SEMANA: Usted fue detenido el 14 de septiembre de 2024 cuando viajó a Venezuela, por la frontera terrestre, debido a su labor como trabajador humanitario. ¿Qué pasó por su cabeza cuando fue retenido?
Alejandro Tique (A. T.): Ellos (los uniformados venezolanos) me requirieron para una entrevista cuando cruce la frontera con Arauca. Sin decir una sola palabra me llevaron a una estación donde estuve cuatro días y luego me llevaron a Caracas, pero no decían nada, pensaba que me matarían y me dejarían tirado en un río.
SEMANA: ¿Cómo se dio cuenta de que estaba en Caracas?
A. T.: Cuando llegamos a la estación de la dirección general de contrainteligencia militar (DGCIM) las celdas estaban completamente llenas. Supe dónde estaba porque vi el logo de la DGCIM, pero seguía sin entender qué estaba pasando o dónde quedaba ese lugar. A la madrugada del día siguiente me llevaron a la cárcel El Rodeo, pero para entonces yo no sabía que estaba en Caracas, mucho menos en qué prisión estaba.

SEMANA: Usted fue víctima de un proceso de carácter político, se convirtió en uno de los colombianos presos políticos de la dictadura de Nicolás Maduro. ¿En qué momento se dio cuenta de que, por tanto que usted hiciera, sería muy difícil su defensa y recuperar la libertad?
A. T.: La retención fue ilegal. Cuando empiezan a llegar venezolanos a nuestro pabellón y ellos nos dicen que la justicia debía habernos presentado, máximo, a las 72 horas. Luego, el 16 de diciembre de 2024, nos hacen una presentación ante un juez que es todo un teatro, pasan los 45 días que ellos tenían para mostrar pruebas y no pasó nada, no tuvimos visita de abogado, tampoco el derecho a una llamada. No se nos permitió generar algún tipo de alegato y ahí es cuando nos damos cuenta de que podía ser más largo de lo esperado.
SEMANA: ¿Usted tuvo noción del tiempo mientras estuvo detenido?
A. T.: Al inicio tú haces la marquilla del día. Tenía un pedazo de jabón con el que marcaba en la pared cuántos días habían pasado, pero mientras va pasando el tiempo ver tantas rayas es estresante porque te das cuenta de que nada pasa, nada cambia, y la única respuesta que recibimos de ellos es que estamos en una investigación y debíamos esperar.
Después de un tiempo decidí no saber más de fechas y olvidarme de los días porque mientras más pensaba en eso, más me daba cuenta de cuáles eran las próximas fechas importantes que me perdería. Sin embargo, nos dábamos cuenta de algunas cosas porque otros compañeros sí conocían las fechas.

SEMANA: ¿Cómo lo trataron a usted en la cárcel durante ese tiempo que estuvo detenido?
A. T.: Estaba en una celda de 4x2, éramos dos personas por celda obligadas a convivir en esos ocho metros cuadrados. Como estábamos en el primer piso, de los otros niveles bajaban los desechos y todo el olor llegaba a nuestras celdas por la letrina, que estaba justo al lado del camarote. Ahí, al lado, también teníamos que comer. Tenía unas pequeñas ventanas por las que ingresaban las cucarachas todas las noches y por los intentos de suicidio que hubo, o el miedo a que algún extranjero se cayera, nos pusieron a dormir en el piso y no en el camarote. Dormíamos con las cucarachas, estábamos 24/7 ahí encerrados.
Hubo compañeros que hicieron huelga de hambre y fueron entubados para obligarlos a ingerir alimentos, otros fueron llevados a una celda de castigo que estaba ubicada en el cuarto piso donde los aislaban, totalmente desnudos, durante un tiempo. Ellos estaban exigiendo lo que era justo para nosotros y los directores nos mostraban una celda mucho peor con hacinamiento y en la que la letrina estaba en el centro para hacernos sentir miedo.
SEMANA: Usted estuvo encerrado en esas condiciones durante tres meses, tiempo en el que no pudo ni salir de la celda a ver el sol.
A. T.: Mi primera salida al patio fue cuando llevaba casi tres meses de estar preso, estuve afuera por alrededor de veinte minutos, cuando acondicionaron un espacio solo para los extranjeros que estábamos detenidos porque ellos nos querían mantener escondidos. El siguiente patio que tuve fue, aproximadamente, en abril de 2025 o tal vez mayo. Después de ese momento solo pudimos ver el sol hasta abril de 2025, cuando nos dejaban salir al patio una vez por semana.

