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| 12/10/2017 12:00:00 AM

Volar en parapente sobre Tocancipá, una experiencia liberadora

Por lo menos así fue para una de las periodistas de SEMANA, quien hizo lo posible para que su miedo a las alturas no quedara registrado en este testimonio.

Volar en parapente sobre Tocancipá Practicar parapente en Tocancipá permite disfrutar de los paisajes de la Sabana. Foto: Jorge Serrato

El parapente nació a finales del siglo XX en Francia como un medio para que los montañistas de ese entonces pudieran descender de las cimas más altas de una manera más rápida y efectiva. Así, estos deportistas desafiaron las normas del montañismo tradicional y sin querer inventaron una nueva disciplina que, en mi caso, sirvió como terapia de autocontrol.

Cuando me preguntaron si quería volar en parapente en Tocancipá y contar mi experiencia, no dudé en decir que sí. El día anterior al vuelo, en medio de una búsqueda en internet salieron títulos como “se parte el fémur en accidente de parapente”. Decidí no escudriñar más. Hablo de esta experiencia como algo extraordinario porque cuando tenía 8 años fuimos de paseo a Flandes, Tolima, con mis hermanos y mi papá. En el camino nos detuvimos en el Salto del Tequendama. Era lo más apoteósico que había visto en la vida. Me sentí minúscula ante su magnitud. Me moví hacia la orilla del mirador para contemplarlo. Solo había una baranda que dividía el precipicio del suelo, de repente, perdí el control: hubo mareos y calambres en mis piernas. Me caería y rompería mis huesos. Eso pensé.

Según la Organización Mundial de la Salud, el 9 por ciento de la población padece fobias a raíz de episodios traumáticos en la infancia. La acrofobia (temor a las alturas) es una de las más comunes. La intensidad de los síntomas es diferente en cada persona. A mí me sudan las manos y me ruborizo porque aumenta mi presión arterial, sin embargo, no es una situación crítica, más bien manejable. El 90 por ciento de los casos leves se pueden tratar con terapias.

Así como los montañistas franceses descubrieron sin pretensión uno de los deportes extremos más populares, yo encontré en esta aventura un ejercicio que me permitió manejar el miedo. Otras personas, como Gabriel Rojas y su pareja Yudi, encontraron en el parapente un sustento de vida y también la forma ideal para escapar de los aires citadinos. “Fue un cambio del cielo a la tierra, o ¿al revés?”, se pregunta Rojas.

Ambos, desde hace ocho años, han sido artífices de miles de vuelos inductivos en parapente. Hoy, a través de su agencia de actividades al aire libre ‘Aventura en Parapente’, continúan con esa labor desde la montaña Peñas Blancas, ubicada en una reserva forestal que comparten Tocancipá y Guatavita a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar.

La montaña está situada a 15 minutos del casco urbano de Tocancipá. Llegar hasta la cima tarda otro cuarto de hora en carro. La idea es que el visitante viva una experiencia de conexión natural en la que prima, ante todo, la seguridad.

Creo que esa sensación de confianza fue clave para ayudarme a ahuyentar mi miedo. Hablé por horas con Gabriel sobre la importancia de hacer vuelos inductivos de la mano de agencias certificadas como Aventura en Parapente. Supe que no está permitido volar por zonas de tráfico aéreo, por eso los vuelos en ese lugar se hacen a espaldas de Tocancipá.

Tirarse solo sin haber recibido capacitación o hacer un vuelo de inducción tándem (doble) con un piloto que no cumpla con las horas de vuelo requeridas y no tenga las certificaciones al día, también está prohibido, así como volar de noche y en espacios no autorizados. Lo rige la Federación Colombiana de Deportes Aéreos (Fedeaéreos), incluso interviene la Aeronáutica Civil.

En Peñas Blancas se cumplen todos los requisitos. Es un espacio seguro y además sereno. Desde ahí se observa la réplica del Taj Mahal en miniatura, las avenidas concurridas y las seis veredas que conforman el municipio. Mientras se está en el aire se contempla como un gran lienzo el embalse de Tominé y las prodigiosas montañas sabaneras. Deseaba admirar este paisaje. Jairo Mesa era mi piloto y yo, su último vuelo del día. “Tengo miedo”, fue lo primero que le dije, él solo contesto: “Después no se va a querer bajar. Es normal”. Y aunque parecía difícil, dar el primer paso al precipicio fue alentador. Por supuesto sudé demasiado, me arrepentí mil veces y tuve risa nerviosa. Al fin el truco estuvo en tener convicción. La angustia se disipa y llega el autocontrol. Así se supera el temor.

Aún me pregunto qué es lo normal, como lo dijo Jairo, si tener miedo en el primer intento o tener la certeza de querer volar una vez más. El próximo fin de semana iré con mi papá, tan solo él y yo sabemos lo mal que se sintió de pensar que nos perderíamos en lo más profundo del Salto del Tequendama. Él, muy valiente, me respondió: "Si tú pudiste, yo por qué no".

*Periodista de Especiales Regionales de SEMANA.

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