SEMANA: ¿Qué piensa de que exista un proyecto de ley que lleve su nombre y que surgiera a partir de su historia?
LAURA: Hace justicia a la Laura de 15 años que necesitaba sanar el trauma del abuso sexual que vivió en su infancia, trauma por el que cargaba un fuerte miedo a ser mujer, inseguridad, ansiedad y depresión. Pero en vez de recibir un tratamiento adecuado, pasó el resto de su adolescencia en un pesado proceso médico experimental, negligente, doloroso e innecesario. Sé que mi caso no es el único y que hay más personas que usan su transición para escudarse o escapar de aquello que no saben enfrentar; esta ley es para ellos y para evitar que la historia se repita en el futuro.
SEMANA: ¿Se siente representada por la forma en que los promotores de la ley están contando su caso?
LAURA: Sí me siento representada; Jonathan Silva y el equipo que lo acompaña, y la Fundación Nueva Democracia, me han brindado todo su apoyo y se unieron para llevar este proyecto al Congreso y presentarlo ante la bancada provida; además, pidieron mi autorización para que lleve mi nombre. Ellos confían en los políticos que hoy están al frente en el Congreso, y eso me da tranquilidad. Además, los congresistas que he visto levantar la voz lo han hecho con altura y respeto hacia mí y hacia todas las víctimas de este proceso.
SEMANA: ¿Qué cree que todavía no se sabe sobre los tratamientos de reafirmación de género en menores?
LAURA: En cuanto a los médicos, no debe haber mucho que ellos no sepan con respecto a esto, pero pienso que sí hay mucho que conscientemente ignoran para poder seguir con su narrativa que se contradice Atanto. Puede que se estén pasando por alto diversos factores que llevan a un menor a cuestionar su identidad (abuso sexual, bullying, maltrato, contagio social). Según lo que viví en la Clínica de Género para Niños y Adolescentes de la Fundación Valle del Lili, considero peligrosa la terapia afirmativa, ya que no busca la raíz de la inconformidad de género, solo reafirma la identidad “trans”. Esto puede enfrascar al menor en esa identidad, dirigiéndolo a tratamientos hormonales y cirugías de reafirmación de los que se puede arrepentir. Es alarmante cómo muchos hablan sobre los bloqueadores hormonales como una solución para lo meramente estético, ignorando sus consecuencias en un cuerpo sano (no hablo de los niños con pubertad precoz). ¿Vale la pena alterar un cuerpo sano cuando las consecuencias pueden ir desde depresión hasta algo aún más grave como problemas óseos e infertilidad?
SEMANA: ¿Qué aspectos cree que deberían investigarse antes de prohibir estos tratamientos?
LAURA: Ya hay suficiente investigación profesional y médica de la más alta calidad que nos permite concluir que hay que prohibirlos. Está el Informe Cass y el documento que presentó el año pasado el Departamento de Salud de Estados Unidos. Hoy más que nunca sabemos que no está claro que esos tratamientos sean beneficiosos y, por el contrario, sí sabemos que pueden causar daños. Lo prudente para proteger a los niños es no permitirlos.
SEMANA: ¿Dónde cree que debería estar el límite entre la decisión de los padres, la autonomía del menor y la decisión de los médicos?
LAURA: Hasta ahora no se ha encontrado manera de confirmar si un paciente es o no transgénero; hay incluso casos de adultos que transicionan con el apoyo de un equipo médico bajo los protocolos de transición y luego se arrepienten. ¿Cómo se puede estar seguro, entonces, de que un niño sí es transgénero? No se debería transicionar a un menor; no existe certeza de que se hace lo correcto y se pone en riesgo su salud y su futuro. Cualquier médico que afirme que se puede estar seguro de si un menor es transgénero, está mintiendo. Tres profesionales de la Fundación Valle del Lili (endocrino, psicóloga, psiquiatra) conformaron el equipo interdisciplinario que me atendió, equipo según Mario Angulo, muy preparado en el tema, pero claramente no sabían qué estaban haciendo conmigo.
