La reciente aparición de Luis Almagro, exsecretario general de la OEA, junto a la candidata presidencial Paloma Valencia, en la que confirmaron el apoyo del diplomático a su campaña presidencial, abrió un nuevo frente de discusión que pesa sobre las últimas decisiones de la candidata, que para algunos uribistas pura sangre y sectores fuertes de la derecha colombiana han sido ‘incoherentes’ con las banderas que han impulsado su camino hacia la Casa de Nariño.
Valencia representa al Centro Democrático, una colectividad identificada históricamente con la derecha y el uribismo, mientras que el recorrido diplomático ha estado marcado por posiciones y respaldos que, en distintos momentos, terminaron acercándose a sectores progresistas y a procesos promovidos por gobiernos de izquierda en América Latina.
El exsecretario general de la Organización de los Estados Americanos mantuvo durante años una postura frontal contra Nicolás Maduro y fue uno de los principales impulsores del desconocimiento internacional de su legitimidad.
Sin embargo, en 2022 sorprendió con un viraje político al plantear la necesidad de una “cohabitación” entre el chavismo y la oposición venezolana.
Registrado por varios medios internacionales, Almagro sostuvo que la salida de Maduro “probablemente no fuera el objetivo más viable, realizable ni realista”, y defendió fórmulas de diálogo y poder compartido entre las partes.
Ese cambio fue interpretado por analistas regionales como una aceptación de que la estrategia de aislamiento internacional contra el Gobierno venezolano había fracasado.
Incluso, expertos citados en análisis internacionales aseguraron que Almagro entendió que el nuevo mapa político latinoamericano, con más gobiernos de izquierda y centroizquierda, obligaba a replantear la estrategia frente a Caracas.
Ello se tradujo en varios años de apoyo entre las sombras al régimen y en una reducción de las declaraciones públicas de condena a la represión en Venezuela.
La relación de Almagro con proyectos impulsados por gobiernos progresistas también quedó reflejada en Colombia.
Durante el Gobierno de Gustavo Petro, la OEA respaldó públicamente al mandatario cuando enfrentaba las investigaciones adelantadas por el Consejo Nacional Electoral y la Procuraduría General sobre las irregularidades en la financiación de su campaña presidencial Petro, Presidente. En ese momento, el organismo insistió en la necesidad de preservar las garantías democráticas y el respeto por la institucionalidad.
Tras una visita de Almagro a Colombia, el pronunciamiento reforzó la argumentación de Petro. Según el secretario general de la OEA, los órganos estatales que no pertenecen a la jurisdicción penal, incluidos los órganos de control administrativo, debían abstenerse de actuar contra la legitimidad del presidente electo popularmente que, según Almagro, es esencial para el funcionamiento democrático y el Estado de derecho.
Además, la OEA, bajo la dirección de Almagro, respaldó de manera reiterada el proceso de paz colombiano y el acuerdo firmado con las extintas Farc-EP.
La Misión de Apoyo al Proceso de Paz del organismo celebró los avances del acuerdo y pidió mantener los esfuerzos de implementación en distintas regiones del país.
Dicha situación ha sido interpretada por los sectores más radicales de la política colombiana como un contrasentido si se tiene en cuenta que Paloma Valencia ha sido una de las más férreas opositoras de los Acuerdos de Paz de La Habana impulsados por el gobierno de Juan Manuel Santos.
El aterrizaje político de Almagro en la campaña de Paloma Valencia genera ahora un panorama donde las lecturas son cruzadas.
Mientras la candidata busca consolidar apoyos internacionales en plena carrera presidencial, sectores críticos recuerdan que el exdiplomático uruguayo terminó defendiendo salidas negociadas con Maduro y acompañando iniciativas asociadas a gobiernos y agendas de izquierda en la región.