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| 10/18/1982 12:00:00 AM

¿LA TUMBA DE QUIEN?

En Baltimore, a medio camino entre el norte y el sur, Edgar Allan Poe encontró lo que más temía: la muerte.

¿LA TUMBA DE QUIEN? ¿LA TUMBA DE QUIEN?
Edgar Allan Poe, el gran poeta y narrador norteamericano, está enterrado en el puerto de Baltimore. Es un dato que se sabe, y se olvida. Reavivó mi memoria un agente de aduanas amante de la literatura que recibió el barco en que veníamos desde Europa. Alentado sin duda por mis 47 cajas de libros, mientras conversábamos sobre Conrad y Gunther Grass, mencionó que la tumba de Poe quedaba en una iglesia del siglo pasado cerca del centro mismo de la ciudad. No pude visitarla de inmediato. Tuve que esperar más de un año hasta que un trámite de visas, otro trámite más, de nuevo condujeron nuestros cuerpos hasta Baltimore.
No sólo me movía la admiración por uno de los hombres que por primera vez había concebido la posibilidad de vivir de lo que escribía, sino que una malsana y acaso maldita curiosidad. Después de todo, Poe fue, de todos los hombres supuestamente vivos en este planeta, quizás el que más temió la muerte. Trató de imaginarla a modo de exorcismo y nos impuso con sudor una imagen que todavía hoy cuesta lavarse: el miedo de quedarnos sofocados, enterrados bajo tierra todavía conscientes. Sus cuentos estan llenos de seres que se quedan solos con su corazón en una pieza encerrada, mientras las paredes físicas, y las paredes de su mente, se achican, mientras alguien va bloqueando los últimos pasos de luz en un muro. Incorregiblemente románticos, planificamos aliviar el tedio de los tramites con una expedición al recinto del cual Poe ya no podía evadirse. Aunque más no fuera simbólicamente, como un inútil destello tardío, como una alucinación en la oscuridad, le haríamos compañía.
No fue tan fácil. Del viejo Baltimore, donde Poe bebió hasta el delirio, del Baltimore donde se había casado con su prima de 13 años y entregó su cuerpo al amor como otra ilusión de eternidad, del Baltimore donde sus padres se habían conocido, poco es lo que queda. Para colmo, me había negado yo, antes de partir, a proveerme de la información turística indispensable para los exploradores de esta época, seguro de que cualquiera en esa ciudad nos podría dirigir hasta el último paradero del poeta y que si no, siempre sería posible desempolvar aquellas facultades lógicas que Poe, el inventor del cuento de detectives y un descifrador de enigmas y crucigramas él mismo, había celebrado siempre, tal vez como un modo de esquivar misterios del alma que no son de tan obvia resolución.
Pero más simple era descubrir quién había realizado los asesinatos en la Rue Morgue, que ubicar el autor del cuento que contiene la respuesta. Peregrinamos horas bajo un sol implacable y macabro en busca de la tumba. Preguntamos en los negocios, en las librerías, en una galería de arte, nos hicimos molestos a los transeúntes. Nuestros interlocutores sabían, como yo, que Poe estaba enterrado en su ciudad, pero admitían su perplejidad. El viejo barco de guerra, U.S.S. Constellation, ese sí que todo el mundo lo conocía. En 1799, diez años antes del nacimiento de Poe, había obtenido una victoria naval, hundiendo al Insurgente francés frente a la Guadeloupe. Ahora reposaba en la bahía de Baltimore, recibiendo el emocionado homenaje de miles de visitantes que desbordaban por un paseo turístico último modelo, esparcido por cafés y locales comerciales. No gracias, queríamos ver a Poe. Entonces nos ofrecían el Acuario, recientemente inaugurado, cuyo atractivo principal parecía ser el hecho de que el alcalde de Baltimore, se había tirado vestido a la pileta de las focas para protestar por la tardanza en la entrega del edificio. No, gracias, ¿acaso no conocían la iglesia presbiteriana donde Edgar Allan...? Respondían: ¿pero por qué no íbamos mejor al lugar donde Francis Scott Key había compuesto el himno de los EE.UU?
Cuando dimos por fin con una mujer policía creímos que la búsqueda se había terminado. Estábamos equivocados. ¿La tumba de quién?, preguntó extrañada. Y solicitó por radio la información requerida. Tampoco.
Seguimos vagando. Lo único que nos consolaba en este constante ir y venir era que tal vez de esta manera estábamos, sin saberlo, siguiendo o imitando los últimos trafagos ebrios de Poe en esta misma ciudad. Había venido de paso, camino a Filadelfia, donde pensaba ganarse unos pesos corrigiendo los versos de una dama que tenía más dinero que talento, y cruzó Baltimore como una fatalidad y ahí se quedó para siempre. En esos días, se desarrollaban elecciones legislativas y como no había registros, los jefes de los partidos políticos hacían votar una y otra vez en cada distrito a quien pudieran reclutar. Sacaban a los pacientes mentales de los asilos, echaban mano a los vagabundos y mendigos, y por cierto que tambien enrolaban a los borrachos. Poe se debe haber pasado los últimos cinco días de su existencia tambaleando de bar en bar, de fantasmagoría en fantasmagoría, quién sabe si drogado, emitiendo votos por algún candidato cuyo nombre la historia se ha tragado. Cuando lo rescataron, estaba ya habitado definitivamente por desilusiones. Mientras agonizaba en un hospital, llamó a Reynolds, un personaje menor en una de sus narraciones. Para que viniera a ayudarlo.
