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| 1/26/2018 8:28:00 PM

“El escritor tiene algo de detective y tiene algo de delincuente”

El galardonado escritor peruano Alonso Cueto escribe de policías, de amor, de deseo, de Sendero Luminoso y de Alberto Fujimori, de quien dice: “Es una falacia decir que Fujimori salvó a Perú”. SEMANA habló con él novelista durante el Hay Festival.

entrevista con Alonso Cueto Hay Festival 2018 “El escritor tiene algo de detective y tiene algo de delincuente” Foto: Esteban Vega / SEMANA

Es uno de los grandes escritores peruanos de los últimos tiempos. La realidad es una de sus grandes preocupaciones y por eso varios de sus libros atraviesan el conflicto en su país entre el Estado y el grupo guerrillero Sendero Luminoso. De hecho, uno de ellos, La hora azul, lo hizo merecedor del premio Herralde en 2005.

La estructura de la novela policiaca, el buscar la verdad, también le ha dado un perfil muy característico. Su más reciente novela, La segunda amante del rey, tiene mucho de intriga y también de amor. SEMANA habló con él, durante el Hay Festival Cartagena, de este libro, de detectives y del recién indultado Alberto Fujimori.

SEMANA: Usted hace poco publicó ‘La segunda amante del Rey’, una novela policiaca. ¿Por qué es para usted tan importante este género?

Alonso Cueto: Porque lo que escribo tiene estructura de novela policial. En mis libros siempre alguien está buscando saber la verdad. En La hora azul, por ejemplo, un hijo busca quién fue la mujer que su padre tomó prisionera en la guerra contra Sendero Luminoso. En El susurro de la mujer ballena, una mujer busca una antigua compañera de clase para hablar del pasado. Y en La segunda amante del Rey hay una estructura de novela policial al mismo tiempo que una de novela de amor.

SEMANA: Usted decía hace poco que la vida misma es una novela policiaca…

A.C.: Sí. La vida misma es una novela policial. La historia de Adán y Eva es la de alguien que rompió una norma: es una historia policial pues ellos se convierten en unos delincuentes por quebrar la ley y, al mismo tiempo, es una historia de amor: ellos sufren juntos, salen desterrados juntos, abrazados. Así que muchas de las cosas en nuestras experiencias privadas, culturales e históricas son novelas policiales y son novelas de amor.

SEMANA: Umberto Eco creía que el periodismo era lo más parecido a la novela policiaca, responde a las mismas preguntas: quién, cómo, cuándo, dónde, por qué…es un poco lo mismo…

A.C.: Y el escritor es el detective. El escritor tiene algo de detective y tiene algo de delincuente. Comparte con el detective que busca la verdad, lo que hay detrás de las apariencias, y comparte con el delincuente su fascinación por quebrar la ley. Hay una frase de Chesterton que dice que “el escritor es un delincuente y el detective es su crítico literario”.

SEMANA: A ‘La segunda amante del Rey’ también la crítica la encasilla como una novela del deseo, del amor, ¿cuál pesa más?

A.C.: Es una novela del deseo, porque yo creo que en la novela policial interactúan dos de las pulsiones más profundas de los seres humanos, que son el miedo (el terror) y el deseo. En Aristóteles había la idea del terror y la piedad como las dos impulsos fundamentales. Y, de alguna manera, en las historias de un crimen, que cuentan un asesinato, que cuentan una transgresión, siempre hay a la vez una historia de amor, porque el amor también es una trasgresión y un crimen.

SEMANA: ¿Cómo así que el amor es un crimen?

A.C.: Hay una novela que yo adoro, el El halcón maltés, de Dashiell Hammett. En una de sus últimas escenas, Sam Spade, el investigador, tiene que entregar a su mujer, a la novia, de la que quizá él está enamorado. Y le dice: “bueno, hay todas estas razones para entregarte: mataste a mi socio y no es bueno que se sepa que un hombre ha perdonado a quien ha hecho esto… ¿y qué hay del otro lado para no entregarte? Solamente que tal vez tú me amas a mí y que tal vez yo te amo a ti”. Entonces, es una historia policial y es una historia de amor. Y ese es el tipo de historia que me fascina.

SEMANA: ¿Entonces no hay historia policiaca sin amor?

A.C.: Hay novela policiaca sin amor, pero la que más me interesa es una novela policiaca que lo incluya, porque el terror y la piedad, o el miedo y el deseo, son formas de exploración muy profundas del ser humano. Uno puede darse cuenta de quién es a través de estas pulsiones. Cuando uno está amenazado, cuando uno está enamorado o cuando uno está en riesgo, descubre quién es uno.

SEMANA: No hay mucha tradición de novela policiaca ni en Perú, ni en Colombia. Y siempre se ha dicho que la novela policiaca refleja mejor que nadie la sociedad…

A.C.: Hay dos ejemplos, yo creo que canónicos en Colombia y en Perú: Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, y ¿Quién mató a Palomino Molero?, de Mario Vargas Llosa. En las dos hay crimen, un muerto, aunque no son convencionales como las otras del género. Sin duda, América Latina tiene que reinventar su novela policial.

SEMANA: ¿Por qué en nuestros países no pegan este tipo de novelas?

A.C.: La novela policial de alguna manera cree en la justicia: en el detective, en el policía. Y a los latinoamericanos nos es difícil creer en ella, tan es así que en ninguna de estas novelas que te digo, ni en la de García Márquez ni en la de Vargas Llosa, se hace justicia. Pero, al mismo tiempo hay ejemplos que funcionan como las de Leonardo Padura o Rubén Fonseca.

