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| 12/1/2019 12:00:00 AM

Del rap a la paz: la fundación que combate la violencia juvenil con música

La escuela itinerante ‘Del Norte Bravos Hijos’ enseña a los jóvenes cucuteños sobre hip hop, graffiti, derechos humanos y memoria para construir ciudadanía.

Fundación Quinta con Quinta en Cúcuta combate la violencia juvenil En 2016 la Fundación Quinta con Quinta puso en marcha la escuela itinerante ‘Del Norte Bravos Hijos’. Foto: Yeison Picón.

A Jorge Enrique Botella Sanguino lo miran raro cuando baja a ‘parchar’ a la quinta con quinta, en la comuna Juan Atalaya, de Cúcuta. Unos pantalones talla 38 –de su hermano mayor– y un camisón gigante hacen ver aún más flaco su cuerpo de 14 años. El rap todavía es una música desconocida en Norte de Santander, así como su ropa ancha característica. A él le llegó desde Venezuela, aunque el gusto por las rimas lo sacó de las coplas paisas que veía en Sábados Felices.

A finales de los noventa los paramilitares “repartían volantes firmados por las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá (AUCU). Buscaban con lista en mano a los líderes comunales”, explica la iniciativa Colombia Nunca Más. “En aquel momento era el único rapero que había”, recuerda Jorge Enrique. Ahiman –nombre artístico que eligió– fue hilando su reputación durante años, y su pasión por la música lo alejó de las garras de las bandas criminales hasta que, por fin, la violencia amainó. En 2007 empezó a ‘parchar’ con amigos y amigas que compartían el gusto por el rap. De ahí salió el colectivo Quinta con Quinta, convertido hoy en una fundación cuyo objetivo es reunir a los jóvenes de la ciudad alrededor del hip hop para alejarlos de la delincuencia y formarlos en la paz. “Parchar era lo que no permitía la violencia: no puedes estar en la esquina después de tal hora, no puedes estar en los parques… La violencia genera el desencuentro, porque una sociedad desarticulada es más fácil de vulnerar en todos sus derechos. Y el arte lo que hace es encontrar a las personas, y es nuestra apuesta hoy día”, reflexiona Ahiman.

Luego de varios años de hacer festivales anuales, Ahiman y sus compañeros concibieron la idea de lograr un impacto más amplio. Así, en 2016, la Fundación Quinta con Quinta puso en marcha la escuela itinerante ‘Del Norte Bravos Hijos’. “En un proceso de cinco a seis meses les enseñamos a jóvenes sobre ‘hip hop’. Pero no solo aprenden el arte, sino qué van a construir con ese arte. Los acompañamos en temáticas como derechos humanos, sentido de pertenencia, arraigo territorial y memoria en la región”, detalla Paola Cañizares, coordinadora de comunicación de la fundación. Al final, se celebra un festival de tres días donde caben el teatro, el grafiti, el breakdance y el rap. Este año se esperan 1.800 personas.

La fundación se ha vuelto mucho más que rap. Por ejemplo, la escuela itinerante llegó en 2016 hasta el corregimiento de Juan Frío, en la frontera con Venezuela, y allí donde el horror del paramilitarismo sigue reciente, ‘Del Norte Bravos Hijos’ empezó a construir memoria histórica con los jóvenes, entre pasos de breakdance. “Dos años después iniciamos un círculo de sororidad con las mujeres. A través del tejido y audiovisuales empezamos a hablar con ellas de memoria. Esa memoria individual de las chicas, pero también una colectiva de lo que había sucedido y sigue sucediendo en Juan Frío”, relata Valentina Zapata Quiceno, una de las coordinadoras de Quinta con Quinta.

Cada sábado en la tarde, las mujeres y niñas del corregimiento se sientan en un espacio que fue propiedad de los paramilitares, a tejer. Entre tanto, conectan sus experiencias dolorosas como mujeres de la frontera y como víctimas del conflicto. “Ha sido un pretexto para sanar mi alma de tantas cosas que me tocó guardar”, dice una de las mujeres de la sororidad. “Por la necesidad no había caso de llorar, de lamentarme por mí misma, había cosas más urgentes. Esto me ha permitido sanarme y asimilar las cosas”, concluye.

Los nómadas de ‘Del Norte Bravos Hijos’ siguen recorriendo esas calles de la comuna Atalaya –pasando por la Quinta con Quinta– donde el rap salvó a Ahiman –hoy director de la fundación– de cargar heroína de una esquina a otra por 100.000 pesos. La escuela ha llegado desde Cúcuta hasta municipios como Gramalote, Puerto Santander y Tibú, pero, sin importar el lugar, el rapero tiene clara su misión: “Creo que nada existe en la realidad que no exista primero en la imaginación. Y si no somos ni siquiera capaces de imaginar un país distinto, pues va a ser imposible que podamos construirlo. El arte se convierte en algo fundamental en la sociedad, tanto como la medicina”, concluye.

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