El próximo 12 de agosto, el mundo será testigo de un eclipse total de Sol que podrá observarse al atardecer. Sin embargo, contemplarlo sin la protección adecuada puede causar lesiones irreversibles en la vista.
En ese contexto, Elena Salobrar, profesora del Departamento de Inmunología, Oftalmología y ORL e investigadora del Instituto de Investigaciones Oftalmológicas Ramón Castroviejo de la Universidad Complutense de Madrid, recuerda que el ojo humano es “un instrumento óptico extraordinario, capaz de adaptarse a condiciones de luz muy diferentes, desde la penumbra de una noche cerrada hasta el mediodía de verano”. No obstante, advierte que hay una fuente de luz para la que nunca fue diseñado: el Sol.
“La razón está en nuestra propia anatomía. El sistema de lentes del ojo, formado por la córnea y el cristalino, actúa como una lupa natural que concentra la imagen sobre la retina. Cuando miramos directamente al Sol, toda esa energía luminosa y térmica se enfoca en un punto muy pequeño de la retina, la fóvea, donde se encuentra la visión más nítida. El resultado es devastadoramente simple: una quemadura irreversible en la zona más importante de nuestro sistema visual”, explica.
El riesgo es aún mayor porque la retina no tiene receptores del dolor. Es decir, una persona puede estar sufriendo un daño permanente sin experimentar molestias, ardor o dolor en ese momento.
En condiciones normales, mirar al Sol resulta prácticamente imposible. El deslumbramiento, el reflejo de apartar la vista y la contracción de la pupila funcionan como mecanismos naturales de protección.
Sin embargo, durante un eclipse parcial o en los momentos previos y posteriores a la totalidad ocurre un fenómeno engañoso. La disminución de la luz ambiental hace que el cerebro perciba el entorno más oscuro, la pupila se dilate en busca de mayor iluminación y la persona sienta que puede observar el Sol sin inconvenientes.
Pero la radiación continúa llegando. En especial, la ultravioleta y la infrarroja —invisibles para el ojo humano y altamente perjudiciales— no disminuyen en la misma proporción que la luz visible. “El ojo está ahora más abierto y más expuesto, justo cuando la guardia baja”, advierte la especialista.
Este daño se conoce como retinopatía solar y se produce por dos mecanismos. Por un lado, la radiación ultravioleta genera radicales libres que lesionan las células fotorreceptoras, conocidas como conos y bastones. Por otro, la radiación infrarroja produce un efecto térmico que literalmente quema el tejido de la retina a nivel microscópico.
Entre las señales más frecuentes están la visión borrosa o distorsionada, especialmente en el centro del campo visual; la aparición de una mancha oscura o gris permanente (escotoma central); la percepción deformada de las líneas rectas, conocida como metamorfopsia; además de una mayor sensibilidad a la luz y dolor de cabeza.
Las gafas de sol convencionales no protegen
Las gafas de sol comunes no sirven para observar un eclipse. Aunque existe protección eficaz y de fácil acceso, esta debe cumplir requisitos muy específicos.
Según la investigadora, uno de los errores más frecuentes es pensar que unas gafas muy oscuras ofrecen la misma seguridad que unas gafas para eclipses. En realidad, las gafas de sol convencionales, incluso las de mayor protección, solo bloquean entre el 70 % y el 90 % de la luz visible, mientras permiten el paso de buena parte de la radiación ultravioleta e infrarroja.
Las gafas homologadas para eclipses deben cumplir la norma internacional ISO 12312-2, que establece que la cantidad de luz que atraviesa el filtro no puede superar el 0,0032 %. Esto significa que bloquean más de 100.000 veces más luz que unas gafas de sol convencionales.
Estos filtros están elaborados con polímero negro o con láminas de Mylar metalizado, materiales que bloquean de forma eficaz la radiación visible, ultravioleta e infrarroja.
*Con información de Europa Press