SEMANA: De los dos, uno es muy político y el otro es muy social…

A.C.: En el caso de ellos es interesante que la novela policial es un modo de explicar la sociedad en la que vivimos. Eso es algo que me interesaba también en La segunda amante del rey. La detective que aparece es una mujer que viene de la provincia y se enfrenta a una familia de clase alta, a la esposa de un millonario, y hay una lucha social entre estas mujeres que expresa un poco las divisiones y los contrastes que hay en una sociedad como la peruana y la latinoamericana.

SEMANA: ¿Hubo alguna razón para que fuera una mujer la investigadora?

A.C.: Sí. Un escritor tiene que tener desafíos. Y representar un papel femenino me llamaba mucho la atención. Las mujeres, además, son mejores detectives que los hombres porque son muy perceptivas: cuando una mujer entra a una habitación se da cuenta de qué ha cambiado. Un hombre que vuelve a su habitación, así la mujer le haya desordenado todo, ni se entera (o, por lo menos, yo). Y, además, las mujeres viven más a fondo las relaciones humanas, son más intensas, más comunicativas, dramatizan de una manera más radical las relaciones con los demás. Están más pendientes de los otros, en general.

SEMANA: Hace poco usted dijo “vale más la historia que la escritura”. ¿Lo dijo así o lo malinterpreté?

A.C.: A mí me interesa contar una historia. Me interesa un relato. Me parece que no hay nada más difícil que armar una estructura, una trama, dosificar la intriga, hacer un desarrollo de secuencias para que la historia mantenga tensión, expectativa, suspenso. Es muy difícil hacer eso. Y la forma es lo que hace que la literatura sea lo que es. Un escritor es quien es por la forma, no por sus temas ni por sus historias. Entonces, lo que yo hago, lo que me atrae, es encontrar una buena historia y buscar la forma y la estructura ideal para desarrollarla. Pero no se puede decir que una es más importante que la otra, porque una no es nada sin la otra.

SEMANA: Usted con ‘La hora azul’, que ganó el Herralde, habla de Sendero Luminoso. Colombia está también en un proceso de posconflicto, ¿de qué le sirve la literatura a un país que está en un proceso de dejación de armas?

A.C.: A mí me interesaba en La hora azul el caso de una mujer que sobrevive a las torturas, a la cárcel, que huye. Y lo mismo con los otros libros que he escrito sobre esa época. Me interesa el heroísmo cotidiano, el que no recogen muchas veces ni el periodismo, ni la historia. Hay una frase que yo siempre cito de George Eliot, al final de Middlemarch: están dos personas y una le dice a la otra: “si estamos aquí, conversando, tomando un café tranquilos, es porque hay un montón de gente en el pasado que llevó vidas heroicas, que hizo lo que tenía que hacer en tiempos de crisis: enfermeras, maestros, policías, gente de todo tipo que permitió que nuestra realidad y nuestro país se mantenga. Y que hoy descansan en tumbas que nadie visita”. Eso me impresionó mucho porque creo aplica a toda la realidad.

SEMANA: ¿Hacia dónde está mirando hoy la literatura peruana?

A.C.: Hubo una generación que era leída como la expresión de sus países: Colombia era García Márquez, Perú era Vargas Llosa, Argentina era Cortázar, México era Rulfo o Carlos Fuentes. Hoy día no es así. Hay grandes escritores y se han dispersado los centros de atención. Ningún escritor es una consciencia de su sociedad, como era el estilo del siglo XIX, el estilo de Víctor Hugo.

SEMANA: ¿Pero qué pasa en Perú?

A.C.: Como en todas partes, hay gente a la que le interesa hablar de una intimidad, como novelas de atmósfera, lo cual ha dado muchos escritores importantes. Pero a mí me sigue interesando la realidad peruana porque es dramática, me conmueve, me interesa, me emociona conocer la existencia de algunas personas y, bueno, eso es lo que trato de representar.

SEMANA: ¿Cómo tomó usted el indulto a Alberto Fujimori?

A.C.: Yo escribí una novela sobre la época de Alberto Fujimori, Grandes miradas. Él es representante de la época de los peores crímenes en la historia del Perú. Y estoy totalmente en desacuerdo con el indulto. No creo que es algo que se debió haber dado y es una afrenta para las víctimas de esa época.

SEMANA: ¿Por qué hay gente que dice “Fujimori salvó a Perú”?

A.C.: Esa sola frase es una falacia. Nunca una persona salva un país, falso. Hay dos razones por las que se dice eso: una es que capturó a Abimael Guzmán, pero no. El que lo hizo fue el general Ketín Vidal, a sus espaldas. Fujimorí estaba pescando en el Amazonas cuando eso ocurrió. Y la otra razón es que aplicó un programa económico que detuvo la crisis. Eso puede ser cierto, pero es un programa que Vargas Llosa ya había esbozado.

SEMANA: ¿Pero por qué afirman que lo salvó?

A.C.: Decir que ‘fulano’ salva a un país es una frase que expresa algo muy latinoamericano y terrible: nuestra pasión por los caudillos. Vivimos en un mundo con pocos líderes, con ningún líder, y muchos caudillos. Trump es un caudillo, Puigdemont es un caudillo, Theresa May es una caudillo. En cambio lo que hay es un movimiento de diferenciación: el populismo, el “nosotros nos diferenciamos”. O sea, Trump te dice “Estados Unidos es mejor que el resto del mundo”, Puigdemont te dice “Cataluña es mejor que el resto de España” y Theresa May te dice “Inglaterra es mejor que el resto de Europa”. Y si quieres agregar a Putin, también es un caudillo. Entonces vivimos en un mundo de antiglobalización y de realización del caudillaje como modelo político internacional.

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