El terremoto del 10 de agosto, el más fuerte del siglo, ha dejado hasta ahora más de 300 colombianos fallecidos, más de 425 desaparecidos, más de 4.500 heridos y más de 290.000 afectados en el Pacífico, el Eje Cafetero y el Valle del Cauca. Colombia ha respondido con un extraordinario espíritu de solidaridad y de resiliencia.

Los cálculos preliminares estiman pérdidas físicas cercanas a los $ 30 billones de pesos ($ 24,5 billones en vivienda, con más de 160.000 hogares afectados, y $ 5,5 billones en infraestructura hospitalaria, educativa y pública) a lo largo de 450 municipios en 15 departamentos; es decir, un tercio del país.

Después de finalizar las operaciones de búsqueda, remover los escombros y hacer nuestro duelo, no nos queda otra alternativa que reconstruir. Y para esa monumental tarea necesitaremos aliados.

El presidente De La Espriella propuso una especie de “Plan Marshall”, en alusión a la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, una idea audaz.

En ese propósito, los vientos de cambio en el orden mundial soplan a nuestro favor. La puja entre Estados Unidos y China, la creciente influencia extrahemisférica de adversarios americanos en la región y los estragos que generó el castrochavismo en las últimas décadas han puesto a América Latina en el centro de la geopolítica mundial.

En respuesta, Washington ha dejado clara su resolución de controlar el hemisferio. El 4 de diciembre de 2025, la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos proclamó el Corolario Trump a la doctrina Monroe. Luego, el 23 de enero de 2026, la Estrategia de Defensa Nacional fijó al hemisferio occidental, por primera vez desde la Guerra Fría, como prioridad de seguridad militar, reafirmando su promesa de cumplir dicha doctrina.

No son intenciones de papel. El 2026 comenzó con la intervención militar en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro. Al poco tiempo, el 7 de marzo, se lanzó el Escudo de las Américas, al que Colombia, inicialmente, no fue invitada tras cuatro años de desencuentros. Sin embargo, una vez posesionado el presidente De La Espriella, la relación especial entre Colombia y Estados Unidos se reactivó a una velocidad vertiginosa.

El 8 de agosto, Estados Unidos anunció su intención de tramitar un paquete de asistencia en seguridad de $ 1.000 millones de dólares para Colombia. Ante el terremoto, donó $ 26,5 millones de dólares y envió suministros y rescatistas especializados desde Virginia y California. Se oficializó el ingreso de Colombia al Escudo de las Américas y el regreso de operaciones conjuntas. Y, este fin de semana, los presidentes Trump y De La Espriella hablaron por teléfono. En la llamada, Colombia solicitó suspender los aranceles como alivio y obtuvo el beneplácito para la embajadora designada María Consuelo Araújo.

En el marco de esa relación especial y la afinidad coyuntural entre gobiernos radica una oportunidad única para nuestro país. El reto de la embajadora Araújo será aprovechar la alineación política de hoy entre De La Espriella y Trump para reconstruir una arquitectura estatal duradera de tratados, instituciones y colaboración bipartidista que la trascienda, como el Plan Colombia que nació bajo los demócratas y creció con los republicanos.

La visión de la Patria Milagro no es otra que Colombia alcance su potencial como nación y que finalmente ocupe el lugar que le corresponde. Tenemos talento, dos mares, grandes ríos y reservas de agua dulce, cientos de microclimas desde playas a nevados, biodiversidad, capacidad agrícola, energía y minerales, y una ubicación estratégica como puente entre sur y norte, y puerta de entrada al mercado más grande del mundo.

Esa visión y lo que Colombia necesita para poder materializarla convergen con los cuatro intereses hemisféricos que la Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. declaró por escrito: vecinos prósperos que no expulsen migrantes, guerra al crimen transnacional, un hemisferio sin potencias hostiles sobre los activos clave y acceso a las ubicaciones estratégicas. Es decir, Estados Unidos y Colombia se necesitan el uno al otro.

Sobre esa convergencia volveré, eje por eje, en las próximas entregas. Por ahora, identifico cinco puntos que deben ser parte de la agenda bilateral entre Bogotá y Washington:

Primero, reconstrucción y reactivación económica. El Plan Marshall que propone el presidente De La Espriella debe contemplar la reconstrucción integral de Colombia y Venezuela, esto como una política económica hemisférica para construir vecinos prósperos que no expulsen migrantes hacia el norte ni tampoco hacia el sur.

Segundo, seguridad y justicia. Colombia y Estados Unidos enfrentan enemigos en común. Los grupos armados que se financian con la droga trascienden las fronteras. Pero esto va más allá de la lucha antinarcóticos. Es un imperativo para la seguridad y estabilidad institucional de la región. Debemos retomar la ofensiva militar y de inteligencia para procurar la paz desde la fortaleza. La cooperación militar y judicial será clave para someter a los responsables, sean quienes sean, a la justicia y que el imperio de la ley prevalezca.

Tercero, soberanía energética y tecnológica. La embajadora Araújo entiende el valor estratégico que la energía, los minerales, el agua, la geografía y la ubicación de Colombia tienen en la puja por el dominio de la inteligencia artificial y la exploración espacial. Colombia debe atraer capital para asegurar su soberanía energética y construir centros de datos de IA y puertos de lanzamiento espacial que estén bajo el control hemisférico.

Cuarto, garantía de la democracia. La región necesita salvaguardas que impidan que el neocomunismo use las urnas para desmontar la democracia desde adentro e instaurar una dictadura constitucional, como lo logró en Venezuela y como estuvo a punto de lograrlo en Colombia. Eso no se puede repetir y Colombia debe liderar dicha iniciativa.

Quinto, reparaciones de Venezuela. Durante casi tres décadas, el régimen chavista ejecutó actos hostiles en materia militar, económica y política contra Colombia. Financió y albergó narcoterroristas, expropió empresas, dejó deudas impagas y acabó con el 20 % de nuestras exportaciones, y además, según el testimonio ante la justicia del exjefe de la inteligencia chavista Hugo Carvajal, financió candidatos para exportar el modelo chavista.

Ahora que ese régimen cayó, nos corresponde, junto a Estados Unidos, requerir actos de reparación y garantías de no repetición. Colombia debe jugar un papel central en la reconstrucción integral de Venezuela, participar de la reactivación energética y procurar el cierre, conforme a derecho, del diferendo centenario del golfo de Venezuela.

El momento es ahora. Las ventanas de oportunidad de la historia no se repiten. Colombia aprendió esa costosa lección cuando, en 1903, nuestro Senado rechazó por unanimidad el tratado Herrán-Hay. Leímos mal el balance de poder; Panamá se independizó y firmó un tratado con Estados Unidos en peores términos que los ofrecidos a Colombia.

El pasado gobierno casi nos convierte otra vez en perdedores de la historia al negar la convergencia de intereses estratégicos con Estados Unidos desde una visión trasnochada del mundo. La visión del nuevo Gobierno trae una nueva oportunidad: aprovechar la alineación partidista de hoy para reconstruir una alianza duradera con los Estados Unidos sobre la convergencia de intereses de Estado. Queda en manos de la embajadora Araújo.