SEMANA: ¿Cree que un menor tiene la capacidad para comprender las consecuencias de algunos de estos tratamientos?
LAURA: No, simplemente porque su cerebro no se ha terminado de desarrollar. No se debe tomar como definitiva una idea que surge en una etapa que naturalmente es de exploración y constante cambio, y no se debe confundir el que un niño aprenda lo que le dicen que se hace en un tratamiento de género con que el niño lo analice a profundidad, comprenda su complejidad y tenga su criterio sobre ello. A todos en la infancia nos enseñaron algo que creímos plenamente cierto, pero que al crecer y analizarlo con madurez, lo empezamos a cuestionar y formamos una idea distinta al respecto.
SEMANA: ¿Qué les responde a quienes dicen que su caso es excepcional y que no debería servir para cambiar las reglas para todos los menores?
LAURA: No es un caso excepcional en los países pioneros del tratamiento de género para menores, en donde estos tratamientos se iniciaron desde años antes que en Colombia, y de los cuales se trajo el modelo de tratamiento que se está manejando acá ahora. En esos países ya se prohíbe el tratamiento porque resultó ser un error. ¿Por qué se insiste en seguir implementando un tratamiento que ha demostrado no funcionar? Deberíamos aprender de los errores; la historia se repite y es cruel esperar a que una gran cantidad de niños en Colombia queden con las cicatrices de esto para frenarlo.
SEMANA: ¿Qué les diría a quienes consideran que prohibir estos tratamientos puede perjudicar a otros menores?
LAURA: Así como defienden el tratamiento basándose en los resultados “de éxito” de los países que lo implementaron primero, debería también tenerse en cuenta la cantidad de casos fallidos. Actualmente, en varios de esos países hay una ola de transiciones tan grande como hace unos años hubo una ola trans. Se debe analizar el panorama completo, no solo la parte que agrada a su narrativa. Ningún menor se va a perjudicar por no quedar químicamente castrado y con su cuerpo irremediablemente alterado antes de la mayoría de edad.
SEMANA: Si la ley se aprueba, ¿qué espera que cambie en Colombia?
LAURA: Que los menores puedan tener una atención médica adecuada, en estos casos, de cuestionamiento de su identidad. Que tengan acceso a terapia en la que no se afirme ciegamente la identidad con la que llegan al consultorio, sino que se les permita y se les invite a explorar de dónde viene, por qué se identifican con ello. Y si, como en muchos casos, hay un trauma antes que la idea de cambio de identidad, este debe ser tratado primero. Los menores deben tener la oportunidad de crecer y llegar a su madurez mental sin pasar por cambios irreversibles que los dejen no solo con una apariencia física alterada de la cual se pueden arrepentir, sino también con problemas de salud desde temprana edad.
SEMANA: ¿Qué le gustaría que los congresistas entendieran de su historia antes de votar esta ley?
LAURA: Que no se trata solamente de un caso excepcional de mala praxis, que además de los graves errores de Mario Angulo, hay serios problemas con esos procedimientos en general y con el enfoque afirmativo que no le da alternativas sanas a los menores de edad.
SEMANA: ¿Qué cree que se debió hacer distinto o qué debieron hacer los médicos en su caso?
LAURA: Se debieron tratar los problemas en el orden en que aparecieron; el abuso sexual debió ser tratado primero, ya que de ahí surgió la ansiedad, depresión, el miedo a ser mujer. Pero a pesar de la insistencia de mis padres para que fuera tratado, y de lo obvio que era el dolor que cargaba del abuso, a este trauma no se le dio importancia y nunca fue tratado. Es obvio que una niña con miedo a ser mujer no va a querer ser mujer y el rechazo a lo femenino puede muy probablemente venir a raíz de ese trauma. Pero, según estos médicos y la ideología de género, el abuso sexual no tiene nada que ver con que una niña ya no quiera ser niña.