A nosotros no nos socorrió el inexistente Reynolds, sino una anciana sumamente existente que topamos en una heladería. Hay tanta nueva construcción, dijo. suspirando, que ya uno no puede encontrar nada en esta ciudad. Pero fue la única que supo, con pormenores y dibujitos en una servilleta, explicarnos el camino a la tumba de Poe.
Allá, adonde ella lo había señalado, a vista e impaciencia de las vitrinas nada góticas del Burger King y del rascacielos del Equitable Trust No Sé Cuántos, rodeada de un laberinto eficiente y brillante, encontramos la iglesia de ladrillo opaco de Edgar Allan Poe. También estaba, por suerte, el cementerio. Sacos de cemento en desorden, implementos de escultura, palas de sepulturero, bolsas de polietileno, para tapar los monumentos y protegerlos de un fino polvillo de ultratumba, nos anticiparon la información que entregó un joven, de oficio restaurador, que trabajaba en la iglesia: el cementerio estaba cerrado por reparaciones. Los arreglos de catacumbas y hiedra obedecían a la urgencia de convertir tal lugar en una atracción turística. Cuando le contamos que habíamos venido de muy lejos, accedió a abrirnos el camposanto y hacer de anfitrión.
Al principio, Poe había sido enterrado detrás de la iglesia, en el terreno reservado a su familia. Sobre él, ni un pedazo de piedra, porque la mínima lápida que mandó hacer su primo Nielson había sufrido un revés parecido al del poeta arrinconado por su época: un vagón de ferrocarril descarriló al lado del taller donde la estaban esculpiendo y la aplastó.
A medida que fueron pasando los años, se le habían rendido honores, se le fueron colocando flores, se hizo la limpieza de rigor. Los poetas muertos son tan cómodos. Pero a algún empresario de la muerte se le había ocurrido que el ahora ilustre hijo de la ciudad no debía quedarse en ese sitio, poco visible y nada ostentoso, así que lo habían trasladado al antejardín de la iglesia, donde pudiera entretenerse con el tráfico de autos camino a la ruta 95 que conduce a Nueva York y Washington, donde una rápida mirada oblicua sustituyera una visita de mayo; envergadura y especialmente donde cualquiera que pasara pudiera vislumbral, ardiendo en la noche de los focos de General Electric, una losa de mármol blanco debajo de la cual los huesos de Poe seguirían tratando de engañar la muerte. Por un breve instante, entonces a Poe lo habían liberado de la tierra que tanto temía. Quizás, si hubiera despertado en ese instante, se hubiera sorprendido de que el mundo de asfixia que profetizó, y quiso evitar, ha encontrado una encarnación irredimible en las ciudades y en los sistemas sociales contemporáneos.
Si estuviera vivo dice nuestro guía, el restaurador, moviendo con veneración la cabeza ese hombre sería un millonario.
Pensaría en los derechos de autor de "El Cuervo", en los filmes con Vincent Price y en las novelas de detectives, en un desodorante llamado Nevermore (Nunca jamás) y unos panties Annabellee.
Si estuviera vivo, pensé yo, sería dos veces más mísero, tres veces más miserable. Volvería a intoxicarse hasta el sin aliento, volvería a ser menospreciado, lo encadenarían a una serie televisiva como un guionista de horror y fantasía. No tendría escapatoria. Había venido a morir a Baltimore, una ciudad a medio camino, como él mismo, entre el Sur y el Norte, entre la aristocracia y la industrialización, como si así pudiera juntar las dos mitades irreconciliables de su alma, y de su nación, que diez años después de su muerte entrarían en una guerra fratricida. Su existencia la había dispendiado tratando de creer en los poderes del cálculo y la medición y la crítica lúcida, y simultáneamente sumergiéndose en sueños descontrolados, en los pozos prohibidos de ciertas zonas psíquicas, en los charcos que quedan después.
En una época en que todos cantaban al optimismo, en que la Naturaleza todavía estaba intocada y podía estimarse salvadora, se atrevió a sondear las fronteras interiores torcidas de un país que no era tan simple o ingenuo como sus políticos o sus escritores quisieron hacerlo aparecer. No era esa frontera con la que soñaban sus compatriotas en ese año de su muerte, en ese 1849 cuando el descubrimiento del oro en California abría otros horizontes y apetitos, sin saber ellos que en California también esperaba al mundo y al pueblo norteamericano un lugar llamado Hollywood que popularizaría a Poe más allá de lo que él hubiera deseado.
Pero nada de esto dije. Pregunté más bien: -¡¿Leyó usted a Poe?!-.
-No- respondió el restaurador de lápidas, cerrando la puerta del cementerio, -pero ví la película-.

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