SEMANA: En medio de la angustia que viven, ustedes publicaron hace unos días un post en redes narrando la avalancha de amor que han recibido. “Nunca estuvimos solos”, decía. ¿Por qué dar las gracias de esa manera?

Ana Roldán (A.R.): Realmente lo que vivimos en Cali fue algo muy difícil: la logística, la angustia, la tristeza. Fueron días en que no podíamos pensar en otra cosa distinta a Violeta y a mi mamá (Amparo Jaramillo), pero ha pasado el tiempo y hoy me impresiona recordar cómo llegaron los rescatistas, los vecinos, los amigos, las empresas, los recursos de todos lados, de conocidos y desconocidos. La vida nos mandó bastones para sostenernos. Uno no se imagina cuánto necesita de los otros y quisiéramos decirles a cada uno cuán importantes fueron. Vivimos una situación horrible, pero levantamos la mirada y nos maravillamos de todo lo que se tejió a nuestro alrededor, que es lo que hoy nos sigue sosteniendo.

Retrato de la pequeña Violeta Guerrero Foto: Cortesía

SEMANA: Muchas personas se sumaron a la búsqueda de Violeta y su abuela Amparo. Y, luego, ha sido conmovedor cómo han surgido tantas ayudas en su memoria. ¿Cómo se fue organizando todo eso?

Andrés Guerrero (A.G.): En todo lo que pasó a nuestro alrededor, siempre hubo una luz que no se vio. Se tejió una red absolutamente espontánea. Hoy sería imposible nombrar a todos los que nos ayudaron. Fueron demasiadas personas las que estuvieron ahí. Personas que no nos conocían y nos esperaron en el edificio cuando llegamos, que viajaron solo para estar con nosotros en silencio, para pasar un agua, dar un abrazo, conseguir una herramienta. Al final es eso. En un momento como el que vivimos, lo que vale es estar, más que hacer. Lo primordial hoy para mí es agradecer; no hay ninguna otra forma de rendirle un homenaje a mi hija que a través de este agradecimiento que sentimos por quienes nos acompañaron. El final no es feliz, pero queda paz.

SEMANA: ¿En qué momento se dan cuenta de que muchas personas los tenían esos días en su corazón?

A.R.: Pasaron muchos días. Al comienzo estábamos pendientes solo del rescate. Los papás del Andino, el colegio de nuestra hija que no nos soltó desde el primer momento, se organizaron para ayudarnos porque se necesitaban muchas cosas: maquinarias, clavos, grúas. Uno no tiene cabeza de nada. Comenzaron a llegar personas de conocidos del colegio, la teniente que fue un ángel para nosotros, alguien de la Alcaldía, el topo que nos prometió encontrar a Violeta y que así lo hizo. Llegaron ingenieros, psicólogos, físicos, pero también comida, agua. Nos llegó hasta la posibilidad de tener un baño cerca. Fue impresionante. Luego de todo, eso abrí mi celular y encontré cientos de mensajes.

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A.G.: En un país como el nuestro es raro ver que esto pase cuando hay una tragedia, y hoy pienso que eso que vivimos nos recuerda que tenemos un buen corazón, que no estamos tan rotos por dentro. La ayuda no fue solo para nosotros. Vi a más de 100 voluntarios arriesgar su vida por quienes lo necesitábamos. La solidaridad en Cali fue increíble. Creo que a mí el mensaje que me quedó es tratar de vivir de esa manera la vida, sin necesidad de que exista el dolor y el sufrimiento.

SEMANA: ¿En qué momento se acompaña el sufrimiento de la gratitud?

A.G.: Sabíamos que sin gratitud el final no hubiera sido el que fue. Es un final doloroso. En esos días, hablábamos con Ana de qué pasaría si no encontrábamos a Violeta y Amparito. Era pensar que sus cuerpos los iba a encontrar una retroexcavadora y no una persona. Entonces, hoy pienso que, al final, quien dio una botella de agua pudo haber influido tremendamente en que los rescatistas resistieran 15 minutos más para seguir buscando. Creo que el primer sentimiento hoy para ellos es decirles: “Sin ustedes, este final –que no es feliz, pero nos da mucha paz– no hubiera podido ser”.

