historia

Antonio de Arévalo, el español que protegió a Cartagena de los piratas

Por: Nara Fuentes Crispín*

Sus trabajos de ingeniería, realizados en el siglo XVIII, aún causan asombro. Este es el valor de su obra.


Desde su arribo a Cartagena de Indias en 1741, vieron la luz en la costa Caribe las obras del ingeniero español Antonio de Arévalo (1715-1800), un experimentado militar que dejó una estela de reparaciones y fortificaciones, mapas y planos, desde Maracaibo hasta la costa del golfo del Darién. Su trayectoria en el litoral, bajo las órdenes de diversos gobernantes del Virreinato de la Nueva Granada, le llevó a poner en práctica lo aprendido como director de fortificaciones de Andalucía, también asediada por piratas y extranjeros.

Justamente, en ejercicio de dicho cargo, recibió la orden de trasladarse a Cartagena, puerto que sufría los asedios extranjeros desde el inicio de la Colonia. En 1697, décadas antes de la llegada de Arévalo, el ingeniero Juan de Herrera y Sotomayor había tenido que reparar los destrozos causados por los ataques del pirata Pointis a la ciudad.

No se puede discutir la belleza del Plano de Herrera y Sotomayor, que exhibe la traza, la heráldica y otros ricos elementos que saltan a la vista. La pieza emblemática se centra en la plaza amurallada y los centros institucionales. Los adornos en el ángulo inferior izquierdo reúnen símbolos que serían, en sí mismos, objeto de un estudio particular y deben leerse en clave imperial dado que la fecha del mapa, 1735, coincide con una de las más importantes expediciones globales: la Expedición de La Condamine.

No hay que perder de vista las confrontaciones entre España e Inglaterra durante el siglo XVIII y uno de sus momentos más álgidos, el ataque del almirante Vernon a Cartagena en 1741, evento representado en variadas piezas como el mapa grabado de Covens y Mortier. Diversos textos de ese año refieren la llegada de Arévalo a reparar los daños causados a la ciudad.

Por limitaciones de espacio, mencionaré solo tres. El primero: Los ingenieros en España en el siglo XVIII, obra capital que destaca los planos del castillo de San Felipe de Barajas y el canal de Pasacaballos, entre una larga lista de sus logros. El segundo, el artículo ‘El ingeniero militar Antonio de Arévalo’, de Alberto Samudio, que clasifica los aportes relacionados con la bahía de Cartagena: no en vano ante las emergencias de la segunda década del XVIII nuestro ingeniero tuvo injerencia en las obras, de la más grande a la más chica; en las baterías, escolleras, y espigones, que ayudaría a proteger la ciudad, en una labor encomiosa que denota su afecto personal por la bahía donde moriría.

En tercer lugar, citemos la obra Cartagena de Indias, Puerto y Plaza Fuerte, que describe las condiciones geográficas que pusieron a prueba la pericia de Arévalo. Entre ellas, la extensión de la bahía de más de diez millas de longitud y las islas que, conectadas por lenguas de arena, forman una ‘laguna litoral’ y una naturaleza compleja a la que la historiografía reconoce un peso importante.

Estas tres referencias nos hacen valorar el trabajo de Arévalo en el aspecto geográfico, junto a la excelencia en la planificación de obras, entre ellas las escolleras que protegían a la ciudad de los vendavales y golpes del oleaje; y los arreglos para el angosto canal de Bocachica, cuyas inundaciones se sucedían impávidas a la vigilancia de los fuertes de San Fernando en la orilla isleña de Tierra Bomba, y el fuerte de San José en Isla Draga (las dos orillas que se enfrentan en el plano).

Estas obras arquitectónicas se incrementaron con las renovadas confrontaciones en 1779, año en que Arévalo lidió con la acumulación de arenas en la proyección de los arreglos del canal. Ya Juan de Herrera y Sotomayor, en su momento, había enfrentado los problemas del taponamiento del punto de entrada de Bocagrande y estudiado en detalle la apertura plena del de Bocachica. Durante décadas, las soluciones para las entradas a la bahía oscilaron entre la apertura total del canal o su cierre, entre variadas opiniones de ingeniería –de la más compleja hasta la más elemental–, como un relleno, en palabras de la época, con “arrumos” de piedra.

‘Canal de Bocachiva y terreno inmediate de sus costados levantado con operaciones geométricas‘, de Antonio de Arévalo, 1758. Archivo particular.

El plano titulado ‘Canal de Bocachica y terreno inmediato de sus costados levantado con operaciones geométricas’, registra el costado sur de la isla de Tierra Bomba, en donde aparece el fuerte de San Fernando de Bocachica señalado con la letra ‘A’ y la proyección de un fuerte acotado con la letra ‘B’ (debajo de la firma del autor a la derecha). También están relacionados el fuerte de San José y una parte de la isla de Barú.

Si el lector moderno comparara este plano con la actual precisión de las fotografías satelitales, pensaría que hay una desproporción en las distancias. Esto tiene que ver con los mecanismos de representación cartográfica de la época, que admiten acercar los elementos para registrar las referencias geográficas en un solo plano, y cuyo texto muestra soluciones y anotaciones sobre las condiciones generales del terreno frente al fuerte San Fernando, y los materiales a usar en las obras.

Con las convenciones marcadas por las letras de la ‘G’ hasta la ‘M’, se señala la evolución de las orillas y los cambios que sufrieron desde 1723, fecha en que las estudió Juan Bautista Mc Evan, antecesor y primer jefe de Arévalo en Cartagena. En los puntos DLPQD se muestran las medidas de la playa para 1751, y en los puntos ORSD, las que se tomaron cuatro años después. Luego, las medidas de las orillas de 1757 y detalles sobre la toma de esas mediciones y el registro de las medidas de la orilla en marea alta y los abundantes datos de sondeo.

Podríamos asegurar, en síntesis, que este plano es un estudio del comportamiento de la interacción entre el mar y las arenas en la zona del canal. No sería la única vez que la geomorfología del Caribe neogranadino ocupara a Arévalo. Como en el plano que hemos mostrado, existen muchos otros referidos a su obra magna en la zona del canal del Dique, de los cuales se encuentran al menos tres mapas importantes que resultan de una comisión de 1791. Manuel Lucena Giraldo también destaca la descripción que hace Arévalo de los problemas técnicos del Dique: las entradas de agua, el bajo nivel del cauce, los desagües y los tornos y remolinos que impedían el drenaje. Tanto estas finas descripciones, como el detallado plano al que nos hemos referido, siempre serán a nuestros ojos, soluciones técnicas de alto ingenio.

*PhD en Historia, Universidad Nacional de Colombia.