SEMANA: ¿Cómo lo sacaban al patio?
A. T.: Cada que salíamos estábamos esposados y encapuchados. Los guardas nos guiaban hasta la zona del patio, siempre vigilándonos, y cuando llegábamos a ese pequeño espacio cerraban la puerta con candado. El regreso a la celda era exactamente igual: esposados, con una capucha en la cabeza y por un recorrido que no podíamos ver hasta ingresar a la celda. En ocasiones no tenían capuchas y nos tapaban la cabeza con toallas.
SEMANA: Increíble. ¿Usted cómo hacía para mantener la cordura en medio de ese encierro, con el olor a excremento y durmiendo entre cucarachas?
A. T.: Los compañeros de cárcel son una familia en la que te soportas. En un momento empezamos a hacer fichas de ajedrez con los pedazos de jabón que nos quedaban, pintamos un tablero de ajedrez en el camarote con el mismo jabón y nos pusimos a jugar. Dibujábamos en la pared, escribíamos y luego borrábamos los trazos para volver a hacer otros.

SEMANA: ¿Cuál fue el momento más difícil de esos 17 meses en los que estuvo preso en Venezuela?
A. T.: La llamada con mi hermana. Llevaba alrededor de ocho meses sin tener contacto con mi familia, tiempo en el que sabía que yo estaba desaparecido para ellos y no conocía qué había pasado con ellos, ellos tampoco conocían qué había ocurrido conmigo. Me dieron solo cinco minutos para hablar con mi familia. Cuando la saludé ella identificó mi voz y se quebró en llanto y yo sentí que me pasaría lo mismo. Fue un momento difícil, siento algo de remordimiento por haberla hecho sufrir de esa manera.
SEMANA: ¿Por qué en la segunda llamada decidió llamar a una amiga suya y no a su familia?
A. T.: No quería lastimar más a mi hermana, quería evitarle ese dolor de saber que no podía tenerme cerca aunque me estaba escuchando. Decidí llamar a una amiga que considero como mi hermana y aprovecho esos cinco minutos para pedirle que salude a mis seres queridos y preguntarle qué sabe de mi proceso porque allá adentro no sabía nada. Mi idea con esa llamada era llevarles noticias a todos los que estábamos en el pabellón.

SEMANA: ¿Pensaba en su mamá y en su papá?
A. T.: Por más que te digas a ti mismo que no debes pensar en eso para no lastimarte, todo el tiempo piensas en tu familia. La persona con la que más soñé durante todo ese tiempo fue mi mamá, la veía unas dos o tres veces a la semana, en las noches. Sentía que mi familia me estaba esperando para vernos de nuevo.
SEMANA: ¿Cómo se enteró de que cayó Nicolás Maduro?
A. T.: El ataque se llevó a cabo el 3 de enero de 2026. En la cárcel El Rodeo lo único que escuchamos fue un sobrevuelo que pensamos que era normal, pero luego cancelaron las visitas durante una semana y eso nos hizo suponer que algo estaba sucediendo, sin poder confirmar qué era. Durante toda esa semana nosotros no tuvimos información, estábamos prácticamente aislados, hasta el viernes siguiente en el que habilitaron las visitas y son las primeras personas que llegan a la cárcel las que nos cuentan que han capturado a Nicolás Maduro. Desde otro pabellón comenzaron a gritar, aplaudir y celebrar. No entendíamos qué estaba pasando, entonces un compañero preguntó a través de la ventanilla qué estaba ocurriendo y otro le gritó que Maduro había sido capturado.

SEMANA: ¿En ese momento sintió esperanza o pensó que podía ser liberado?
A. T.: No pensaba que sería liberado, pero sí que el proceso iba a ser más justo, que nuestro gobierno podría atendernos, que la Embajada en Caracas podría preguntar cuál era el motivo por el que nosotros los colombianos estábamos detenidos sin tener pruebas de nada y sin un proceso justo. El proceso ha sido más largo de lo que pensamos, allá quedan alrededor de 20 colombianos.
SEMANA: Cuénteme cómo fue su liberación. ¿En qué momento le dan su boleto de libertad?
A. T.: Tuve un alegato con un guardia. En ese momento asumí que querían dialogar conmigo, pero lo que hacen es dirigirme a un piso donde se encontraba el director de la cárcel con otros tres venezolanos. Nos hicieron cambio de ropa y nos entregan una boleta de excarcelación. Pensé que era mi momento de ser liberado, pero no me sentí en libertad hasta llegar a Colombia. De la cárcel me llevaron a la sede de la DGCIM en Caracas, luego a San Antonio (Táchira) y desde allí hasta Cúcuta. La boleta me decía que estaba libre, pero solo sentí la libertad cuando llegué a Cúcuta.
SEMANA: ¿Qué mensaje quiere dejarle a la gente sobre todo lo que usted vivió?
A. T.: No se olviden de los colombianos que están presos en Venezuela. Allá todavía quedan muchas personas que padecen la misma situación que yo viví, estarán encarcelados por un tiempo mayor al que yo estuve preso y ellos también deben ser liberados porque viven una injusticia.
