Cuando uno piensa en un volcán activo, lo normal es imaginar ríos de lava, columnas de ceniza y erupciones como la que sepultó Pompeya bajo el Vesubio, las del Etna en Sicilia, el Kīlauea en Hawái o las espectaculares explosiones que, de vez en cuando, sacuden Islandia. Lo que cuesta mucho más imaginar es uno que, además de escupir roca fundida y gases, lance diminutos cristales de oro puro a la atmósfera. Y, sin embargo, existe.
Está en la Antártida y se salta el guion por completo. No solo es el volcán activo más austral del planeta, sino que es también, hasta donde alcanza el conocimiento científico, el único que expulsa diminutos cristales de oro puro al aire. Sí, oro. El mismo que se pesa en gramos y se cotiza en bolsa.
El volcán Erebus, gigante de la Antártida
Se llama monte Erebus y se levanta en la isla de Ross, a unos 1.350 kilómetros del Polo Sur geográfico. Con sus 3.794 metros de altura es también el volcán más alto de la Antártida. Lo avistó –al parecer, en plena erupción– el capitán Sir James Clark Ross en 1841 y, desde entonces, no ha dejado de darle dolores de cabeza a los vulcanólogos.
Y es que en el fondo de su cráter burbujea un lago de lava permanente que permanece activo, al menos, desde 1972. Se trata de uno de los escasos lagos de lava persistentes que existen en la Tierra, un fenómeno que solo se observa en un reducido grupo de volcanes.
Un volcán que expulsa oro puro
Pero lo más extraordinario del Erebus no está en la lava. De su cráter emerge, día tras día, una columna de gases que esconde un secreto brillante. Entre ellos viajan diminutos cristales de oro elemental, un fenómeno que no se ha observado en ningún otro volcán del planeta.
Un estudio publicado en 1991 en Geophysical Research Letters estimó que el Erebus expulsa unos 80 gramos diarios de partículas microscópicas de oro. Al precio actual del metal, esa cantidad rondaría los 6.000 dólares al día, una equivalencia que IFLScience utilizó recientemente para poner el fenómeno en perspectiva.
La cifra impresiona y, sobre el papel, parece una pequeña fortuna, pero nadie se hará rico con ella. El oro viaja disperso en partículas microscópicas que el viento arrastra a grandes distancias y de las que se han encontrado rastros hasta a 1.000 kilómetros del volcán.
Oro en otros volcanes
Eso sí, encontrar oro en emisiones volcánicas no es algo completamente excepcional. Como explica Science Alert, también se han detectado trazas en el Kīlauea, en Hawái; el Etna, en Italia; el Augustine, en Alaska; o El Chichón (Chichonal), en México.
¿Cómo llega ese oro hasta los gases volcánicos? Los investigadores creen que el proceso comienza en el propio magma. Cuando asciende desde las profundidades de la Tierra arrastra una mezcla de elementos como cobre, plata, mercurio, arsénico, azufre y oro. Parte de esos elementos puede combinarse para formar compuestos volátiles que viajan con los gases volcánicos.
El oro, sin embargo, presenta una dificultad añadida. Su punto de ebullición es demasiado elevado para volatilizarse directamente en las condiciones habituales de un volcán. La hipótesis es que consigue “colarse” en la nube de gases unido a compuestos ricos en cloro o azufre y viaja con ellos hasta alcanzar la atmósfera.
Lo que hace único al Erebus
Hasta ahí, el proceso podría explicar la presencia de oro en distintos volcanes. Lo que hace diferente al Erebus es lo que ocurre después: por algún motivo que aún no se comprende del todo, ese oro aparece en forma de cristales puros, un fenómeno que sigue siendo único entre los volcanes conocidos.
Y esa rareza no parece deberse a que el Erebus contenga más oro en sus emisiones. Como explica Science Alert, las estimaciones disponibles atribuían al Kīlauea entre 500 y 800 gramos diarios y al Etna hasta 2,4 kilogramos. En esos casos, sin embargo, el oro se había identificado como trazas en las emisiones; lo singular del Erebus es que se presenta como cristales de oro elemental.
¿Cómo lo consigue? Nadie tiene una respuesta convincente. Una de las hipótesis plantea que el oro, transportado por compuestos ricos en cloro presentes en los gases volcánicos, se cristaliza a medida que estos se enfrían tras salir del cráter.
El problema es que esos gases contienen cantidades tan pequeñas de oro que resulta difícil explicar cómo pueden llegar a formarse cristales tan perfectos.
La otra posibilidad la propuso el vulcanólogo Philip Kyle, del Instituto de Minería y Tecnología de Nuevo México. Su propuesta plantea que los cristales no nacerían en el aire, sino que empezarían a crecer poco a poco sobre una fina costra formada en la superficie del lago de lava. Después, la corriente de gases que asciende desde el interior del volcán los desprendería y los transportaría hacia la atmósfera.
Cuevas de hielo y hongos en el cráter
Y como si emitir oro no fuera suficiente, el Erebus todavía guarda otra sorpresa. Con el paso del tiempo, sus gases calientes han ido esculpiendo una red de cuevas de hielo fumarólicas. Según recoge IFLScience, en 2013 se documentó allí lo que se considera el primer registro de una comunidad de hongos –61 especies– instalada en un ecosistema volcánico antártico, oscuro y pobre en nutrientes.
Curiosamente, esos hongos necesitan lípidos para crecer, algo asociado a la piel animal, lo que llevó a los investigadores a plantear que probablemente se trate de contaminación humana, quizá arrastrada por las expediciones científicas que visitan la zona desde la llamada “Era Heroica” de la exploración antártica. La cueva Warren, una de las más frecuentadas, está a apenas 300 metros del borde del cráter.
Por ahora, contemplar el Erebus con tus propios ojos sigue siendo un privilegio reservado a muy pocos. Hace falta viajar hasta la Antártida y, con suerte, observarlo desde un crucero o desde una expedición científica.
Mientras tanto, el volcán seguirá haciendo lo que lleva décadas haciendo. Liberar gases volcánicos que transportan diminutos cristales de oro que el viento acaba dispersando sobre el hielo antártico.
*Con información de DW.