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| 2/23/1987 12:00:00 AM

EN MUERTO Y EN DIRECTO

Un suicidio por T.V. no garantiza un buen cubrimiento publicitario

EN MUERTO Y EN DIRECTO EN MUERTO Y EN DIRECTO
El tesorero del estado de Pensilvania, R. Budd Dwyer, se suicidó de un tiro en la boca ante las cámaras de televisión durante una rueda de prensa, y las imágenes de su suicidio le dieron la vuelta al mundo. Era inevitable, pues se trataba de un acontecimiento periodístico por excelencia: acontecimiento periodístico es aquel que ocurre en presencia de periodistas, según la definición clásica. Era inevitable, y el tesorero Dwyer lo sabía: por eso no se suicidó en su casa. Su objetivo -mostrar cuán injustamente tratado había sido por los propios periodistas y por los jueces que lo habían encontrado culpable de cohecho- exigía que su suicidio fuera público.
El caso está lleno de precedentes. Los ha habido de puro narcisismo individual, o si se quiere de superación profesional, como el de la presentadora de noticias de una cadena norteamericana de televisión de provincia que se suicidó hace unos años en pantalla para que los telespectadores vieran por fin una noticia verdaderamente en directo. (El suceso fue copiado más tarde en la película Network). Pero es más frecuente que tengan, como el del tesorero Dwyer, un propósito ejemplarizante, que generalmente es político y ocasionalmente filosófico .
Político fue el suicidio del líder cubano Eduardo Chibás, que se pegó un tiro ante el micrófono abierto de la radio que acababa de transmitir un discurso suyo contra el tirano Batista. Y eran políticos, o político-religiosos, los suicidios por el fuego de los bonzos budistas del Vietnam en tiempos de la guerra, que se quemaban vivos para protestar por la represión del católico presidente Diem contra su fe. Por el fuego también, e igualmente políticos, fueron los suicidios del estudiante checo Jan Patocka, que se incineró cuando los tanques rusos entraron en Praga en 1968, y el del nacionalista vasco que se arrojó envuelto en llamas sobre el generalísimo Franco desde un frontón de jai alai en San Sebastián. Y de todos ellos, quizás el más célebre haya sido el suicidio patriótico del escritor japonés Yukio Mishima. Se trataba de incitar a la juventud del Japón a que recuperara los valores tradicionales de su país frente a la corrupción extranjerizante; y Mishima lo hizo de la manera más tradicionalmente japonesa posible: haciendose el seppuku o hara kiri, abriéndose el estómago con un sable de samurai.
Para obtener el efecto deseado la publicidad es indispensable. De lo contrario estos suicidas ejemplarizantes corren el riesgo de sufrir la frustración que tuvo el poeta S.C. Mata en la novela Pax, escrita por Lorenzo Marroquín en Bogotá a principios de este siglo. Se trata de una novela en clave, en la cual "S.C. Mata" corresponde a José Asunción Silva, quien efectivamente se había matado ya. El poeta planea minuciosamente su suicidio en público, en el teatro, cuando cae el telón, para galvanizar a sus conciudadanos desoladoramente provincianos y prosaicos. Pero lo ejecuta con tan mala fortuna que su cadáver cae hacia atrás, en la penumbra de los bastidores, y el ruido del disparo se confunde con el de los aplausos, de manera que nadie se da cuénta de que el poeta ha muerto sino muchos días después, por el olor.
Sin embargo, aun en los suicidios más exitosos desde el punto de vista de la publicidad el efecto ejemplarizante logrado ha sido siempre nulo. Franco vivió diez años después del atentado del nacionalista vasco. Diem siguió reprimiendo a los budistas hasta que lo asesinaron los norteamericanos, los cuales a su vez fueron expulsados del Vietnam por los comunistas, cuya primera medida fue perseguir el budismo. Tras la muerte de Mishima se multiplicaron en el Japón las clínicas estéticas para operarse los párpados "a la occidental". Batista no cayó tras el suicidio de Chibás. Y Y Jan Patocka está tan olvidado en la Checoslovaquia que sigue ocupada por los rusos y fuera de ella, que ni siquiera se recuerda a derechas su apellido (Patocka es apenas una aproximación de la memoria).
Lo mismo le sucedió al tesorero Dwyer incluso desde antes de que estuviera frío su cadáver. En vez de que se entrara a discutir sobre los métodos de la justicia, se armó una gran polémica sobre si la prensa debía o no haber publicado las fotos del suicidio.-

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