“No hay ninguna otra forma de rendirle un homenaje a Violeta que a través de agradecer a quienes nos acompañaron. El final no es feliz, pero queda paz”, dicen Andrés Guerrero y Ana Roldán. Foto: Alejandro Acosta-SEMANA

SEMANA: ¿Cómo llegó el topo a ayudarlos?

A.G.: No lo sabemos. Cuando llegamos al edificio, ya estaba ahí. Ese día los bomberos hicieron sus tres protocolos y nos dijeron que no había señales de vida y que se tenían que ir. No los juzgamos. Es obvio. Había miles de viviendas averiadas, miles de víctimas. El topo nos vio y nos dijo: “Yo las encuentro, se los prometo”. Él estuvo allá 36 horas. Nombramos al topo porque él era como un director de orquesta, pero fueron muchas personas. También llegaron unos rescatistas venezolanos. Cuando sacaron a Violeta y a Amparito, ellos estaban ahí. Él lloró cuando me contó que no las había encontrado con vida. Nosotros le agradecimos enormemente que hiciera todo hasta recuperarlas.

SEMANA: ¿Por qué era tan difícil encontrar a Violeta y Amparito?

A.G.: Cuando uno entraba al edificio, se daba cuenta de que había un riesgo muy grande de que colapsara. Esas 30 personas que nos acompañaron pusieron su vida en riesgo. Cuando llegué allí, el primer pensamiento fue: “No hay chance de que estén vivas”. En el edificio se desplomaron el segundo y el primer piso, que cayeron al sótano. Mi hija y Amparito estaban en el primero.

Estas son las cartas que los compañeros del colegio le entregaron a los papás de Violeta en su despedida. Foto: Cortesía

SEMANA: ¿Por qué había tanta esperanza de encontrarlas vivas? Se dijo que los rescatistas oyeron a Violeta.

A.R.: Fue una montaña rusa entre la esperanza de que podían estar vivas y el “no hay chance”. Tuvimos varias llamadas. En Bogotá, alguien nos dijo que Violeta estaba con un celador en el sótano y viajamos con esa idea, gracias a otro ángel que nos montó en un vuelo a Cali a la 1 de la tarde este mismo lunes. Al otro día, a las 6 de la mañana, también nos dijeron que por la noche habían oído algo. Uno empieza a pensar: “¿Por qué no?, ¿por qué no está en un triangulito cubierta?”. Eso es lo último que se pierde hasta que ves el cuerpo.

SEMANA: ¿Da de algún modo tranquilidad pensar que ellas no estuvieron vivas bajo los escombros mucho tiempo, como se pensaba al inicio?

A.G.: Absolutamente. Mi hija vino a ser feliz, vivió sus días plenamente y no tenía sentido que el día que se fuera de esta tierra sufriera. No era lógico, no hubiera sido un plan de Dios. Creo que los milagros pasan, aunque uno no sienta que el final es el que corresponde. En mi mente no hay opción hoy de pensar que ella sufrió. Si pienso lo contrario, no hay forma de seguir adelante. Me aferro a eso. Para mí la fe cambió. A uno le enseñan que la fe es en Dios. Mi fe es tener la certeza o ayudar a mi certeza a creer que eso fue lo que pasó: mi hija vino a ser feliz y se fue feliz.

“Mi mamá vivía por Violeta... y desde que nació a ella le cambió la vida”, Ana Roldán. Foto: Cortesía

SEMANA: Ana, quisiera preguntarle por su mamá. Ellas debían tener una relación muy especial para pasar las vacaciones juntas solas.

A.R.: Desde que Violeta nació, a mi mamá le cambió la vida. Ella era su consentida. Vivía por Violeta, estaba superorgullosa, les mostraba todo el tiempo las fotos a sus amigas. Tenían ambas una relación muy cercana. Yo también la tenía con mi mamá. Todas las vacaciones largas íbamos o iba Violeta. Mi mamá la llevaba a la piscina, mi primo, al zoológico; con mi papá iban a ver gatos, que ella adoraba.

