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| 9/12/1983 12:00:00 AM

LO QUE DIOS UNE... LO SEPARA EL HOMBRE

Matrimonio y divorcio, dos caras de una misma moneda en 17 cuentos de John Updike

LO QUE DIOS UNE... LO SEPARA EL HOMBRE LO QUE DIOS UNE... LO SEPARA EL HOMBRE
"Donde termina el camino" de John Updike. Editorial Bruguera, 217 páginas, 1982. en 1976 los Maple -Joan y Richard- asisten al palacio de justicia de Boston a consumar la odiosa ceremonia del divorcio. Es el estricto reverso de otra ceremonia -la boda que veinte años atrás celebraran como culminacion entusiasta de un idilio que los llevó a emprender un largo camino -el de la vida- como Hansel y Gretel internándose por desconocidos senderos mientras los pájaros tras ellos comían las migajas de pan. Y durante estos veinte años tuvieron cuatro hijos y compartieron amor y recelo, felicidad y divergencias, desfallecimientos y sosegadas sospechas, intimidad, tribulación y bondad, hasta una común, aunque abstracta, sensación del declinar de las cosas. Y sintieron esa misma urgencia, ante la inopinada y creciente distancia, de ir armándose, cada cual a su manera, de pertrechos y defensas y de alimento espiritual ante la súbita llegada de una inminente ruptura. Nada más frágil y sometido al tormento de su caducidad como las relaciones humanas; a pesar de la hipotética solidez de sus fundamentos, o de la creencia en las mutuas necesidades. Los diez y siete cuentos que integran el volumen "Donde termina el camino" son como otras tantas variaciones sobre un mismo tema, pero su avance en el tiempo veinte años de vida conyugal los engrana como mecanismos de una novela. Novela que se lee como un libro de cuentos (cada episodio es independiente y está "cerrado"), pero también libro de cuentos que se lee como una novela, ya que en él, episodio tras episodio, el lector, aguijoneado en su legítima y morbosa curiosidad por el destino de una pareja, se ve arrastrado mar adentro con la fuerza irresistible de un estilo endiabladamente vigoroso y astutamente hechizante. Algún crítico positivista de los anodinos años setenta puede ver que las novelas y cuentos de John Updike estan confinadas en la estrechez de los límites de la autoconciencia, último reducto individual, en donde se refugia el hombre ordinario ante un mundo tumultuoso y catastrófico como baluarte que lo protege del cerco tendido por la vida cotidiana; puede ver, incluso, el producto burgués de un sentimiento burgués por la vida, resuelto en un "idealismo casero". Sin embargo, la fórmula restrictiva se ve desbordada por todas partes. Porque si pretende fijar los hechos como mariposas prendidas con los alfileres de una ideología, estos los hechos escapan, gráciles o delirantes, en amplios vuelos porque son como las experiencias que nunca estan concluidas y jamás definitivas; ellas persisten y se amplían o reducen en la memoria, se transforman en la escritura, o en la arquetípica construcción de un mundo novelesco, como lo ha demostrado James Joyce con su "Ulises" Pao volvamos a Updike que, dicho sea de paso, comparte con Joyce, como pocos, las felices bodas del lenguaje poético y las observaciones de la vida cotidiana. "La moraleja de estas historias -escribe Updike en el Prólogo- es que toda bendición lleva otros ingredientes. Y también que las personas son incorregiblemente ellas mismas. La pauta musical, el avance y retroceso del dúo de los Maple se repite una y otra vez, y cada vez se dan en él mayores disonancias". Disonancias, es la palabra. Y debemos entenderlo literalmente: notas falsas en la pareja, entradas imprevistas, bruscos estremecimientos entre la realidad y el deseo, intrusión de raras presencias sobre el llano terreno de una fidelidad pactada, notas arrogantes, movimientos apáticos y la pérdida común de la armonía a pesar de que el coro de los pequeños refuerce el lirismo de la cantata. No es gratuita la metáfora musical; Updike es rico en metáforas y en ondulaciones musicales. Ha captado la inexplicable vida mágica que alienta el lenguaje dentro de sí y la ha transferido, con el asombro de un hombre jovialmente enamorado, a una lengua propia: esa que crea y desarrolla una pareja en una vida compartida y que, aunque cese en el tribunal, en sus gestos y en su memoria siempre perdurá.

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