Algo inesperado descubrieron científicos en una perforación de 183 metros de profundidad en la plataforma de hielo de Ross, en la Antártida: una forma de vida inesperada en un ambiente prácticamente aislado de la luz solar y ubicado a unos 32 kilómetros del océano abierto. El hallazgo ocurrió durante una misión de la NASA en 2009.
Para explorar este entorno, los científicos introdujeron una cámara desarrollada por el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) a través de un estrecho agujero perforado en el hielo. El objetivo inicial era observar la parte inferior de la plataforma y, eventualmente, detectar algún tipo de actividad microbiana.
Sin embargo, las imágenes registraron una escena mucho más sorprendente: un pequeño animal nadaba alrededor del cable y se acercaba al equipo. La criatura identificada correspondía a un anfípodo lisianásido, un pequeño crustáceo relacionado con las gambas, que se desplazaba con aparente normalidad bajo la plataforma de hielo.
Su descubrimiento llamó la atención porque no se trataba de un organismo simple o microscópico, sino de un animal relativamente complejo dentro de la cadena alimentaria. Su presencia evidenciaba que estos ambientes oscuros podrían contar con recursos suficientes para sustentar otras formas de vida.
El científico de la NASA Robert Bindschadler señaló en ese momento: “Estábamos todos reunidos alrededor del monitor, fascinados por lo que veíamos en el fondo de nuestro agujero”. Además, una bióloga marina que participaba en la misión destacó lo inesperado del hallazgo, especialmente por la distancia que separaba el punto de observación del océano abierto. La aparición del animal planteó la posibilidad de que bajo el hielo antártico exista una comunidad ecológica mucho más amplia y hasta ahora desconocida.
“Nadaba alrededor, se posaba sobre el cable, lo observaba desde todos los ángulos y subía y bajaba. Estoy seguro de que fue un día muy interesante en la vida de aquel anfípodo, igual que lo fue para nosotros”, añadió Bindschadler al explicar que el anfípodo no se limitó a atravesar fugazmente el campo de visión.
Estos animales cumplen una función de carroñeros marinos, ya que se alimentan de restos de peces, focas y pingüinos. Su presencia bajo una capa de hielo de 183 metros y a decenas de kilómetros del océano abierto plantea varias preguntas sobre cómo llegan los nutrientes hasta este entorno aislado.
Además, durante la recuperación del cable utilizado en la exploración, los científicos encontraron restos compatibles con medusas adheridos al equipo, dejando en evidencia que existe actividad animal en esta región oculta bajo el hielo antártico.