca hechos clave de la violencia en Colombia. Recordó el asesinato del coronel Valdemar Franklin Quintero en 1989. “Había que llevar las herramientas… esperar que bajara”, dijo, al explicar su rol logístico: “Yo a cada uno le pasaba lo de él”.
Sobre el crimen de la jueza María Elena Díaz, fue directa: “Yo lo vi hacerlo, mas no accioné”.
Alias La Negra aseguró que todo ese mundo estaba marcado por la necesidad. “Yo nunca estudié… tenía hijos… había que hacer algo”, dijo. Y añadió: “Siempre jugaron con la necesidad y la ambición”.
Sin embargo, su vida cambió tras ser capturada y, especialmente, tras la muerte de su hijo. “Yo le quité los hijos a más de una mamá… y lo mío me partió”, confesó.
Hoy dice ser otra persona. “Yo no soy capaz de matar una cucaracha”, afirmó. Desde entonces trabaja con comunidades vulnerables y busca alejar a jóvenes de ese camino. “Esto no da, esto no sirve… vea, yo ya lo viví”.
Su relato revive una época en la que la violencia se volvió rutina y donde, como ella misma lo resume, “todo nació en el barrio”.