Las elecciones presidenciales de 2026 dejaron distintos elementos de análisis sobre el comportamiento del electorado colombiano. Entre ellos, el papel de las comunidades religiosas y su capacidad de movilización política ha cobrado relevancia tras una contienda definida por una diferencia cercana a los 250.000 votos en segunda vuelta.
En una entrevista con SEMANA, el consultor político Nicolás Rojas Holguín sostuvo que uno de los fenómenos más significativos del proceso electoral fue la consolidación de un sector de votantes identificado con valores religiosos y conservadores, cuya influencia, según afirmó, había sido subestimada durante años por diversos actores políticos.
“Durante años, la política colombiana cometió el mismo error: subestimar el poder electoral de la fe”, afirmó Rojas Holguín. Según explicó, mientras “gran parte de los análisis se concentraban en las encuestas, las alianzas partidistas y las estructuras regionales tradicionales, las comunidades de fe fortalecían su presencia social y territorial en distintas regiones del país”.
El consultor señaló que Colombia continúa siendo una sociedad mayoritariamente creyente y destacó el peso demográfico de los sectores evangélicos y protestantes. A su juicio, la discusión no era la existencia de ese electorado, sino quién lograría interpretarlo políticamente.
En ese contexto, aseguró que la campaña de Abelardo De La Espriella centró parte de su estrategia en mensajes relacionados con Dios, la familia, la libertad religiosa, la defensa de la vida y los valores cristianos. “De La Espriella estaba construyendo una comunidad política alrededor de principios compartidos y hablándole directamente a millones de colombianos que sentían que sus convicciones no estaban suficientemente representadas dentro de la conversación pública”, indicó.
Rojas Holguín también destacó la capacidad de movilización de las comunidades religiosas durante la campaña. Según dijo, miles de líderes, congregaciones e iglesias participaron en procesos de organización y pedagogía ciudadana que contribuyeron a transformar afinidades culturales en participación política.
Dentro de ese proceso, mencionó la labor de la denominada Gerencia Nacional de la Fe, liderada por Marco Acosta. “Lo ocurrido en 2026 fue diferente; miles de líderes religiosos, congregaciones y comunidades desarrollaron un trabajo silencioso de pedagogía, organización y participación ciudadana que permitió transformar una afinidad cultural en una expresión política concreta”, afirmó.
Finalmente, sostuvo que uno de los principales resultados de este proceso fue evidenciar que las comunidades de fe pueden desempeñar un papel relevante dentro del debate público nacional cuando actúan de manera organizada alrededor de objetivos comunes. “Durante años se habló de las comunidades de fe como actores sociales relevantes; esta elección demostró que también pueden convertirse en actores políticos con capacidad de incidencia nacional cuando logran organizarse alrededor de objetivos comunes”, concluyó.