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| 7/15/1985 12:00:00 AM

TIROFIJO, PERSONAJE DE NOVELA

Sin ningún valor literario, es la historia desmembrada de un guerrillero (Tirofijo, ¿casualidad?) compartida con otros personajes- tipo

TIROFIJO, PERSONAJE DE NOVELA TIROFIJO, PERSONAJE DE NOVELA

Acosado por los dolores de parto de una muchacha y desesperado porque puede morírsele en el monte, el mítico guerrillero baja hasta la población de Coguaya, busca al médico que a pesar de ser hermana del terrateniente de la zona tiene simpatías por los desposeídos y contempla cómo sobre una mesa, rústicamente, la mujer inicia un parto que será frustrado por las balas de los policías que llegan sorpresivamente, alertados por la misma mujer del médico. La muchacha y el compañero de "Tirofijo" mueren en el tiroteo, pero el guerrillero logra escapar al monte y varias semanas después se vengará propiciando la matanza de buenos y malos en medio de una fiesta descomunal en la casona que domina al pueblo.

"Tirofijo", con ojos verdes y aires de Llanero Solitario que busca la oscuridad para vengar sus muertos, es uno de los personajes pintorescos de una novela escrita por un español quien, luego de varias semanas de permanencia en Colombia, exactamente en el Valle del Cauca, se sintió suficientemente documentado para escribir una novela donde intenta recoger todos los mitos, falsos y verdaderos, sobre la violencia latinoamericana y en este caso, centrada en un país imaginario que tiene topografía gastronomía, refranes, climas, prototipos humanos y otros elementos idénticos a los colombianos.

La novela se llama "Las cortes de Coguaya", fue escrita por Angel García Roldán quien con este libro se ganó la primera convocatoria del premio internacional creado por la editorial española Plaza & Janés. En el jurado compuesto por españoles estaba un norteamericano, Raymond Williams, profesor especializado en escritores latinoamericanos y quien, sin rubor alguno, sostiene que era la mejor obra presentada entre más de 300 títulos al certamen.

La novela apela a todos los viejos clisés de una narrativa mandada a recoger hace varios años y la misma estructura, montada sobre cuadros que van ensamblándose unos en los otros, está llena de lugares comunes y reiteraciones innecesarias mientras el lector se pregunta cómo pudieron premiar esta aventura de "Tirofijo" que cuenta con los siguientes personajes: la madre de la familia de terratenientes, una señora que sueña con regresar a España y alimenta una serie de fantasías que la hace cambiar todos los días de identidad ante los sumisos mineros y campesinos; el hijo mayor, esteril, con una mujer insatisfecha, maneja a sangre y fuego la mina y las plantaciones; el segundo hijo, la típica oveja negra (sin alusión alguna a determinada editorial), se ha apartado de la familia, ejerce una medicina de mentira mientras atiende a los indios, los campesinos, los negros y a veces, los guerrilleros que encuentran en él, al menos un cómplice silencioso. La mujer le es infiel más por aburrimiento que por perversión. También está el hijo menor, un cretino a quien la madre hace disfrazar de mujer cuando llegan visitas, lo unta de colorete y le habla como si fuera una mujercita fértil. Es la única forma que tiene la anciana de mitigar la frustración de no haber tenido una niña.

Al lado de esos personajes que ya han aparecido en todas las novelas latinoamericanas que de una u otra forma han rozado el fenómeno de la violencia política, también aparecen el alcalde del pueblo que en la novela lleva el título de Comisionado y acusa una desagradable dolencia en el esfínter. Está el capataz de la mina, un salvaje a quien nadie puede dominar y quien se divierte retando al Comisionado. Y en el fondo, los militares esperando a que los guerrilleros bajen del monte. Y los bares y las casas de mujeres. Y está el cura, por supuesto. Esta galería de personajes desdibujados por la obviedad esgrimida por el autor, se la pasa entrando y saliendo de las casas, caminando de uno a otro extremo del pueblo, atisbando por las ventanas, sintiendo la cercanía de los guerrilleros, haciéndole caso a la anciana que todos los días tiene otro pretexto para desvariar y divirtiéndose con las apariciones de esa muñeca frágil que la naturaleza hizo hombre por equivocación.

La presencia de "Tirofijo" en la historia es arbitraria, accidental y de un folclor que los lectores colombianos encontrarán ridículo.

O sea, el autor necesitaba un guerrillero porque ya tenía una matrona y un terrateniente y un alcalde y varias rameras. Necesitaba el guerrillero armado y ágil y además con ojos verdes, desafiando el cordón impuesto por los policías como cualquier Salvatore Giuliano descrito por un Mario Puzo más respetuoso de los mitos, vivos o muertos.

Claro que ésta no es una novela sobre Colombia ni sobre la guerrilla colombiana, pero es mucha casualidad que el guerrillero se llame "Tirofijo" y las frutas y los refranes y los pájaros y ciertos acontecimientos tengan una relación sospechosa con lo colombiano. Esta situación, esta figura se llaman oportunismo en cualquier idioma.

En otras ocasiones los temas y las circunstancias relacionados con este país, aparecidos en varios libros, apenas habían despertado un leve gesto de aburrimiento o simpatía por parte de los lectores. Pero que un escritor que de Colombia apenas conoce el café que le sirve una buena amiga en Barcelona, se lance impúdicamente al saqueo de temas y personajes nacionales que bien podrían merecer otro tratamiento, al menos más imaginativo, es un signo preocupante sobre la seriedad de algunos concursos en lengua castellana.

En medio de estos personajes grises, desdibujados, que no son capaces de tomar una decisión drástica para cambiar sus vidas, el personaje del guerrillero de los ojos verdes aparece patético, ridículo, reducido al papel de un buen marido que se preocupa por el parto adelantado y peligroso de la mujer. Es una guerrilla de papel celofán que se arruga al menor roce y cuando ataca en medio de esa fiesta babilónica, cuando mata, cuando cuelga al hijo menor, cuando espanta los caballos e incendia la casona, cuando deja los cadáveres regados por el camino, el lector se sorprenderá por ese desenlace que nada tiene que ver con la monotonía mantenida celosamente en las páginas anteriores.

Contemplando el espectáculo de un libro ganador de un concurso tan importante como éste, habría que preguntarse si es que el idioma castellano ya no produce, al menos en lo que tiene que ver con la narrativa, obras tan importantes como las aparecidas en los años sesenta y setenta, ¿o será que uno no alcanza detectar lo que está escondido en medio de esta crónica que quiere ser una aproximación a un fenómeno tan delicado como la guerrilla?-- Alberto Duque López

EDICIÓN 1879

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