Antes de que el agujero en la capa de ozono fuera descubierto en la década de 1980, ya existían señales de su deterioro. Un nuevo estudio realizado por científicos del MIT (Estados Unidos) plantea que los primeros indicios del agotamiento aparecieron en 1957, cerca de 30 años antes de lo que se creía.
Sin embargo, estas señales no se detectaron en la Antártida, sino en la estratosfera superior de los trópicos, y no fueron provocadas por los clorofluorocarbonos (CFC), sino por otro compuesto industrial: el tetracloruro de carbono. Los hallazgos fueron publicados en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences.
El agujero de ozono antártico fue identificado en 1985, cuando los científicos comprobaron una fuerte disminución del ozono estratosférico, la capa que protege a la Tierra de la radiación ultravioleta. Las investigaciones demostraron que los CFC, utilizados durante décadas como refrigerantes, propelentes, agentes espumantes y disolventes, eran los principales responsables del problema.
Tras la implementación de medidas internacionales para reducir su uso, especialmente a partir del Protocolo de Montreal, la capa de ozono ha mostrado signos de recuperación, sobre todo en la Antártida.
El hallazgo del agujero de ozono fue posible gracias a las herramientas de medición disponibles en ese momento. Desde entonces, el desarrollo de satélites y tecnologías de monitoreo ha permitido seguir de cerca la evolución y recuperación de la capa de ozono.
Con esas capacidades actuales en mente, los investigadores se preguntaron qué habría ocurrido si esa tecnología hubiera existido décadas antes. En otras palabras, quisieron saber si habría sido posible detectar mucho antes los primeros indicios del agotamiento de la capa de ozono causado por la actividad humana y, de ser así, cuándo y dónde habrían aparecido.
Para responder esa pregunta, el equipo, liderado por la química atmosférica Susan Solomon, realizó un experimento teórico en el que imaginó un escenario en el que las herramientas modernas de monitoreo hubieran estado disponibles durante todo el siglo XX. A partir de modelos que reconstruyen la química de la atmósfera a lo largo del tiempo, los investigadores lograron identificar cuándo, dónde y por qué habría sido detectable la primera señal de deterioro.
“Según los libros de texto, los CFC provocan el agotamiento de la capa de ozono”, explicó Jian Guan, primer autor del estudio y estudiante de posgrado del Departamento de Ciencias de la Tierra, la Atmósfera y los Planetas (EAPS) del MIT. “Resulta que existía otro compuesto que causaba el agotamiento de la capa de ozono mucho antes que los CFC. Esto fue una gran sorpresa”.
La propia Susan Solomon, considerada una de las pioneras en el estudio del ozono y la primera científica en demostrar que los CFC eran los principales responsables del deterioro del ozono en la Antártida, reconoció que los resultados la sorprendieron.
“El hecho de que el agotamiento de la capa de ozono se hubiera producido ya a finales de la década de 1950, mucho antes de lo que yo hubiera imaginado, me dejó absolutamente asombrada”, afirmó la investigadora, profesora de Estudios Ambientales y Química del MIT. “Este estudio demuestra la importancia de seguir monitoreando la atmósfera para comprender plenamente cómo responde y cómo se recupera”.
Cómo reconstruyeron la historia de la atmósfera
Para desarrollar el estudio, los investigadores utilizaron un enfoque hipotético basado en las capacidades actuales de monitoreo. Estas herramientas permiten distinguir con mayor precisión una señal de pérdida de ozono causada por la actividad humana del “ruido” generado por la variabilidad natural del clima, como las erupciones volcánicas o fenómenos como El Niño.
Con ese objetivo, el equipo reprodujo la química atmosférica del último siglo mediante 16 simulaciones distintas. Cada una representó diferentes condiciones de latitud, altitud y dinámica atmosférica, además de las concentraciones e interacciones del ozono con otras moléculas.
Los modelos también incorporaron la influencia de fenómenos naturales para establecer un rango de variabilidad que sirviera como referencia. Después añadieron los distintos compuestos industriales liberados a la atmósfera a lo largo del siglo pasado.
Los núcleos de hielo, extraídos mediante perforaciones profundas en la Antártida y el Ártico, conservan burbujas de aire atrapadas durante siglos. Gracias a ellas, los científicos pueden reconstruir la composición de la atmósfera en diferentes épocas.
Al combinar los registros industriales con la información obtenida de los núcleos de hielo, los científicos encontraron una señal clara de pérdida de ozono de origen humano en 1957. Además, identificaron que esa primera evidencia aparecía en la estratosfera superior de los trópicos y no en la Antártida.
Según los investigadores, el deterioro probablemente ya estaba ocurriendo a escala global, pero resultaba más fácil detectarlo en los trópicos porque allí las fluctuaciones naturales son menores, lo que permite distinguir con mayor claridad los cambios provocados por la actividad humana.
*Con información de Europa Press.