SEMANA: Hemos hablado mucho de este sentimiento de paz. ¿Siente eso de saber que estaban juntas?

A.R.: Sí, claro. Que estuvieran juntas da cierta paz.

SEMANA: Violeta, como ustedes la describen, era una niña muy especial. Amaba el ramen, los gatos, a Michael Jackson... Veía siempre lo bueno del mundo, al igual que ustedes dos, sus papás. ¿Cómo la describen?

A.R.: Sí, así era Viole. Desde que nació fue una niña feliz y muy empática. Conectaba increíble con quienes estaban tristes. Vivir con ella era chévere y fácil porque no ponía problema por nada. Si íbamos al banco, se parchaba en el banco; si íbamos a los brinca-brincas, se parchaba ahí. Para ella todo era una aventura. Todo le gustaba. Le celebrábamos siempre el cumpleaños con sus amiguitas del colegio, tres familias, y le hacíamos también fiestas grandes. Una vez le hicimos un pícnic y, cuando le preguntábamos qué le había gustado más, decía siempre que todo le había fascinado. Siempre le encontraba la magia a la vida. Es verdad que adoraba a Michael Jackson, algo que no nos parecía usual en su edad.

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A.G.: Es verdad que tenía una conexión particular con Michael Jackson. A mí me gusta mucho el rock, pero no ponía esa música. Ella no tenía acceso a YouTube y nunca entendimos por qué sabía tanto de él. Un día nos pidió “una canción que es de un huevito”. Duramos mucho buscando y resulta que sí existe un álbum de él que tiene una imagen similar.

SEMANA: ¿Qué atesoran de ella hoy?

A.G.: Cuando preguntas qué era Violeta: la felicidad. Nos dejó un montón de amor. Los días son muy complejos, pero al final es entender –y acá es cuando vuelve a entrar mi nueva fe– que a nuestra vida no vino una hija, sino un ángel a acompañarnos. Tiene un montón de características que me dan la certeza de decir que es un ángel. Violeta era una niña perfecta. De bebé no lloraba, había que despertarla para que comiera; aprendió a ir al baño prácticamente sola. No se enfermaba y la única vez que fue a urgencias la pasó feliz y duró hablando de eso un mes. Tenía un vocabulario muy rico y desde los tres años hablaba como grande, me sorprendía que decía “inclusive” en sus frases. Ahí es cuando digo que es un ángel. Nos dejó el amor verdadero, el amor incondicional.

SEMANA: ¿Cómo sienten hoy ese amor?

A.G.: El amor incondicional es que no importa en qué condición esté Violeta hoy, la seguimos amando igual y la seguiremos amando por siempre. Cuando uno habla de amor incondicional, es sin condiciones de nada. Es decir, ella no tiene que estar acá para que nuestro amor sea profundo, y seguramente donde ella esté, su amor por nosotros también es así. Cuando ves la vida desde el amor, cambia radicalmente la forma como la ejecutas. Si lo haces desde el amor, es muy difícil pelear o querer hacerle daño al otro, y eso era Violeta, era muy perfecta desde los ojos de sus papás.

"Entre no haber sido mamá y haber vivido lo que viví, me quedo con estos siete años de amor”, Ana Roldán. Foto: Cortesía

SEMANA: ¿Cómo han resignificado el amor de ustedes como pareja?

A.G.: Al final, somos nosotros dos. Cuando encontramos a Violeta en Cali, nos sentamos en una esquina e hicimos un pacto: ir para adelante. Hoy tengo esa certeza: solo tengo este chance. Y cuando digo seguir adelante, no es que no quiera vivir, sino que quizás sin este pacto viviría de una manera diferente, inmerso en una tristeza muy profunda. Hoy vivo en la alegría de tener a Ana, mi esposa, de saber que somos los dos y que tenemos que caminar esto juntos con un dolor que muchas veces sientes que se te abre el pecho y se te sale el corazón. Ana es un soporte tremendo, es una mujer elevada espiritualmente.

