LIBROS

Amor por correo electrónico

Una historia contemporánea de una relación epistolar que surge y se desarrolla a través de Internet.

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Luis Fernando Afanador
24 de septiembre de 2010 a las 7:00 p. m.

Daniel Glattauer
Contra el viento del norte
Alfaguara, 2010
260 páginas

En mayo de 2008, Arabella Kurtz, psicóloga clínica de la Universidad de Leicester, le propuso al escritor J. M. Coetzee que le concediera una entrevista con sus estudiantes para conversar sobre algo que a ella le parecía que el premio Nobel de Literatura exploraba muy bien en sus obras: los estados mentales extremos y complejos. Coetzee, reacio a las entrevistas y las conferencias, terminó aceptando a regañadientes una comunicación vía correo electrónico que finalmente se prolongó durante ocho meses. ¡Qué maravilla de conversación! Me acuerdo que pensé: si no existiera el correo electrónico, ese diálogo nunca hubiera tenido lugar. Es lo mismo que pienso ahora, al terminar de leer Contra el viento del norte, la estupenda novela del escritor austriaco Daniel Glattauer: si no existiera el correo electrónico, no hubiera sido posible esa maravillosa historia de amor entre Leo Leike y Emmi Rothner.

Bueno, basta ya de repetir en sordina que el correo electrónico solo sirve para los negocios y las frivolidades. Es una forma de comunicación contemporánea y, por lo tanto, no es ajena a la cultura. No hay que desahuciarla. Puede, incluso sin proponérselo, producir cosas sorprendentes. ¿Cuántas frases, cuántas reflexiones interesantes no se habrán borrado para siempre por una idea equivocada, por un errado sentimiento de inutilidad?

El correo electrónico revivió el género epistolar, nos repiten desde hace un tiempo. Sí, pero… ¡Es tan distinto un correo electrónico de una carta! La velocidad, la inmediatez, la frescura, el ritmo. Tres minutos, diez minutos, cinco segundos después puede ocurrir la anhelada respuesta. A cualquier hora: a las doce de la noche, a las tres de la mañana. Y con cualquier extensión, breve como un haiku, extenso como un ensayo. El correo electrónico es, además, un pararrayos del azar. Emmi Rothner escribe un correo para cancelar la suscripción a una revista, con esta dirección: woerter@like.com. Pero digita mal y escribe woerter@leike.com. Le contesta el señor Leo Leike: “Se ha equivocado usted… Es la tercera persona que me pide que le dé de baja de la suscripción. La revista debe de haberse vuelto francamente mala”. Un error común y ahí para el asunto, como debe ser, luego de las consabidas disculpas. Sin embargo, nueve meses después, Emmi envía un correo masivo a sus clientes –“Feliz Navidad y próspero Año Nuevo”– y, otra vez por error, le llega al señor Leo Leike, a quien no había borrado de la lista de sus contactos. “Querida Emmi Rothner: Aunque casi no nos conozcamos de nada, le agradezco su cordial y sumamente original correo colectivo. Sepa que adoro los correos colectivos dirigidos a una masa de la que no formo parte”.

Por el sarcasmo, por la ironía, por lo que se adivina de una personalidad en la forma de escribir, quedan enganchados Emmi, la diseñadora de páginas web, “felizmente casada” con el respetable señor Bernhard, quien aportó dos hijos al matrimonio, y Leo, el psicólogo del lenguaje, algo neurótico y misántropo, quien tiene con Marlene una de esas extrañas relaciones que se mueren, pero no se acaban.

Emmi y Leo, luego del recelo inicial, de las pruebas de iniciación que se imponen las parejas que en el mundo han sido, se vuelven adictos el uno al otro. Se enamoran, aunque no lo reconozcan, salvo en sus borracheras, cada uno con un trago y un computador diferente, lejanos pero cercanos: “Hola, Leo: perdona que te moleste a estas horas. ¿Estás conectado, por casualidad? ¿Bebemos una copa de vino tinto? Cada cual por su lado, desde luego”. Se enamoran o se vuelven adictos a esa forma de comunicación donde pueden expresarse con libertad, con plena intimidad, donde profundamente pueden ser ellos mismos. “Escríbeme, Emmi. Escribir es como besar, pero sin labios. Escribir es besar con la mente”. ¿Se enamoran de sus propias palabras al igual que los lectores nos enamoramos de la forma en que hablan? Nada es perfecto: la curiosidad de escuchar sus voces, de tocarse, de olerse es el fantasma que empieza a corroerlos. La realidad acecha su paraíso clandestino y virtual.