La noche que cayó Nicolás Maduro, los estruendos de las bombas y las turbinas de los aviones se escucharon en las celdas que encerraban a los presos políticos de Venezuela, quienes fueron detenidos por oponerse a la dictadura y consiguieron la libertad gracias a su caída.
Uno de ellos era Freddy Superlano. Él dormía sobre la plancha de concreto de una celda de El Rodeo 1, que compartía con un militar encarcelado por la operación Gedeón, cuando sintió el paso de los aviones. Se despertaron por el sonido del motor y su compañero de celda, como uniformado experimentado, le confirmó que ese ruido que les sobrevoló durante casi una hora no era de un avión normal. El sueño los venció y volvieron a dormir.
La rutina de los presos políticos comenzaba a las cinco de la mañana con el llamado a lista de los detenidos, como si fueran uniformados en las filas. Intentaron preguntarles a los guardas del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebín) qué había sido ese ruido de la madrugada, pero ellos desconocieron que se hubiera escuchado cualquier estruendo. Negaban lo innegable.
Ese 3 de enero sería un día cualquiera para una persona en libertad, pero lo que importaba tras las rejas era que se trataba de un sábado y la llegada del fin de semana significaba que algunos detenidos podrían ver a sus familias. Esa mañana, sin embargo, nadie pudo entrar al penal.
Sabían que algo ocurría, aunque sus carceleros les comunicaron que las visitas no habían llegado. Las dudas se acrecentaron porque sacaron a todos los presos al patio sin dar explicaciones, pese a que solo tenían derecho a ver el sol durante los días hábiles, como si sentir el calor en la piel fuera un privilegio que pudiese controlar el régimen. Llegó el domingo y desde la ventana de las celdas del tercer piso se percataron de que la bandera de Venezuela estaba izada a media asta.
Intuían que algo había pasado porque para los uniformados todo lo que ocurría alrededor de esa cárcel militar les comunicaba que Venezuela estaba cambiando. Otro preso cuenta cómo vieron drones sobrevolando el complejo militar de El Rodeo seguidos por un avión estadounidense. Era el día cinco de Caracas sin Maduro y ellos ya lo sospechaban, aunque aún no conseguían confirmarlo.
En El Rodeo 1 se comunicaban a través de las letrinas. Esa fosa de cemento improvisada, diseñada para hacer las veces de baño, generaba un eco que se sentía de un piso a otro. Si había una noticia, alguien desde el primer nivel gritaba la frase clave: “Hay guasacaca”.
En la gastronomía venezolana, guasacaca es una salsa de aguacate para acompañar los tequeños o la arepa, y en esa cárcel en particular era la señal de que debían poner las orejas en las letrinas para descifrar el mensaje. La noticia se replicaba de un piso a otro, a veces en código para que los guardas no identificaran al primer emisario, y entre palabras que rompieron los muros de la cárcel se regó el rumor de que Estados Unidos se había llevado a Maduro.
Solo confirmaron lo que había sucedido una semana después, el viernes, cuando por fin pudieron recibir visitas. El primer preso que recibió la noticia fue un médico, quien levantó las manos esposadas y gritó para todo el penal: “Somos libres. Se llevaron a Maduro y van a abrir las cárceles”.
Freddy Superlano recibió su primera visita en 18 meses una semana después del bombardeo que sacó al dictador del Palacio de Miraflores. En los pasillos, cada tantas horas, algún preso gritaba: “Soldado de Cristo”. El resto respondía al unísono: “Justicia, libertad”. Ese alarido era un acto de rebeldía porque allá en El Rodeo 1 les habían prohibido alzar la voz; también lo era cantar el himno nacional, siempre que el reloj marcaba las seis: “¡Abajo cadenas! ¡Gritaba el señor!”.
El Helicoide
El Rodeo 1 es la prisión de mayor seguridad de Venezuela; allá los presos están aislados y su comunicación con el exterior es más limitada que en otras cárceles. En El Helicoide, en contraste, algunos conseguían la señal de televisión de los canales colombianos o filtraban los videos de los noticieros de Miami, con lo que formaban un relato de retazos sobre lo que ocurría en el exterior. Esa comunicación con el mundo la consiguieron gracias a la visita de la alta comisionada de Derechos Humanos de la ONU.
Esos pedazos de historias se juntaban, a veces, con lo que decía Diosdado Cabello en Con el mazo dando, programa que les ponían a los prisioneros. En medio de todo lo que contaba el número dos del régimen en ese espacio, conocían que una flota internacional se había estacionado en el Caribe y que, según Cabello, nada iba a ocurrir. Estaba equivocado.
María Oropeza estaba en una celda aislada de El Helicoide que parecía un búnker, sin ventana, ubicada en un pasillo cerrado conocido como ‘el F’, situado debajo de unas oficinas de los custodios. Por eso una compañera de pabellón sintió cómo los guardianes corrieron de un lado a otro en la madrugada tan duro que sus pisadas se escuchaban como si el techo fuera a caer sobre ellas. Esa detenida corrió la voz de que algo estaba ocurriendo, dejando clara una alerta para sus compañeras: no podían celebrar porque, si lo hacían, se daban cuenta a través de las cámaras de seguridad que las vigilaban y podían castigarlas.
Cuando amaneció, escucharon que en el pabellón de hombres cantaban el himno nacional: “¡Gritemos con brío: muera la opresión!”. Ese momento, para las mujeres aisladas, fue la confirmación de que Maduro había caído.
Dignora Hernández relata que las detenidas observaban a los funcionarios del Sebín y medían en ellos un “carómetro”: no estaban felices, pero se mantenían ecuánimes. Fue, incluso, una uniformada la que les contó detalles de lo ocurrido y las detenidas, como Hernández, le dijeron que ellas querían construir un mismo país.
Uno de los hombres que cantó el himno nacional desde el pabellón masculino fue Guillermo López, otro dirigente político detenido por hacer campaña para las elecciones de 2024 en las que Maduro se proclamó como ganador sin mostrar tarjetas electorales que documentaran su supuesto triunfo.
Ellos solo pudieron entonar las notas del Gloria al bravo pueblo en una ocasión porque los policías del Sebín los amenazaron con tomar represalias y, a modo de intimidación, llevaron a dos de los detenidos a una celda de castigo por entonar las notas de esa composición que describe la lucha de los venezolanos contra la opresión.
“Sé que Dios no me falló y que mi equipo siguió trabajando por la libertad de Venezuela; sin la intervención de Estados Unidos no hubiéramos salido nunca”, afirma Hernández.
Oropeza fue una de las víctimas de la persecución al partido Vente Venezuela y vio cómo el Sebín liberó a muchos de sus compañeros, mas no a los que estaban vinculados con María Corina Machado. Se necesitó un mes y cinco días tras la caída de Maduro para que Oropeza fuera liberada en una jornada de visitas cuando ella ya sentía que sería la última en recuperar la libertad. Ese mismo día salió Hernández.
Superlano, López y el otro preso de El Rodeo 1 que contó su relato bajo reserva también fueron excarcelados a semanas de la caída de Maduro. El régimen de Venezuela no se ha ido y ellos todavía deben presentarse una vez al mes ante los jueces; sin embargo, el himno les sigue dando aliento a su lucha política: “Si el despotismo levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio”.