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Colombia según Putumayo

Uno de los principales sellos de música del mundo dedica un disco entero a Colombia. ¿Qué tiene, qué le falta y qué le sobra?

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Juan Carlos Garay
12 de agosto de 2001 a las 7:00 p. m.

Desde hace ocho años los buscadores de música de los rincones más exóticos del globo encuentran su solaz en las grabaciones del sello Putumayo. Con esas portadas coloridas, casi infantiles, los discos fueron consiguiendo la recordación de un público cada vez más amplio y hoy se distribuyen en más de 50 países. Se trata de presentar la música del mundo: cada disco ofrece, en poco menos de una hora, la semblanza sonora de cualquier punto del mapamundi.

La aparición de un álbum dedicado a Colombia por parte de un sello de nombre Putumayo era de esperarse. La historia se remonta a 1974, cuando el viajero neoyorquino Dan Storper quiso conocer Latinoamérica. Su viaje lo llevó a un extraño arrobamiento a orillas del río Putumayo, que todavía recuerda y narra en las notas interiores del disco: “Los pájaros revoloteaban en lo alto con Los Andes como telón de fondo mientras los indios del lugar regresaban de los campos y empezaban a preparar las celebraciones del carnaval. (...) El mundo parecía un lugar perfecto”. Y entonces se le ocurrió fundar un sello disquero que nos ofreciera la música de ese mundo perfecto.

Pero la importancia del álbum Colombia trasciende los motivos sentimentales de su gestor. Dado el imponente sistema de distribución con que cuenta el sello el disco será la imagen musical de Colombia en medio centenar de países y para miles de personas significará el primer acercamiento a esta música. La Colombia de Putumayo resulta ser un interesante reflejo de nuestra idiosincrasia más allá de la chiva con que nos recibe su carátula. En su interior parecen haberse colado algunos temas que recuerdan los célebres ‘micos’ en nuestros proyectos de ley: ya he consultado a varios expertos en música colombiana y ninguno logra explicarse qué hace Tulio Zuloaga al lado de Lucho Bermúdez.

Es, además, una Colombia primordialmente caribe. El centro del país está apenas representado por un bambuco rápido, despachado en dos minutos. La Costa Pacífica aparece asociada con un currulao, es decir, que han dejado por fuera varios otros ritmos de la región como el aguabajo, el maquerule, el caracumbé y el guapi. Los Llanos no parecen existir. Y, lo más curioso, no hay un solo ejemplo de la música de las tierras bañadas por el río Putumayo.

Al mismo tiempo el disco tiene aciertos que uno recibe con gratitud. El primero es la relación de la figura de Lucho Bermúdez como una de las columnas en que se sostiene nuestra tradición musical popular. Las notas interiores del disco (escritas para un público extranjero) presentan al legendario músico de Carmen de Bolívar como “el Benny Goodman y al mismo tiempo el Duke Ellington colombiano”. Lo cual quiere decir, para quienes no manejen las analogías con el jazz, que no sólo fue un estupendo clarinetista sino el hombre que alcanzó la más alta concepción del lenguaje orquestal.

Imposible disentir

El álbum también reivindica a Joe Arroyo, un músico que, como me dijo una vez el productor inglés Richard Blair, “se merece una estatua en pleno centro de Cartagena”. Y sirve además de vitrina para los sabrosos rescates folclóricos emprendidos por Totó la Momposina o el Grupo Bahía.

En resumen, el disco tiene aciertos y deslices. Y, tal vez en ese sentido, es el mejor reflejo de nuestro panorama musical. Un disco repleto de esos temas pegajosos y anodinos que suenan a diario en la radio habría sido una bofetada. Un álbum que evadiera la cursilería resultaría más bello pero menos realista. La Colombia de Putumayo nos muestra, en cambio, la coexistencia curiosa de figuras heterogéneas. Desde artistas cuya primera audición fue en realidad un casting hasta indiscutibles maestros que, de veras, replantearon nuestro acervo musical.