Desde la creación de la máquina capaz de convertir combustibles fósiles en energía mecánica, hace más de tres siglos, la actividad humana ha liberado de forma constante grandes cantidades de gases a la atmósfera. Estas emisiones de humo han alterado el equilibrio natural del planeta al permitir la entrada de la radiación solar, pero dificultar su salida, generando un efecto de acumulación de calor.
Como consecuencia, la temperatura global ha ido en aumento. Sin embargo, el impacto de estos gases no se limita al calentamiento del planeta: también están afectando gravemente a los océanos, modificando su composición y poniendo en riesgo la vida marina. Este proceso, silencioso pero progresivo, podría tener consecuencias devastadoras si no se toman medidas urgentes.
La acidificación de los océanos se ha convertido en uno de los procesos clave que preocupan a la comunidad científica internacional. Este fenómeno hace parte de los nueve límites planetarios definidos por la Organización de las Naciones Unidas y expertos de todo el mundo, los cuales marcan el umbral que no debería superarse para evitar daños irreversibles en los ecosistemas.
No obstante, a mediados de 2025, la acidificación oceánica cruzó ese límite, encendiendo las alarmas sobre la urgencia de tomar medidas frente a sus efectos.
De acuerdo con Alberto Acosta, profesor del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana, este proceso se produce cuando los océanos absorben grandes cantidades de dióxido de carbono, alterando su química natural.
Investigaciones recientes, lideradas junto al grupo Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis), han permitido obtener los primeros datos de alta resolución sobre este fenómeno en el Pacífico colombiano, dejando en evidencia sus impactos y la gravedad de haber superado un límite planetario.
Rebasar un límite planetario implica alcanzar un punto en el que se desencadenan transformaciones duraderas o irreversibles en los sistemas de la Tierra. La acidificación de los océanos ya se convirtió en el séptimo de los nueve límites en ser sobrepasado, lo que obliga a anticipar y afrontar sus consecuencias.
Para el investigador Alberto Acosta, el panorama es preocupante, aunque todavía existen alternativas para reducir los impactos. En su análisis, la acción más urgente es detener de manera inmediata las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que implica disminuir drásticamente el uso de combustibles como el gas, el petróleo y el carbón, principales responsables tanto del calentamiento global como de la acidificación de los océanos.
Entre las posibles estrategias, también se ha planteado estimular el crecimiento de fitoplancton mediante la adición de nutrientes en el mar. Estos organismos tienen la capacidad de capturar dióxido de carbono a través de la fotosíntesis y, al morir, transportar ese carbono hacia el fondo oceánico. Sin embargo, esta alternativa no está exenta de riesgos, ya que podría reducir los niveles de oxígeno en el agua y generar graves afectaciones en los ecosistemas marinos.
El experto compara esta situación con el tratamiento de una enfermedad avanzada, en la que se recurre a múltiples terapias a pesar de sus efectos secundarios. Bajo esta lógica, advierte que algunas soluciones pueden traer consecuencias negativas, pero insiste en que reducir la concentración de CO2 en los océanos es una condición necesaria para evitar un deterioro mayor del planeta.
En ese contexto, el mensaje es contundente: sin una reducción inmediata de las emisiones, ninguna medida será suficiente. Aunque los daños acumulados ya son significativos, el futuro aún no está completamente definido. Las decisiones que se tomen ahora serán determinantes para la salud de los océanos y la supervivencia de las próximas generaciones.