La misión Artemis II entra en su etapa más delicada. Tras recorrer cerca de 700.000 kilómetros en el espacio profundo y sobrevolar zonas inexploradas de la cara oculta de la Luna, los astronautas Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen se enfrentan al desafío final: el regreso a la Tierra, considerado el momento más riesgoso de toda la travesía.
El punto crítico de esta fase se concentra en apenas 14 minutos, un lapso en el que se juntan condiciones extremas.
Durante la reentrada, la cápsula debe soportar velocidades hipersónicas, temperaturas similares a las de una estrella y fuerzas gravitacionales que ejercen una presión intensa sobre el cuerpo de los tripulantes, empujándolos contra sus asientos.
Según lo previsto, la nave acuatizará en el océano Pacífico, frente a la costa de San Diego, hacia las 17:07 hora local (7:07 p. m. en Colombia).
Tras el aterrizaje, equipos de la Nasa y unidades militares participarán en el rescate, facilitando la salida de los astronautas de la cápsula y su posterior traslado hacia un buque de recuperación.
Luego de completar su recorrido alrededor de la Luna, la cápsula Orión spacecraft no necesita activar motores para volver. Al alejarse de la influencia lunar, inicia una extensa caída controlada hacia la Tierra, orientándose con su parte trasera hacia el Sol y guiándose únicamente por las leyes de la gravedad y la mecánica orbital.
Además, la etapa más peligrosa del descenso comienza a unos 120 kilómetros de altura, muy por encima de lo que alcanza la aviación comercial. Desde ese punto, la nave incrementa su velocidad de forma progresiva hasta llegar a cerca de 40.000 kilómetros por hora al entrar en la atmósfera terrestre, una cifra muy superior a la de otras misiones tripuladas.
En esas condiciones, la cápsula no corta el aire, sino que lo comprime con tal intensidad que genera una onda de choque capaz de elevar la temperatura a niveles extremos.
Como consecuencia, se forma un plasma incandescente que envuelve completamente la nave, ocultando el vacío oscuro del espacio tras una capa de luz ardiente.
Este fenómeno ha sido descrito por astronautas de misiones anteriores. Charlie Duke, del Apollo 16, lo definió como “entrar en una bola de fuego”. Una percepción similar comparte Victor Glover, piloto de Artemis II, quien aseguró que “atravesar la atmósfera montados en una bola de fuego también es algo profundamente impactante”.
En este escenario, la seguridad de la tripulación depende casi por completo del escudo térmico de la cápsula Orión spacecraft.
Este componente, fabricado con un material especial llamado Avcoat, está diseñado para desintegrarse de manera controlada mientras soporta el calor extremo. Al desprenderse en capas, disipa la temperatura acumulada y protege el interior, evitando que la estructura de la nave colapse durante la reentrada.
Durante la reentrada, los astronautas deben soportar fuerzas gravitacionales extremas que presionan sus cuerpos con gran intensidad.
Jim Lovell, veterano de las misiones Apollo 8 y Apollo 13, describió esta sensación como “si una mano gigante te empujara contra el asiento”. En términos físicos, una persona de 80 kilos puede experimentar una carga equivalente a más de 500 kilos durante varios segundos.
A esta presión se suma un fenómeno inquietante: el silencio absoluto. Mientras la cápsula desciende envuelta en plasma, las comunicaciones con la Tierra se interrumpen por completo. Desde el centro de control en Houston, la nave incluso desaparece momentáneamente de los radares, quedando aislada.
Este periodo de incomunicación representa uno de los mayores riesgos, ya que cualquier fallo debe resolverse sin asistencia externa. Sin embargo, si todo avanza según lo planeado, el contacto con la Tierra se restablece en los últimos minutos de la maniobra, cuando la cápsula ya ha superado la fase más crítica de la reentrada.
En la fase final del descenso, a pocos kilómetros de altura, se despliegan los paracaídas más grandes, de gran tamaño y alta resistencia, que terminan de frenar la nave hasta alcanzar una velocidad segura para el impacto con el agua. En cuestión de minutos, la cápsula pasa de viajar a velocidades extremas a descender suavemente, similar a un vehículo en movimiento urbano.
Tras el amerizaje en el océano Pacífico, la cápsula activa un sistema de flotación que garantiza su estabilidad en el agua. Equipos de rescate, incluidos buzos especializados, aseguran la nave y facilitan la salida de la tripulación. Solo cuando los astronautas son trasladados al buque de recuperación, como el USS John P. Murtha, se considera concluida la misión Artemis II.