A.R.: Pienso: ¿qué me dejó ella? Me dejó los siete años más felices de mi vida, me transformó profundamente. Yo fui una mamá superpresente y me la disfruté desde el día que supe que estaba embarazada. Puedo verlo como lo que me quitaron o como lo que tuve, como ese regalo que la vida me dio. Entre no haber sido mamá –porque yo tenía infertilidad– o haber vivido lo que viví, me quedo con haber vivido esos siete años. Me quedo con eso. Con Andrés nos sostenemos. Estamos acá los dos para los dos.

SEMANA: ¿Han sentido de alguna manera preocupación del uno por el otro?

A.R.: Preocupación, no. Pero sí somos conscientes de que estamos en un proceso de duelo muy difícil.

A.G.: Yo pensaba en este suceso antes de que ocurriera. Le tenía mucho miedo a la muerte de mis seres queridos, y apenas nació mi hija era mi miedo primordial. Yo siempre dije en mis pensamientos: “Si mi hija se va, me voy detrás de ella sin pensarlo dos veces”. Y no. No tiene sentido. Todos en mi familia vivimos esta pérdida. Mi mamá sufre por su nieta, pero sufre porque su hijo perdió a su hija. Lauri (mi cuñada) tiene su duelo por su mamá y su sobrina y ha estado todo el tiempo para nosotros. Yo tendría que ser muy egoísta para echarme a la pena y no pensar en los que hay alrededor de mí. Yo hago parte de ese bastón que somos nosotros dos; pero también soy bastón para mi mamá, para mi papá, para mi hermana, para mi esposa y para la niñera de Violeta que la cuidó dos años. Sigo siendo el papá de Violeta y mis actos también la honran a ella.

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SEMANA: Al final, es lo que Violeta y Amparo seguramente quisieran para ustedes: que siguieran adelante.

A.G.: Totalmente. Violeta conmigo eran carcajadas todo el día; disfrutábamos y jugábamos. ¿Por qué ya no? Ese es mi bálsamo. Hay una frase muy linda que dice que la mayor muestra de amor que puede tener un ser humano es dejar ir al otro. Dejarlo ir es justamente que haya paz entre nosotros, que Violeta siga estando acá. Yo no sé cómo sería mi vida hoy si no hubiera tenido una hija, y probablemente no sería lo que soy hoy si mi hija no se hubiera ido de este mundo a los siete años.

“Violeta era la felicidad... Pienso que a nuestra vida no vino una hija, sino un ángel a acompañarnos”, dice Andrés Guerrero. Foto: Cortersía

SEMANA: ¿Por qué la llamaron Violeta?

A.R.: Por un sueño. Nosotros buscamos un embarazo muchos años, tuvimos pérdidas y tratamientos. Seis meses antes de quedar embarazada, soñé que estaba en el baño de un centro comercial con mi hija. Ella estaba de espaldas, tenía como cinco años y el pelo como el de Viole. Yo le decía: “Antonia, vamos”. Y ella me decía: “Yo no me llamo Antonia, yo me llamo Violeta”. Cuando me dijeron que era una niña, Andrés me dijo: “Ya sé cómo se va a llamar nuestra hija: Violeta”.

A.G.: Hoy, ese color (violeta) forma parte del homenaje a su vida que nos conmueve. El colegio puso su logo violeta y el equipo de fútbol juega con una cinta de este color. El logo de la empresa también cambió. Muchas personas sumaron ayudas y enviaron un camión violeta en su memoria; un refugio de animales hizo una sala violeta; hay empresas que donan comida en su nombre; otra persona donó kits escolares al Amazonas. Nos llegaron mensajes de Japón, Estados Unidos, Australia, Francia... Es impresionante, una magia. Es como si ella supiera y todo viniera a dejar una semillita que hoy no vemos, pero seguramente será una flor hermosa. Esto resignifica el caminar de nosotros dos, nuestra existencia.

SEMANA: En la misa para despedir a Violeta, la tía pronunció unas palabras muy profundas y dijo: “Cuando el dolor es demasiado grande para una sola persona, el amor puede convertirse en una red capaz de sostenerla”.

A.R.: No hay otra opción. El amor modifica un montón la ecuación de tu vida. Puedes tener mucho y ser carente de amor, o tener muy poco y mucho amor para dar. El amor es lo que nos sostiene.